
Don Andrés se repantinga en su sillón de director de oficina bancaria, se gira y espía a la mujer de rojo y a Juan, el cajero entre los resquicios de la persiana. Se va ya la moza. Y este, ¿qué hace? Me lo ha dejado alelado. Si se ha quedado papando moscas, en las Batuecas andará. A ver si me lo ha incapacitado. Pues eso sí que no. Que este hombre vale un Potosí. Claro que la hembra... En fin, ya reacciona, se ha vuelto a recoger los teletipos del suelo. Menos mal que los ha colocado encima de su mesa, ya me veía yo llamándole la atención al mejor empleado que he tenido en años. Y eso, no. No me gustaría, aunque si hay que hacerlo, se hace. Pero no, este Juanillo es responsable. Se sienta y se pone las gafas. Hala, ya está otra vez. A ver si en vez de sangre tiene horchata, porque recuperarse tan pronto después de una mujer así... Pero, es que Juan es muy honrado y eso no hay quien lo cambie. ¡Menos mal que no me ha ocurrido a mí! Hubiera tenido que irme a dar un paseo, o a tomarme un orujo para sacármela del cuerpo.
(...)
Pero, ¿y esto? Pues, ¿no ha vuelto la morena? Ahí está, agitando las pestañas como el mantón de la Piquer. Y este pobre hombre, que ahora le da algo, fijo. O no. Mira tú que si ella ha vuelto a por él. Raro es, pero no imposible. ¡Hay tantas parejas desiguales! Igual hoy, Juan no se va solo a dormir, no. ¡Hay que fastidiarse, Andrés! Pues cuando se marche este pedazo de mujer, ya me puede contar la conversación tan animada que se traen, ya, por que si no, la tenemos. ¡Hala, hala! Vaya cruce de piernas... Y venga a pegar la hebra. Menos mal que hoy no es día de paga, y tenemos la oficina vacía...
La imagen de las violetas está tomada de esta dirección:
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Un abrazo
Un abrazo
Je
Un beso, Isabel