5.2.10

Zapatero remendón

Se transita por la vida mientras jirones del alma se van quedando enganchados en las zarzas que te salen al paso en los días.
Son esos pequeños e íntimos desgarros que nadie nota, apenas tú, si no fuese por una minúscula desazón que se instala en mitad del pecho y que no pasa de ser un murmullo molesto y desasosegante… como cuando duele una vieja herida o molesta una cicatriz antigua.
Son esas decepciones que se van posando en ti como pájaros de mal agüero, negros y pequeños, picoteando y rompiendo, deshaciendo.
Íntimos desgarros que, si tienes suerte, se reparan con una sonrisa y casi ni se nota la costura.


3.2.10

El poeta y los membrillos

Es un aula de niños y niñas que pronto dejarán de serlo. Los calcetines trepan hasta las rodillas y el vuelo de las faldas marino es una promesa. El pelo, brillante y húmedo, se pega al cráneo como un casco romano sin cimera. Por los vidrios se asoma un pedacito de azul, y una nube con forma de conejo. Mientras, la señorita va señalando cordilleras y lagos, ríos y provincias en el mapa de la pared.
Hay un joven sospechoso de ser poeta que se llama Ricardo Neftalí. Hay una muchacha dulce con el rostro pálido y la sonrisa cálida, de maduro membrillo. Hay gestos tímidos e intercambio de versos y frutas. Y un trozo de lapislázuli que rivaliza con el sol amarillo que se ha prendido en los membrillos.
Lo cuenta Neruda, en Confieso que he vivido: "Los primeros amores, los purísimos, se desarrollaron en las cartas enviadas a Blanca Wilson. Esta muchacha era hija del herrero, y uno de los muchachos, perdido de amor por ella, me pidió que le escribiera sus cartas de amor. (...) esta me preguntó si yo era el autor de las cartas que le llevaba su enamorado. No me atreví a renegar de mis obras y muy turbado le respondí que sí. Entonces me pasó un membrillo que por supuesto no quise comer y que guardé como un tesoro. Desplazado así mi compañero en el corazón de la muchacha, continué escribiéndole a ella interminables cartas de amor y recibiendo membrillos. "
¡Qué torpe! ¡Cómo se le ocurre hacerle ese encargo al poeta chileno, guapo y genial! No tenía nada que hacer...

29.1.10

Una mujer, 5 y final

Al final de la calle, hay un último bar que da a una plazoleta con bancos y farolas rotas. La mujer entra y pide un litro de cerveza. El camarero la mira. Ella es consciente de que no tiene pinta de beber a morros, de que va vestida con un traje de chaqueta y falda de raya diplomática, abrigándose con un abrigo largo de buena factura, los pies alzados en tacones de quince centímetros. Sonríe para sí. Es una precaución que últimamente no olvida, quizás porque definitivamente ya no soy joven, piensa de nuevo. En su bolso negro guarda un par de zapatillas que se calza ante la mirada, cada vez más curiosa y divertida, del camarero. Paga el litro, el bolso se lo pone en bandolera con los zapatos altísimos adentro, agarra la botella de cerveza con decisión y asalta la plaza como una pirata con sable.
En un banco está Rodrigo, con otros dos chicos. Se acerca airosa y decidida, aunque el corazón empieza a latirle un poco más deprisa. Un oportuno tropezón y zas, una lluvia amarilla y espumeante le chorrea encima al tal Rodrigo, que se levanta furioso acordándose de todos los antepasados de nuestra mujer, que sonríe y grita, ¡por Lorena! Se gira y echa a correr como una gacela en la noche, mientras que los otros tres intentan seguir su zancada limpia y regular de corredora de fondo. No en vano salgo a correr todos los días seis kilómetros, se dice, mientras que el bolso le golpea en el trasero. Será que definitivamente me hago vieja.




Música de la época de la mujer que corre cual gacela, para acompañar

28.1.10

Una mujer, 4

La sombra pertenece a un chico alto y moreno y la ira que le chisporrotea en los ojos compite con el fuego que alienta su cigarrillo. Inesperadamente, Lorena mira más allá de nuestra mujer y ve al chico. Su rostro duda entre la risa, la sorpresa y la constatación. Nuestra mujer se voltea para observar a este nuevo personaje. Pongamos que se llama, Rodrigo.
Rodrigo tira el cigarrillo a medio fumar al suelo, y comienza a andar, zancada larga, porque es un chico muy alto. Lorena es bajita, vaya, este es algo más que un amigo.
Rodrigo la rebasa y se acerca al grupo, hola tíos, musita. Lorena le mira, casi esperanzada. El la agarra de los hombros y la insulta. ¿Qué haces aquí con estos tíos, puta? Eva y Martina se quedan paradas, sin saber qué decir. Los otros miran al suelo, como si estuviesen buscando sus pantalones, pues parece que definitivamente los perdieron. Lorena intenta hablar, no te pongas así, estábamos hablando, yo… ¡No me cuentes historias, tía! ¿Por qué te has vestido así? ¡Como una zorra! No quiero verte nunca más, eres basura. Y le da un empujón y Lorena cae al suelo, con los ojos llenos de tristeza verde.
El fantasmón de Mateo se pira, no quiere rollos. Los otros se quedan, Eva y Martina consuelan a Lorena que no quiere levantarse del suelo, no. Javi y Jesús intentan convencerla, y pasados unos minutos lentos, en los que nuestra mujer no sabe adónde mirar, la sonrisa congelada en el rostro, la niña se levanta y se sacude el pelo que se le ha llenado de colillas y de suciedad pegajosa, tendré que lavármelo un poco, me he puesto perdida la falda, qué pintas llevo. Entran todos al bar, quizás para ayudarla en la tarea y nuestra mujer se marcha.

Pero ese no es el epílogo.

27.1.10

Una mujer, 3

En este punto nuestra mujer lleva fumados tres cigarrillos y cuenta las colillas atónita. ¿Tanto tiempo llevo aquí y no les he puesto nombre? Cambia el peso del cuerpo hacia el lado derecho y palmotea para entrar en calor. No sabe por qué no se marcha ya, por qué estos jóvenes le parecen dignos de más atención que otros, pero quiere conocer el epílogo. Si se van juntos o qué, si es que hay algún rollo entre ellos o son sólo amigos que quieren seguir siéndolo, pero con interrupciones. Así que enciende un cigarrillo más, hay que ver, ni se dan cuenta de que estoy aquí. La niña del vestido azul puede llamarse Eva, no sé, le pega el nombre. El fantasmón, Mateo. Los dos niños callados pueden ser, qué sé yo, Javi, y Jesús el de las gafas. La chica de cuero, Martina. Y la pelirroja asustadiza, Lorena. Vale, ya los tengo. Ahora, ¿qué?
Eva está aburrida y cansada. Le dice algo a Martina al oído y nuestra mujer lo interpreta como que se quiere marchar de allí de una vez. Mateo le sonríe y le busca la mano y ella esboza una sonrisa y se aparta un poco. Bien, Eva. Ahora entran Javi y Jesús al bar y se quedan las tres muchachas con Mateo. A él se le ve cohibido, de pronto. Angelito. Salen del bar los chicos con unos litros en las manos. Lorena abre mucho los ojos y sacude los rizos rojos. Está ojo avizor.
De pronto nuestra mujer presiente que hay alguien más observando. Se revuelve inquieta y mira por encima de su hombro izquierdo. Sí, hay una sombra que también fuma.

25.1.10

Una mujer, 2

Ahora estaba enfrascada en la contemplación del grupo que charlaba, o algo así, en la puerta de un bar del centro. Es muy tarde, calibró. Debería irme a casa y no quedarme aquí, como un pasmarote, observándolos, se van a mosquear. Pero no podía evitarlo. Sólo un ratito, se dijo. Y sacó el paquete de tabaco del bolso, encendió un cigarrillo y se puso a fumar y a mirar, recostada en la pared de una calle demasiado oscura, con demasiados bares y gentes diversas. Quizás por esto no puedo dejarlo. Es una coartada perfecta.
Era un grupo numeroso de chicos y chicas en el que uno de ellos, rubio y fuerte, contaba algo de un fin de semana con alcohol, algo de maría y mucho de chicas, un par de días en los que ligó como nunca y se fue a dormir con tres tías espectaculares junto al mar. Un fantasma, concluyó ella, desde su atalaya particular. Los otros le reían las gracias. Había una niña morenita y delgada, con el pelo largo, cuyo rostro componía un gesto de desagrado. Bien por ti, guapa. Llevaba un vestido corto, estampado en azul y parecía ser el objetivo del fantasmón rubio. Pero no tiene nada que hacer esta noche, ¿verdad? Junto a ella estaba una chica con el pelo corto teñido de azul eléctrico, unos leggins negros y cazadora de cuero, fumando y riendo mucho. Había otro par de chicos más callados y serios, con cazadoras y pantalones que intentaban no perder, uno llevaba gafas de miope y no le quitaba los ojos de encima a la niña del vestido azul. Completaba el cuadro una muchacha pelirroja, de grandes ojos verdes y expresión cautelosa, que no hacía más que mirar hacia el final de la calle. Llevaba una falda vaquera muy corta y no dejaba de tirar hacia bajo de ella.

21.1.10

Una mujer, 1

Volvía a casa tras una noche larga de cena de compromiso. No tenía costumbre de salir últimamente así que se asombró al ver tanta gente entrando y saliendo de los bares y se asombró, también, al pensar en lo jóvenes que parecían todos o es que ella ya no lo era tanto. Había chicos con pantalones cuya cinturilla hería sus caderas y tiraban de ella casi con desesperación para no perderlos. La moda. Se acordaba de cuando llevaba medias de rejilla, blusa y falda y el abrigo abierto para lucir el conjunto. Nada de bufanda ni de guantes. Faltaría más. Las chicas continuaban con lo de siempre, observó. Poca ropa, cazadoras por encima de la cintura y mucha piel, no precisamente de animal de granja. Cómo odiaba las cenas de trabajo. Otra señal. Antes cualquier excusa era buena.
En la puerta de uno de los garitos avistó un grupo colorido de chicos y chicas y paró un momento a disfrutar del espectáculo. Sí, tal vez era ser voyeur eso de quedarse mirando de frente lo que sucedía a su alrededor, pero es que le fascinaba observar al resto de los seres humanos. Le gustaba verse en los ojos grandes de una niña que empujaba un carricoche con la pepona perfectamente acostada. Los niños pequeños aún no han perdido la inocencia y miran de frente. Miran a un fox terrier o a una papelera sin pestañear, con los ojos hambrientos de curiosidad. A ella le pasaba algo parecido, aunque no sentía la misma curiosidad por unos que por otros. No podía evitar que en ocasiones, cuando algo no le interesaba en absoluto, la indiferencia se instalara en ella de repente y por sorpresa. Entonces no hacía caso a nada ni a nadie, y no veía nada más que lo que le ocurría en los adentros. Podía sufrir cualquier día aciago un atropello, una caída fatal, un atraco a mano armada. Curioso. Observaba con fruición hasta los detalles más nimios de una panda de jóvenes y no miraba al cruzar la calle, ni el suelo por el que caminaba por si hubiera una zanja o una baldosa rota.