Manuela, 1

No pudo por menos que enamorarse de Manuela. Tenía una belleza limpia que olía a piel, a jabón y a agua; una belleza franca y risueña como una tarde de verano. Si estaba contenta los ojos reían a carcajada limpia y si se enfurruñaba, chisporroteaban con la furia de una niña a la que se le arrebata un caramelo sin razón. Era impulsiva y emocional, cabezota, profesaba a sus amistades una lealtad de adolescente; porque es en la adolescencia cuando mueres por tus amigos y crees que ellos morirían por ti, que jamás te fallarán, que no te traicionarán, que no te venderán. Tenía también un modo de caminar decidido, y una forma de analizar el mundo y las personas que él admiraba. No porque estuviera exenta de equivocarse (era deliciosamente humana) sino por la manera de defender lo que consideraba justo. A lo largo de los años, procedió a esperarla, porque siempre supo que con Manuela no valían las prisas, ni los tonteos torpes. Se dedicó a simular una amistad sin compromisos, ni atracciones, una amistad limpia que oliera a limpio y a sencillo. Era una amistad, por lo mismo, superficial y conveniente; Jaime no hubiera soportado escuchar, ver o sentir según qué cosas. Y así, desde el primer día que la vio entrar en clase con el pelo corto, muy corto, y una media sonrisa bailoteándole en la comisura de los labios, Jaime aguardó su momento, porque se había enamorado y no podía llamar de otra manera a aquello. A ella sí la engañó, pero a sí mismo, nunca.
Y así, de a poco, se fueron yendo los años, con Jaime aguardando su oportunidad. Porque las oportunidades son escurridizas y viscosas, Jaime no bajó la guardia.
Tenían ya casi 30 años, Manuela se había ido y había vuelto al pueblo donde Jaime se quedó, porque no podía arriesgarse. ¿Y si Manuela volviera y él no estuviera allí para esperarla? Tenían ya casi 30 años y aún eran jóvenes, aún le brillaban los ojos a Manuela, aunque de repente y sin razón se le oscurecieran de golpe cuando paseaban por la playa un día cualquiera, un día como el de hoy, cuando el verano se ha ido y el otoño revolotea en derredor, como un pájaro de mal agüero. Lo natural fue que pasaran cada vez más tiempo juntos, todos los demás se habían marchado, sólo estaban Jaime y Manuela. Lo natural fue que ella precisara cada vez más de su compañía y que sonriera si él iba a buscarla sin llamar, o que mirara por la ventana para verlo llegar, cuando el día se marchaba. Lo natural fue que él le dijera, cásate conmigo, Manuela, sin previo aviso y sin que ninguno de los dos se mirara a los ojos. Y pareció natural que se casaran.

Todo fue para Jaime casi como lo había soñado, casi, porque había cosas que no se había atrevido a soñar. Jaime se sentía feliz con Manuela, trabajando en el pequeño hostal de ventanas blancas que heredó de la familia, paseando en la playa y viendo pasar los días; sobre todo cuando estaba solo y no podía creer en la terrible suerte. La terrible suerte de que Manuela estuviese junto a él.
Era por eso que no acertaba a arriesgarse, y cuidaba todos los detalles, le compraba flores todos las semanas, le buscaba novelas de misterio, aventuras y amores imprevisibles, cuidaba de que en la despensa siempre hubiera chocolate negro y café de Jamaica, y la llamaba por teléfono todas las mañanas para desearle un buen día, porque él madrugaba y ella no, porque a Manuela le encantaba dormir y nunca se levantaba antes de las 11. Jaime andaba siempre tramando nuevas formas de sorprenderla, de conquistarla, y así le llevaba pequeños fragmentos de conchas y le contaba historias fabulosas o la invitaba, de improviso, a una velada en el teatro en la ciudad o a una degustación de marisco, o la arrastraba hasta un salón de té increíblemente pijo y le servía té de jazmín mientras le gastaba bromas para que se riera y no estuviera triste. Sin duda era terrible su suerte, pero era la suya y tenía que apechugar con ella.
Manuela se dejaba hacer, entre divertida, asombrada y un tanto (a pesar de los esfuerzos de Jaime) aburrida. Se le había ido yendo la primera juventud y los sueños insensatos, ya no sabía qué había hecho de las ilusiones; tantas que tenía, de esas ansias de viajar sin detenerse, de verlo todo, saborearlo todo, vivirlo todo. Había vuelto al pueblo cansada y maltrecho el corazón; había regresado para una cura de emergencia, pero el tiempo, el cielo y el mar de su infancia la fueron atrapando sin ella advertirlo… y Jaime, que apareció de improviso, siempre encantador y buen compañero, invitándola a toda clase de cosas, paseos y artilugios, redescubriendo con ella lugares de antaño, rincones de la playa que ya ni se acordaba que existieron alguna vez, y se dejó hacer, dejó que él acudiera a buscarla serio y responsable, dejó que la invitara y que la descubriera en la ventana vigilando su llegada. Y un día le dijo: cásate conmigo, Manuela. Y ella dijo sí, porque ya no sabía bien adónde tenía que volver después de eso.
Retomo esta historia, que quedó inconclusa, navegando en el blog.

Comentarios

alicia ha dicho que…
Esta primera parte me encanta Mª Antonia. Como siempre sucede ya he creado en mi mente los escenarios: el mar y sus orillas, los ojos de Manuela -juguete a la deriva-, la paciencia de Jaime.
Me siento junto al fuego
Xibeliuss ha dicho que…
Me gusta mucho, MªAntonia. Tiene fuerza y el doble enfoque afina la profundidad.
Un saludo.
Isabel Romana ha dicho que…
Es una historia triste y bella. Triste, porque hay mucho amor, pero no es correspondido, al menos no lo es con la misma intensidad. Un amor sereno del que parece haber estado siempre ausente la pasión. Pobre Jaime. Y pobre Manuela.
Está maravillosamente contada esta historia, como sueles hacer siempre, con esa sensibilidad tan tuya, tan personal. Un abrazo, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Amigos, tengo curiosidad por saber vuestras opiniones cuando la historia termine. Mañana, sin ir más lejos...

gracias por estar.
Abrazos