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Como las sales de baño de Teresa |
Hacía muy bueno, el cielo se había vestido
con un irreprochable traje sin nubes y brillaba, acharolado, sobre mi cabeza.
Ávila es una ciudad pequeña, en la que no es fácil que la muchedumbre te
engulla, antes bien, la soledad es otro de esos pajarracos que te acechan desde
las entrañas. Qué fácil es dejarte llevar por la melancolía y aparcar la vida.
Recuerdo una vez que fuimos (Teresa y yo) a una sesión de cuentos, en una
Biblioteca (cosas de Teresa. Yo no quería ir, no quería, pero me convenció…
nunca supe decirte que no, Teresa). Lo cierto es que me alegré de haber ido,
ahora me alegro más. La narradora era una chica joven, morena, de sonrisa
eterna y chispas en los ojos, que se me antojó (y ahora, más) un disfraz de
tantos para encubrir un dolor antiguo. Todos nos parapetamos, ya saben. Contaba
y contaba, pero de entre todas las historias, chascarrillos, anécdotas (hasta
cantaba y bailaba, era un verdadero polvorín) se me quedó grabada la historia
de la pena. Ya perdonarán mi memoria y mi libre adaptación.
La historia trata de una mujer (pongamos que
se llamase Milagros) que, año tras año, se deja llevar por la pena. Una pena
chiquitita, preciosa, con unos ojos grandes y redondos, que la miran y le
dicen: quédate conmigo, no te vayas.
La penita le daba calor, la confortaba, porque sentía un extraño pinchazo en un
costado y no se sentía tan sola. Pero claro, el tiempo pasaba, y la penita se
iba haciendo más y más grande, tenía unos coloretes que ya los quisieran para
sí Heidi y la abuela que anuncia La Fabada en la tele. Hasta que una noche,
igual a todas las noches, Milagros rechaza la compañía de aquellos que la
quieren, y se queda en casa bien abrigadita con su pena, que ya estaba bien
gorda y bien lustrosa. Y en éstas estaban, Milagros y la pena, cuando nuestra protagonista toma entre sus
manos a la pena y la mira. Bien repeinada, bien alimentada. La pena la mira a
su vez, confiada. Qué buena era con ella Milagros. Tantos años cuidándola para
que se hiciese hermosa y gruesa. Y, de pronto, zas. Milagros aplastó a la pena
entre sus manos como a una vulgar mosca (sería un bicho más grande a tenor de
lo gorda que era, pero no queda bien decirlo porque puede resultar
desagradable) y se sintió libre. Liberada de esa pulsión del costado y de tener
que quedarse en casa por las noches, sola, llorando sobre la pena. Y caviló, ay, tendría que haberlo hecho mucho antes…
Melancolía, pena, tristeza, qué más da cómo
la llamemos. Desde que Teresa se me fue la he alimentado de a poco. Me acompaña
y ya no estoy solo. Sentir el dolor hace que no me sienta un traidor.
De ese recuerdo, de esos minutos que pasé
caminando en torno a la muralla, colegí que no iba a ir a San Polo. No. Qué va.
Qué se me había perdido a mí en el hotel ese. Una pena es una pena, y hay quien
no tiene ni eso. ¿No?
Volví al coche y olfateé el ambiente. Olía
distinto. Desde que Madeleine me había arrollado, todo estaba un poco
diferente.
El camino hasta casa lo hice entre Perales y
Tina Turner.
No, no iría, concluí, mientras aparcaba en la
plaza de garaje y subía en el ascensor a casa. No me presentaría en el hotel a
preguntar por una tal Madeleine Clore, que seguro que no se pronunciaba así,
vamos, es que ni de lejos y el recepcionista (una chica en prácticas o un empleado
resabiado que recelaría de mis intenciones y pensaría que somos amantes, que en
algún lugar estaba mi mujer, ignorante de todo. Mi Teresa. Ojalá) se reiría de
mi acento, de cómo gesticulo cuando no sé cómo se dice una palabra. No, qué va.
No me hacía ninguna falta.
Abrí el grifo de la bañera y la llené de
agua. ¿Qué habría pensado Madeleine? Y si fuese. Si fuese y me encontrase con
que quiere tomar algo conmigo, y ni siquiera, cenar. Qué vergüenza. Pero es que
no hemos quedado realmente. Para tener una cita hay que decir una hora. ¿Qué
clase de cita es noche, San Palo, hotel?
Igual ni siquiera estaba en San Polo, igual el sitio donde se alojaba se
llamaba San Pelayo o vete tú a saber. No, qué va. No tenía ninguna necesidad de
ponerme en evidencia, de hacer hasta tal punto el ridículo.
Eché sales en la bañera (las favoritas de
Teresa) y me dispuse a relajarme, libre ya del compromiso de ir a ninguna
parte. Un baño, un tiempo de lectura (tenía la biografía de un banquero
aguardándome. Uno, que fue muy listo, tanto, que terminaba de salir de la
cárcel). Otras tardes leía los libros de Teresa (Vargas Llosa, Isabel Allende,
Jane Austen y todas las hermanas Brönte) pero esta tarde, no. Quizás ahuyentar
un poco a la pena, hacerla adelgazar, no estaría mal. Por una vez.
Con mi bata de baño, en mi butaca preferida y
junto a la ventana, abrí el libro. Qué a gusto. Otro día tendría que ponerme en
marcha y llegar hasta Madrid, tal vez, pasar allí un fin de semana. Pasear por
El Rastro en busca de esa cómoda vieja que Teresa tanto anheló. Qué a gusto. Ni
loco saldría. Ponerse otro traje. Una camisa limpia. Peinarme. Perfumarme como
si fuese un lechuguino. Vamos, que no. Además, si era muy pronto. Y, ¿cuándo
cenarían en Francia? ¿Era como en Portugal, como en Inglaterra? ¿O tenían
horarios propios de comidas? Aunque, si estás en España, lo lógico sería cenar
a la hora española. Pero, vete tú a saber. Lo mismo voy ahora y se ríe en mis
barbas: pero, Estaban… ¿qué pensaste?
Ni loco.
Estaba otra vez muy nervioso y no entendía
por qué. Si no iba a ir. No. Tal vez, si saliese a dar un paseo.
Me vestí, mirando por el rabillo del ojo la
hora en el reloj del dormitorio. Casi las siete. Me puse un traje azul marino
de mil rayas (pero delicadas, nada de El Padrino), camisa blanca y corbata del
color de las rayas (celeste). Nunca se sabe con quién puedes encontrarte. No es
cuestión de abandonarse… lo mismo salgo desaseado y me encuentro con la del
quinto o con el presidente de la comunidad, ese pesado que es más viejo que yo
y cree que es al revés (o quiere creer). O con Madeleine. Al fin y al cabo,
vivo en una ciudad pequeña.
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Escuché la historia de la pena a Charo Jaular. Ignoro de quién es...
La foto es mía.
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