Era un doce de octubre. Cogí las llaves del
coche que había abandonado la tarde anterior sobre la mesa del comedor, y me
fui. Conducir es uno de los placeres de la vida. No quiero ni pensar cómo
sobreviviré a mí mismo cuando ya no pueda sentir el ronroneo del motor al
enfilar una carretera cualquiera, poner música y encender la calefacción/aire
acondicionado (según el momento y la estación), calarme las gafas de sol,
peinarme con los dedos, sonreír y atacar el viaje (soy consciente de los años, que
van quitando y añadiendo. Reflejos. Dioptrías. Barriga. Papada. Insomnio.
Calambres. Y otras dulzuras que ni siquiera me apetece desgranar.).
Sí, vivo solo, estoy solo, me arreglo bien
así. Aún no soy viejo, o al menos yo no me siento viejo. Aún.
No siempre fue así, claro. Hubo un tiempo en
el que viví con una mujer. La mía. Con la que me casé por la iglesia (eran
otros tiempos y otras vicisitudes), pero ya no está, se me murió. La vida, que
no perdona. O, mejor dicho, la muerte. ¿Que si la echo de menos? No pasa noche
sin que no discuta con ella. En la cama, como solíamos. Le cuento cómo me ha
ido el día, le comunico las decisiones que he tomado… y como sé (punto por
punto, y coma por coma) lo que Teresa opinaría, discutimos. No le gusta nada
que me pase en las comidas (Esteban, tienes el colesterol por las nubes y no
haces más que darle a los callos. No tienes arreglo. ¿Cuándo fue la última vez
que te hiciste análisis?) También le refiero mis conducciones, pero por eso no
discutimos. Antes, las hacíamos juntos. Cuando llegaba el fin de semana y
estábamos algo alicaídos (ya saben, los días, que traen sus cosas y sus penas),
nos montábamos en el coche de turno (un Fiesta rojo, un Renault 18 dorado, un
Renault 12 color aceituna, un Open Astra gris, etcétera, etcétera, etcétera) y
nos lanzábamos a la aventura por esos mundos de dios. A ella le gustaba
escuchar a Perales y yo no lo soportaba; pero por lo demás, eran viajes
formidables.
Eso. Un doce de octubre sin nada mejor que
hacer que subir al coche y marcharme lejos, sin más equipaje que una pequeña
bolsa que siempre llevo en el maletero (lo aprendí de Teresa. Uno nunca sabe.
No pasa nada por llevar una muda limpia, el cepillo de dientes, un pijama y
algo para cambiarse. Tantas cosas que aprendí de Teresa). Elegí dirección
Madrid. No sé muy bien por qué, pero como me ocurre tantas otras veces, al
salir de casa fue la opción que me convenció más. Era sábado, y no había prisa.
Así que escogí la carretera antigua, la nacional, la que estaba antes de que
terminasen la autovía, que anda que no costó que la hicieran. Es un viaje más o
menos monótono con cielos impresionantes y grandes llanuras. Hasta después de
pasar Ávila no hay un poco de jaleo, aunque en algunos tramos hay que andarse
con ojo: curvas cerradas, cambios de rasante sin visibilidad…
Fue pasando Aveinte. Sí, Aveinte es un pueblo
abulense que tiene un nombre muy apropiado, es conveniente ir a esa velocidad
por ese kilómetro del demonio. Una cuesta pronunciada, una curva de vértigo y un
cambio de rasante que se precipita sobre el pobre conductor despistado. Un
coctel explosivo. Iba yo escuchando Y cómo es él, cuando el tópico de la
vida pasó ante mis ojos, aquí se acaba todo amigo, estuvo bien mientras duró…
se
hizo realidad. Un Corsa blanco apareció ante mí como la Santísima Trinidad o el
Santo Apóstol a los peregrinos Zigzagueando, apenas alcancé a ver cómo el
conductor manejaba con brío el volante, tratando de esquivarme. Yo hice lo
propio y me tiré al arcén, como si no costara. No fue mérito mío que no
terminásemos en medio de un estrépito de carrocería. Con el corazón en la boca
me detuve. Un extraño silencio, espeso y caliente, coloreó el instante.
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Como una estatua en Las Ramblas, Barcelona. Así se maquilló el instante.
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Comienzo el relato de Madeleine, que consta de distintas entregas (aún no sé cuántas). La foto es mía.
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