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By Anonymous (Seula Gonpa, Punakha, Bhutan) [Public domain], via Wikimedia Commons |
Al Mandala voy también cuando necesito una sonrisa y rodearme del murmullo del mundo. La solead pesa a veces, pero en el Mandala uno nunca está solo del todo. Levantas la mirada de la última corruptela o los últimos líos amorosos del playboy que otrora fue jinete, y ves la vida a tu alrededor. La vida. Lo real. Conversaciones de las que captas algunas palabras, miradas que vuelan sobre las mesas del café; si tienes suerte, puedes asistir a un ritual de enamoramiento en directo. O escuchar a dos cincuentones que aún creen que el amor es lo más terrible. Lo más importante.
Mandala ofrece un paisaje de tartas, batidos y otras delicias que son mi Arcadia particular. No, ya no los tomo: no tengo ni la edad ni el coraje necesarios para permitirme esas osadías. Sé que hago bien en no hacerlo, mi cuerpo es un indómito que atesora kilos en cuanto prueba el dulce, y yo soy tan golosa que es mejor que no reincida, ahora que he conseguido mantenerme en una relativa abstinencia. Pero el paisaje de fresa, chocolate, caramelo y vainilla me retrotrae a otros tiempos en los que la felicidad máxima consistía en ir al Mandala y zampar un batido y una ración de tarta. Que se acababan los exámenes, que ya era Navidad, que empezaba el verano. No iba sola entonces (tampoco ahora voy sola todas las veces), y la gracia era sentir la pesadez en el estómago mientras las risas te impedían quedarte dormida, acunada por el dulzor de la nata con chocolate fundido. Por eso, el Mandala me trae buenos recuerdos, de esos que a veces te ponen triste, pero de un modo suave, nostálgico, dulce.
Siempre que he ido al Mandala, me han atendido chicas jóvenes con sonrisa. Claro está que unas han dejado paso a otras, pero todas son y fueron, simpáticas y discretas, y ahora me gusta ir porque, amén de todo lo dicho y demás matices, ya saben qué tomo últimamente y ni siquiera tengo que esforzarme en pedir que el café sea un poco más grande. Es cierto que un buen camarero es un buen psicólogo, por eso ellas saben cuándo llego cansada o cuándo tengo frío, y hasta parecen alegrarse cuando voy acompañada y no me sorprenden la mirada triste. Me pregunto si alguna vez habrán hablado de mí, conjeturado sobre quién soy y por qué voy o por qué dejo de ir. Pero puede ser que nunca lo hayan hecho, hay muchos habituales, mujeres, hombres, estudiantes, gentes con rostros más interesantes que el mío.
En cuanto a ustedes, si son habituales de este blog, no les habrá sorprendido que dedique un post al Mandala y sus empleadas (y a quien creo, la dueña, una chica reidora que ya se acerca a la década del cuatro). Ustedes saben que el Mandala ha sido el escenario de varias entradas en las que he contado cómo lo real, la vida, transcurre un día cualquiera, y hasta de un relato en el que sus protagonistas son ayudados por una camarera del Mandala, una de las que llevan por bandera una sonrisa. Así que no se sorprenderán si les cuento que la cafetería Mandala, con sus flores secas, sus azulejos de color, sus calabazas y sus lámparas es lo más parecido a un trozo de aquel sueño de niña. Mandala es ese lugar que me sirve de apoyo en los días que necesito serenidad, o compañía, o una sonrisa, o recordar cómo fui y por qué soy.
Pues van a tener razón los de la RAE, los budistas y los hinduistas.
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