25.11.09

Los niños del cable

Me cuentan que hay niños en Colombia que vuelan para ir a la escuela. Una polea, un cable, una cuerda y una sonrisa. No son ángeles; les faltan las alas. Esos niños no tienen miedo de caerse, ni conciencia del peligro. Es su normalidad.
A otros niños sus padres les llevan en coche a la escuela, otros van sentados en autobuses climatizados y a los más afortunados les ilumina la senda la mano de papá o de mamá.
Estos niños de Colombia están solos y cruzan la carretera solos y vuelan solos. Como no tienen alas, se las ingenian. Y así, hay crisálidas hermosas, como la nena que viaja dentro de un saco de arpilllera; hay mariposas valientes abrazadas en pleno vuelo y hay equilibristas guapos que sobrevuelan los árboles y el río meciéndose en un columpio de cordel.
Me lo contaron y me dijeron que no me perdiera el vídeo.




24.11.09

Fly me to the moon

Había estrellas muy cerca. In other words, las velas desprendían destellos mientras la cantante pedía que alguien, (no sabemos quién) la llevase a la luna. Era una hora imprecisa teñida de astros y huellas, de planetas moviéndose sin hilos... sujetos, quizás, por imperdibles de palabras.

23.11.09

Maridaje entre Javier Reverte y Norah Jones

Leo El río de la luz, de Javier Reverte. Y es como si ya tuviera mi cedazo y mi batea preparados.
Me gusta el autor cuando viaja y lo cuenta. Los libros sobre sus viajes son mágicos, hacen que un ama de casa cualquiera descienda por los rápidos del Yukon en canoa, que entrevea la cabaña de Jack London en una isla boscosa, que se juegue los cuartos con el pistolero que atemoriza a Dawson City, que se beba un whisky infernal mientras escucha historias y toca el pianista y una corista canta y baila.
Es un gusto leer a Javier Reverte mientras piensas que hubo hombres indómitos que no se doblegaron a la vida normal, que siempre se estaban yendo porque les era más fácil irse.
También hoy existen. Goytisolo escribe sus artículos con un bolígrafo y no utiliza Internet. Javier Reverte se sube a una canoa, se pone un chaleco salvavidas y, a sus 62 años, acampa a las orillas del río de la luz, en un viaje entre Alaska y Canadá, tras las huellas de los buscadores de oro.
Leo a Javier Reverte mientras escucho a Norah Jones. Sutil combinación para las almas sedentarias sedientas de aventuras.

19.11.09

Patchwork, para C

Hay una sabiduría especial en las manos de las mujeres que tejen, que cosen, que unen telas, que recortan papel, que pintan objetos o que sujetan plantillas para decorar una caja o un paragüero. Es una sabiduría que llevan prendida en las palmas de las manos, en los ojos y en la memoria; pues no aprenden, recuerdan. Una sabiduría que les llega de la Tierra.
Esas mujeres suelen hacer colchas doradas con festones verdes, luminosas flores cuando la primavera está lejos y bajan lunas y soles a los estanques.
Como si la propia Tierra les dijese cómo han de hacer.

Una foto tomada hace unos meses en los campos de Valladolid

18.11.09

Suite francesa, de Irène Nemiróvsky

Me faltan 20 páginas para terminar la Suite francesa de Irène y me cuesta leerlas, porque otros se encargaron de poner el punto y final, cuando debiera haber sido y seguido.
La novela es un prodigio de descripción de personajes, sentimientos, escenarios, ambientes y situaciones (tiene mucho de autobiográfica). La historia de Irène y su inacabada Suite es un prodigio de tristeza. A Irène la mataron en un campo de exterminio, en 1942. En los meses previos, caminaba kilómetros hasta encontrar el lugar deseado para escribir. Escribía aprovechando cada resquicio de papel (malísimo papel). Y se convencía de que esta obra sería póstuma. Gracias a sus hijas y a una buena amiga que fue quien las cuidó (quienes acarrearon el manuscrito en una maleta durante la mayor parte de sus vidas) tenemos el privilegio de poder leerla, si así lo deseamos.
Irène tiene los ojos tristes en la foto de la solapa del libro. A mí me parece hermosa, terriblemente hermosa y frágil, con esa hermosura elegante de las mujeres fuertes, inteligentes y frágiles (como consecuencia). La mataron cuando tenía 42 años.
En Suite francesa, los personajes son capaces de cualquier cosa a la hora de salvar la piel, los bienes, el orgullo, el nombre; muy pocos no caen en la indignidad. En Suite francesa, leemos sobre la libertad y la guerra, el amor y las ausencias, el dolor y la alegría primitiva, la vejez y la injusticia de las circunstancias. Es una novela dura, como la vida.


13.11.09

No tocar


¡Qué difícil! La textura de la calabaza. El amarillo de las mazorcas. Los membrillos. Y esa columna rota, y esa pared de piedra que incita a apoyarse, a dejarse ayudar, porque estamos cansados, hace frío y hay que parar un momento.

Si no con la punta de los dedos, toquemos con los ojos.


La foto, hecha hace unos días...

11.11.09

La idea de

Es curioso cómo nos gusta la idea de. La idea de tomar un tranvía que nos lleve rumbo al cielo azul de Lisboa. La idea de encontrarnos, en una carretera secundaria, de noche y con alevosía, a Pessoa volviendo a casa, pensativo y melancólico, que atisba a una muchacha asomada a una ventana. La muchacha tiene la idea de que el conductor misterioso es más feliz que ella, pobre desgraciada, que sueña con su príncipe azul bajo un cielo negro. El poeta anhela la huidiza y probable dicha de la joven mujer que garabatea nombres con el dedo, la mujer que se solaza bajo un cielo aterciopelado, bordado de estrellas.
Del mismo modo, nos entusiasma la idea de ser Indiana Jones huyendo de los malos, cantante con Grammy, actriz de Óscar, Angelina con familia multicultural, o modistilla de verbena castiza, de pañuelo a la cabeza. La idea de levantarnos del sofá una tarde perezosa y escribir una historia, y la idea de escribir, que imaginamos dichosa y placentera: escribir las palabras justas y los sentimientos ciertos, la idea de que el proceso será gratificante y provechoso y que, al fin, dotará la tarde de significado.
Pero qué cansancio. No encontramos el momento de subir al tranvía, ni de mirar por la ventana para ver al poeta de la saudade. Es que sólo amamos la idea de. La idea de que nuestro pelo ondee como una bandera en la cima de una montaña, la idea de abrir la puerta de una casa de piedra que se deja abrazar por las buganvillas rosas, la idea de esperar a nuestro amor definitivo en Provenza… o Sigüenza. Adoramos la idea.

Hay personas juiciosas que saben que la idea es idea y punto. Hay personas que zarandean la idea y ya no es idea, sino hecho. Hay personas que quieren convencerse y convencer de que no aman la idea de, sino que son la misma idea. Indiana Jones, Jolie y Pitt, actriz galardonada, cantante de ópera.
La idea de. Es bueno intentar que un par de ideas dejen de serlo. Como el arpa de Bécquer que yace olvidada y cubierta de polvo, esperando. Levantémonos del sofá. Tal vez podamos leer el poema de Pessoa, bajo el cielo estampado de nubes, y veamos a una dulce muchacha soñando con un hombre cualquiera, que no es un príncipe, sólo su hombre.

El poema, maravilloso, de Fernando Pessoa:

AL VOLANTE DEL CHEVROLET POR LA CARRETERA DE SINTRA

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida...

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado.
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha.
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!

A la izquierda la casucha -sí, casucha- al borde del camino.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad,
es ahora una cosa en donde estoy encerrado,
que sólo puedo conducir si en ella estoy encerrado,
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye a mí.

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta.
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.
Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz.
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba
tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado) como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo,
tal vez yo fuese algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha,
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí.

¿Dejo los sueños a mi espalda, o será el automóvil el que los deja?
¿Yo, conductor del automóvil, o el automóvil prestado que conduzco?

En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza ante los campos y la noche,
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo,
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero...
Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que me desvié al verlo sin verlo,
junto a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí...