Cuaderno de viaje. Timanfaya



La historia cuenta terribles pérdidas debidas a las continuas erupciones de los volcanes. Los turistas realizamos un viaje improbable a la luna, en autobús y con aire acondicionado. Las superficies están retorcidas, plegadas, doloridas; pareciera que gritaran el sufrimiento de las antiguas gentes de Yaiza. Las bocas de los volcanes son agujeros negros desdentados por donde el fuego huyó. Todo está silencioso, sin vida. El autobús circula por una carretera de un solo sentido. Unos preceden a otros, escalan montañas, bajan a los valles, se paran en túneles de colores imposibles y estalactitas prendidas en vertical. Nadie puede pisar este suelo negro y rojo, inerte, seco, caliente y polvoriento. En el Valle del Silencio, el chofer detiene el autobús una vez más mientras la voz en off (que nos acompaña en dos idiomas durante el trayecto) narra desgracias, crónicas y testimonios. Hay silencio en las filas de viajeros. La impresión hace callar a los hombres y hablar a las cámaras y a los móviles.
Los gritos de los vecinos en la madrugada. Los chorros de fuego, la lava del color de las naranjas y las bombas, negras y verdes, destruyendo, rompiendo, quemando. El llanto de los niños y de los hombres.
De pronto, una planta se pavonea entre las piedras. En cualquier sitio palpita la vida, indomable.El trayecto en autobús dura una hora. En la Meseta de Hilario (el ermitaño feliz y loco, quizá por eso feliz) está el campamento base del hombre moderno: comida en el restaurante y cosas para comprar en la tienda. Hay imágenes extrañas atrapadas en postales y marcapáginas. También unos monigotes erectos que enarbolan un tridente en actitud desafiante; los diablillos de Timanfaya.Afuera, un hombre hace la demostración, abajo hay ardor, no cabe duda. Otro pone unas piedrecillas rojo fuego en las manos… Las palmas adquieren un tono rojizo y los ojos un matiz acuoso.
Los volcanes brillan con extraños destellos. No están muertos, sólo dormidos. En una ladera, los camellos reposan mientras rumian malos pensamientos. Los camelleros aguantan estoicamente el calor y los caprichos de los turistas mientras meditan, fuman y cuentan las horas para volver a casa.
Timanfaya es parte de un lugar que perdió la Luna. Ella, ufana e inocente como una jovencita, no se ha dado cuenta de que una noche y a resultas de una brutal sacudida, se cayeron de su cara oculta volcanes furiosos, silenciosos valles y una calma tensa, expectante. Fueron a aterrizar en medio del océano, cerca de África. Ese fue el origen de Lanzarote.





Fotos de María Antonia Moreno (no es muy buena la calidad, están hechas desde el interior de un autobús...)

Comentarios

alicia ha dicho que…
Hace mucho tiempo alguien me trajo unas piedrecitas de ese lugar y me dijo que su paisaje era un paisaje de dolor. Después las enterró en un glaciar, muy lejos de su origen, en Noruega.
Te confío el secreto. Quizá dentro de siglos los científicos se extrañen al encontrar restos volcánicos en el corazón azul y gélido de una lengua de hielo. Nosotras sabremos.
Abrazos y gracias por tu diario viajero
Isabel Romana ha dicho que…
Hermosa fábula la de la luna. Ella es madre, madre nuestra. Seguro que perdió lo que hoy es esta isla para que la disfrutáramos nosotras. Un abrazo muy fuerte.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
alicia... qué preciosa la historia que me cuentas. Qué imagen tan bella la del glaciar de hielo con las piedras de fuego... ¿te imaginas? Científicos intentando descubrir el secreto... Gracias por compartirla. Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Isabel, bienvenida, qué tal te habrá ido en tus viajes? En cuanto pueda te visito. Un beso