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Monumento a Pepe Ledesma, de Fernando Mayoral. Imagen tomada de Wikipedia. |
El poeta está sentado en una pequeña plazoleta. Las palomas se posan sobre él, como el tiempo y la hojarasca. El poeta habita la ciudad que tanto amó, aunque ya no la pasee ni la escriba. Está tan elegante, erguido como su voz de poeta. A veces, entre las piernas y el banco donde reposa, se quedan enganchados los inconvenientes de la vida: ramas secas, bolsas de plástico infames, envoltorios y tiques del supermercado. Su presencia, su palabra, se han fundido con la ciudad y allí está, soportando ventiscas, lluvias impertinentes, brumas, nevadas, soles ardientes y lunas que menguan. El poeta tiene una mujer que lo recuerda.
La mujer luce el pelo blanco y una mirada llena de recuerdos. Le gusta cuidar de la memoria del poeta y de la del hombre. Hay días que se sienta y lo mira. Hay días que limpia la suciedad que se arremolina en torno a él. Le gusta contemplarlo elegante, pulcro, atenta a los detalles. Entonces, tapa con sus manos las de él, que no son exactamente como eran. Lo mira y se sienta junto a él. Es su mujer. La mujer del poeta.
Comentarios
Precioso. Cargado de sensibilidad.
Un abrazo, Mª. Antonia