10.2.17

Sola, solo, 2.


Hace años de aquel viaje (aquí viene el lugar común, cómo pasa el tiempo, etcétera). Un viaje singular como sólo puede serlo para una mujer que no suele viajar sola tan lejos ni tan a menudo como desearía, pero a fin de cuentas, como dice mi buena amiga E., qué importa el lugar. Si tienes la oportunidad de ir, ve. 

Aquella vez fui a un municipio del centro de Gran Canaria, un pueblo metido entre montañas. No he vuelto a ir. Ni al pueblecito, ni a Gran Canaria, y no ha sido porque no lo haya intentado: cada vez que organizaba unos días de vacaciones a la isla, el tema no salía. No había tiempo, el hotel parecía incómodo, el precio demasiado elevado y cosas de parecido jaez. En fin. Cuando algo no es para ti, para qué vas a empeñarte.

No fue el caso, entonces. Un encuentro profesional, apenas una noche y un día en el pueblo de la vega y otra noche y otro día en la capital, Las Palmas. Fue un viaje de apenas dos días. Dos y unas horas más, empleadas en viajar de la Península a la isla y viceversa. Pero qué viaje. 
En él conocí a una chica joven (más joven de lo que yo era por entonces) madre de dos chiquillos, separada, que trabajaba como chófer, profesora de gimnasia rítmica, recadera, tramoyista y lo que hiciese falta. No recuerdo su nombre, ni siquiera sé si la reconocería si me la cruzara en una calle cualquiera. Pero no he olvidado cómo me acompañó a un hotel rural en el que la dueña usaba calentadores de lana y no quería darme de desayunar, o cómo me contó la historia de la casa maldita en la que todas sus dueñas, de distintas generaciones, fueron muriendo a consecuencia de terribles enfermedades. La maldición había podido con las mujeres que la habitaron y con la propia casa, y en aquel tiempo, agonizaba al borde de la carretera, junto a una palmera indiana. Tampoco olvidé cómo me miró a los ojos y dijo envidiar mi vida, mis viajes, mi trabajo y mis preocupaciones (aquellas que me parecían importantes y hoy me parecen nonadas).

En el pueblo, antes de que ella me acompañase a cenar, entré en una pastelería a tomar un café y un dulce típico de almendras. El azucarillo exhibía una filosofía somera, escueta, trascendental y diáfana en su sencillez: adelante, vive a tope y sueña. Y entonces pensé que aquella muchacha que anhelaba otra vida distinta, hacía eso mientras llevaba a los niños al colegio y mientras los llamaba desde el coche para vigilar que estuvieran haciendo los deberes y para prometerles que llegaría pronto y les haría algo rico para cenar. Hacía exactamente eso: vivir y soñar, siempre adelante, siempre.


Y luego, en la ciudad, caminata de muchas horas, y viaje en autobús hasta La Vegueta desde Las Canteras, y el refugio en la Catedral perseguida por los colores del mundo. Y espiar el mar a través de una mirilla de hierro. Caminar, poner un pie delante del otro, vivir a tope, soñar.


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