Entregas anteriores: I, II, III
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Pueden figurárselo. Todo sucedió como tenía
que suceder, como informe (y uniforme) benemérito. Ahora nos hacemos cargo nosotros, puede marcharse, etcétera, etcétera,
etcétera. Me quedé inmensamente solo mientras Madeleine salía del coche y
se dejaba acompañar por aquella pareja de pipiolos, que sí, que estaban hechos
unos guardias civiles enteros y completos pero que a mí se me antojaban
demasiado jóvenes. Casi al borde del insulto. Cromáticamente, eso sí, era otra
historia. Perla y verde oliva alejándose, cual canción de Perales.
Intuí que ahí terminaba todo. Pero, ¿qué era
ese todo? No había nada. No había ocurrido gran cosa. Un viudo sesentón que se
había topado (qué digo. Que casi se había estampado, como esos papeles pintados
de los setenta, contra una mujer francesa que chapurreaba apenas unas palabras
en castellano, que reía como una campana en mitad de la noche y era nacarada,
grisácea y morena, delgada, guapa, sí, de buen ver aún, todavía joven, por lo
menos aún no era vieja…). Eso. Era un incidente más, de esos que se cuentan una
tarde de invierno, para pasar el rato. Fíjate
lo que me pasó un día, a la altura de Aveinte. Menudo susto. Una francesa sin
móvil. Sí. Como una película romántica.
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Fotografía de Jose P. Gegúndez ¿Dónde lees tú? Fundación Germán Sánchez Ruiperez |
Estaba prendado de ella. Sí. No había manera
de engañarme. Sólo me quedaba el consuelo de saber que ella se iría, y que las
horas, las malditas horas, harían el resto. La borrarían. Si antes no existía,
después, tampoco. Cuestión de matemática pura, casi diría que de física
cuántica. Sí, sé lo que están pensando. Pero uno tiene derecho a llamarse a
engaño. Es un derecho innegociable, inalienable, diría yo.
De pronto.
Si se la hubieran llevado detenida, qué sé
yo, por un suponer. Imaginen que la muy honorable pareja de la benemérita me
hubiese salvado de una secuestradora, una bella mujer extranjera que me retenía
contra mi voluntad. O una ladrona. O una timadora. O una asesina en serie. Pues
hubiera entendido mejor la escena. Pero así fue un poco chocante, la verdad.
Madeleine se giró de pronto y empezó a correr
hacia mí. Los guardias se quedaron mirando, con cara de qué demonios está pasando aquí, si no lo veo, no lo creo, pero qué va a
hacer esta mujer. Ella, que correteaba hacia mí, y yo, que no hacía más que
pensar en bellas mujeres delinquiendo. Un sinsentido. Un despropósito.
De pronto.
Se detuvo muy cerca de mí, la melena cuchilla
de navaja oscilando sobre su rostro, que lucía un poco más sonrosado de lo
habitual (hasta entonces. De lo que yo venía observando, quiero decir. En el
rato que la conocía. Lo dejo. ).
-Estaban…
yo… merci… Yo, en San Palo. Hotel. San Palo. Tú, ¿esta noche? Madeleine Clore.
Oui? Oui?
-Oui. Sí.
Allí estaré. ¿San Palo? ¿San Polo? ¿Esta noche?
-Oui…
Debí quemarle la mano que deslizó por mi
cara, desprevenida. Sentí un fuego interior; un incendio. Todo aquello era un
sinsentido. Empecé a silbar mientras Madeleine correteaba, esta vez, hacia la
pareja de jovencitos. Qué majos.
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