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Pobre Estaban. Sólo le faltó cantar el himno sin ira ;)
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Imagen tomada de internet |
Estos tienen
un lío,
seguía pensando la joven recepcionista, mientras se mordía el piercing del
labio superior, como un animalillo salvaje. Madeleine Clore había aparecido
como una actriz de los años cincuenta, y recordé la anécdota del escritor un
tanto gruñón que se vio en una tesitura parecida. Fue en un hotel del Norte,
nuestro hombre llamó al ascensor, se abrieron las puertas y allí estaba. Ella.
Con mayúsculas. ELLA. La Loren.
Bien, ahí estaba la Clore, con bastantes
menos años que la italiana y no menos espectacular (a mi entender), más esbelta
y más discreta (más francesa, también), vestida de blanco y negro. La falda
tenía el largo exacto para dejar hacer su trabajo a la imaginación, la blusa
estaba lo bastante desabrochada como para que un hombre intuyese que debajo
había algo emocionante. Hacía tiempo que no miraba a nadie así; salvo a las
actrices italianas que firman pactos con el diablo encarnado en un excelente
equipo de cirujanos plásticos. La Clore y, en medio de los dos, una jovencilla
que no se había visto en otra, pensando en
nuestro lío y que ya nos vale.
-Ya les vale, tía. Y él, que se quedó con la boca abierta, que me
dieron ganas de traerle una servilleta de esas del comedor, de las grandes,
para que se la atara al cuello. Y yo, allí. Con el teléfono aún en la mano
derecha, intentando que me dijese un apellido, que hasta su nombre me había
dicho mal. Y ella, una francesa. En fin, tía. Vaya unas cosas que tiene una que
ver en un hotel.
-Sí tía, ya les vale.
-Sí, tía. Ya les vale.
(Conversación
imaginaria entre la joven recepcionista y la amiga de turno a la que le cuenta
las cuitas del curro, los desengaños del amor, cosas así).
-Estaban, hola.
-Hola, Madeleine.
La escena se asemejaba a la famosa despedida de
dolor tan dulce. Yo tenía miedo de que no nos entendiéramos (a fin de cuentas,
hasta entonces no sé qué demonios habíamos comprendido el uno del otro, ni de
la situación) y me temí a mí mismo (recuerden: cuando quiero hacerme entender,
gesticulo, elevo la voz y parece que me he vuelto loco). Además, la música
(Chet Baker y compañía) había cesado en mi cabeza y era plenamente consciente
de la presencia de otra en discordia, la joven recepcionista que se había
camuflado tras el mostrador y hacía como que consultaba una base de datos de
agentes secretos en la pantalla ultra plana del ordenador.
-Esto… Madeleine, ¿salimos? ¿Vamos fuera?
¿Cenar? ¿Tomar algo? ¿Una tapa? ¿Un vino blanco? ¿Una infusión? ¿?
Cielos santo. Ya está. La carta completa de
la A a la Z, menos el menú del día. Callé, y observé a Madeleine, seria, con
semblante casi tristón.
Pero, ¿qué demonios había entendido? Lo
intenté, de nuevo.
-No sé si estarás libre para cenar. Liberté.
Fraternité (¡¡¡ay!!! Que le estaba leyendo la Carta de los Derechos!!! ¿Qué
faltaba? Ah, sí. Igualité!!!)
Callé, por segunda vez y espíe el rostro de
Madeleine. Con el rabillo del ojo, controlaba los espasmos de la joven
recepcionista.
-Ya les vale. Y el hombre este, entonando lo de Liberté, Igualité…
Y la mujer, que lo miraba como lo que era. Un alucinado.
- Anda qué. Ya les vale.
(Continúo
con la conversación imaginaria entre la joven recepcionista y la amiga.
Imaginarias, las dos. Plausibles, las dos).
Lo peor del caso es que las facciones de
Madeleine eran un retrato de un sentimiento vívido. El de la más pura
desolación. Me tapé la cara con las manos y farfullé:
-Salgamos de una vez, por dios.
Entonces. Su risa. La risa que alborotó sus
rasgos, que avivó el brillo de sus ojos. Su risa de campana en la oscuridad.
-Estaban, ven, vamos. Esto. Avan thout. Thé.
Y fuimos.
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Pobre Estaban. Sólo le faltó cantar el himno sin ira ;)
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