El Capricho de Máximo Díaz de Quijano

Sólo una semana vivió en su casa de verano el abogado y músico Máximo Díaz de Quijano. Las columnas no terminadas denuncian la premura por instalarse de su dueño, enfermo y cansado. Falleció una semana después de llegar, en junio de 1885. El Capricho es eso, un antojo, un deseo, el anhelo irrefrenable de volver al hogar y presumir de riqueza, de buen gusto, de progreso, de modernidad. La casa, tapizada de girasoles, plantada en un pueblo ballenero es también girasol que ofrece sus estancias al sol para que las bañe, de la mañana a la noche. Es fantasía pura, color, música. Las ventanas cantan cuando se abren, cuando se cierran. En las vidrieras del cuarto de baño, los animales tocan instrumentos: un pájaro al piano, una abeja a la guitarra. El invernadero debió ser cosa curiosa, acristalado y pertrechado con el último diseño en calefacción, irradiaba abrigo al resto y exhibía las plantas que el indiano se trajo a su pueblo, con orgullo de hombre hecho así mismo. Miré la foto de Máximo Díaz de Quijano que pendía de una de las paredes de su capricho. Era un hombre atractivo, joven según los cánones de hoy (42), soltero, que regresaba a la patria con buen patrimonio. Un buen partido que quería una casa de vacaciones acorde con su posición. Antoni Gaudí se encargó de diseñarla y una legión de artesanos cocieron los azulejos, tallaron las flores, las hojas, realizaron los muebles, las puertas, las persianas. Todo es música, color, fantasía. Y nostalgia en la mirada triste de Quijano.








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