Entregas anteriores:
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(Por petición popular)
Al amanecer,
Madeleine continuaba dormida entre mis brazos, y yo no había pegado ojo. Calibré
la buena suerte del día anterior, mientras fijaba en mi memoria sus rasgos; la piel
tostada por el sol, el pelo gris, las piernas delgadas, los pechos que se le adivinaban
pequeños bajo la bata, las manos suaves, su boca fina y bien dibujada. Me vestí
en el cuarto de baño y le dejé una nota en la almohada. Sí, soy un clásico. No
quería entretenerla, tenía que irse, coger un avión en Madrid a primera hora de
la tarde. En el papel, arrancado de la libreta que ponen junto al teléfono en
todo hotel que se precie, le había dejado mi dirección, mi número de teléfono y
mi nombre completo, remarcando la e
de Esteban, con una posdata:
No creo que sepas lo que has significado
para mí, o quizás sí: eres endemoniadamente lista.
Me ha gustado conocerte.
Me
gustará conocerte más.
Estaban.
(Unos meses
después)
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Ahora, a trabajar... ¿? |
Tenía que
ordenar la correspondencia de Madeleine, empezando por la primera postal: una
reproducción de Les Très Riches Heures du
Duc de Berry, Mars, (anoto directamente del reverso) explicándome por qué
casi me mata en Aveinte: el neumática ha
estallado, porque el francese garaje diche me que hubo un gordo clavo. Un
pequeño regalo para ti, para que acuerdes moi, Madeleine Clore. El pequeño
regalo consistió en una caja con una selección de tés (Earl Grey, Breakfast, té
blanco, rojo, negro, verde, y de todos los colores), y una toalla granate, cuyo
significado aún no comprendo. El significado del envío, aclaro. A la postal
respondí con una carta y un paquete con unos pendientes de plata en forma de
campana, no sé si entendió el significado (del envío). A estos primeros
contactos postales siguieron otros, una foto de Madeleine en su casa (vive
cerca de París, pero en el campo); una foto mía muy cerca de donde nos
conocimos, en el arcén donde nos encontró la pareja verde oliva, y a partir de entonces,
la historia (o esto que nos pasa a Madeleine y a mí) comenzó a fluir más deprisa... y mejor. Su hijo empezó a darle clases de español; su hijo, un muchacho audaz que había dado
la vuelta al mundo (válgame dios) con dieciocho años, y que había comenzado
tamaña gesta enrolado en un barco de bandera española y capitán gaditano. (De
ahí que las posdatas aparecíesen envueltas en versos de coplas cada vez más a
menudo). De las cartas, postales y paquetes, pasamos pronto a escribirnos por
internet, (en esto me ayudó mucho cierta muchacha rubia que trabaja en una
cafetería singular. La muchacha y la cafetería); y, Madeleine
me seguía gustando mucho, mucho.
Vaya, ya
tenía ordenada la correspondencia, la guardé en una caja, y apagué el portátil.
Un último vistazo. La llave del gas, cerrada. Olía a cambio de estación. Que no
se me olvide cerrar la llave del agua en el cajetín del pasillo. Ya está. Los
libros de Teresa, bien tapados, y las plantas en casa del vecino para que no
tenga que bajar y subir cada día a regar.
Reviso
puertas y ventanas y hago inventario de lo que dejo y de lo que llevo, como mi
Teresa me enseñó. Tantas cosas que me enseñaste, Teresa. El coche ya lo saqué
del garaje, y avisé a los padres jóvenes del tercero de que no me importa que
usen la plaza y el trastero mientras estoy fuera, hay que ver la de cachivaches
que traen aparejados los hijos, esos
locos bajitos.
Es la
primera hora de la mañana: guardo las maletas, el ordenador y la caja con la
correspondencia de Madeleine en el maletero. Un momento. Saco la
cartera del bolsillo de la americana y, sí, aquí estás. Teresa. Cuánto te
quise. Cuánto me enseñaste. Fíjate, allá voy, Teresa, a la aventura. A mi edad,
viejo tonto, ¿eh? Tal vez todo esto sea un error, un gran error. Si no te
hubieses ido, yo no estaría haciendo esto y tú lo sabes. Como sabes que no me
queda más remedio, Teresa. El riesgo sería no ir. Sólo de pensarlo el corazón
me protesta. Quizás esté perdiendo la oportunidad de no quererla, Teresa. Como
tú y yo perdimos la ocasión de no ser nada el uno para el otro. Menos mal que
te tuve conmigo, pasando juntos un trecho de la vida.
Me peino con
los dedos, ajusto el retrovisor y me quedo embobado mirando a una madre con
tres hijas preciosas, todas en chándal. La mayor, de unos dieciocho años lleva
el mundo en los ojos. La mediana, de unos quince, sonríe y la temperatura sube varios grados. La pequeña, un hada volatinera, ríe por el placer de reír. La
madre las mira, fascinada. La vida.
Me abrocho
el cinturón.
Giro la
llave de contacto.
Enciendo el
aparato de música y le doy al play (a
estas alturas voy a terminar siendo políglota).
La vida es
impredecible, con baches y cambios de rasante imprevistos. Carretera secundaria
frecuentada por camiones.
La vida.
La vida es
rara, y no hay más que hablar.
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La reproducción de la imagen la tomé de aquí.
Aunque la
protagonista del relato se llama Madeleine, la mujer francesa de melena color gris perla que me la inspiró, se llama Marlene.
A mis
lectoras, gracias por seguir esta y (casi) todas mis historias.
Y a los
lectores que no conozco (sé que me visitan, pero una nunca sabe si leen o no…)
decirles que, si es así, si han leído… espero que les haya arrancado una sonrisa: ésa
era la pretensión.
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Comentarios
A tu pregunta: ¿quién sabe?
Otro beso para ti, del color que desees.
P.D. yo tengo pendiente las dos últimas entregas de tus gemelos. Otro beso.
Ya decía que me gustó desde el principio. Creo que, sobre todo, por lo bien dosificada que ha ido la historia y sus requiebros.