Es
inevitable que en Chipiona te encuentres, cada dos por tres, una foto de la
Jurado, un homenaje a la más grande, un cartel que anuncia las próximas fiestas
de la Virgen de Regla. Es entonces cuando la policía municipal corta calles,
prohíbe aparcamientos y ayuda a levantar carpas de feria entre el estupor del
veraneante que intenta llegar a alguna parte del municipio gaditano. También es
inevitable quedarse hipnotizado mirando al mar alejarse y acercarse a la
orilla, tapando y destapando los corrales, esos ingenios de pesca que no son
más que redes pétreas donde peces, camarones y otras criaturas oceánicas quedan
a merced de los seres humanos. Uno contempla las aguas saladas
como si nunca hubiese visto u oído aquello de como una ola tu amor
llegó a mi vida, mientras degusta un pastel de nata que acaba de comprar a pie
de la ídem, cortesía de los carritos que arrastran los vendedores bahía arriba,
bahía abajo (los más avispados han instalado motores y llevan esos armatostes
sobre la arena con el orgullo del que se sabe inteligente).
Es difícil
sustraerse a los chopitos, las navajas, el cazón en adobo y dejar para otro
rato el ahora es tarde, señora. Más que nada porque desde hace años y cada
estío Chipiona es carne del Sálvame, y porque (no nos llamemos a engaño) pasar
una semana bañándote y tomando el sol no te descubre el espíritu de ningún
pueblo, por más ancestral y hermoso que éste sea. Sin embargo, para el turista
curioso, siempre hay un detalle en el que fijarse, un monumento, un
nombre en una calle o unas letras que pueden leerse en la fachada de un
hospital, de una escuela o de un albergue. Como Manuel Tolosa Latour.
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Tomada de aquí |
En Chipiona
es difícil sustraerse a la sombra de la cantante y su fama, así como de la
familia que dejó tras de sí. Pero están Manuel Tolosa Latour y los corrales y
el sol que se ahoga cada tarde en el mar.
Comentarios
Abrazos, amiga.