Revelación, de Gerardo Diego (fragmento)
Era
en Numancia, al tiempo que
declina
la
tarde del agosto augusto y lento ,
Numancia
del silencio y de la ruina,
alma
de libertad, trono del viento.
En la meseta
del cerro una mujer muy joven, casi una niña, gira sobre sí misma y parece
medir la distancia entre el Moncayo y el Urbión. Se levantó el día claro con
las habituales nubes blancas y grises bogando rápidas por el cielo. Sus ojos de niña son extraños; pequeños océanos
aguamarina con insólitos pecios marrones. La niña gira una y otra y otra vez,
hasta divisar con la misma punzada en el pecho de la vez primera, un campamento
y otro, y otro, y otro, y otro, y aún al este, hay otro, y al norte, otro. Queda
quieta un instante, tratando de distinguir a esos raros animales gigantes que
se dice que los romanos han traído de tierras lejanas.
Por un instante
cierra los ojos y se estremece imaginándolos, más grandes que su casa, que la
más alta de su pueblo, aplastándolas como semillas de trigo maduro, quebrándolas,
juncos de ribera. Abre los ojos de golpe, asustada ante el poder de las
imágenes que ella misma ha creado, ayudada por las consejas que las mujeres
mayores cuentan, entre cuchicheos, con la voz rota. Hay quienes dicen haber
escuchado un súbito rumor en las noches de luna, y hay quienes aseguran
haberlos visto en el campamento más grande. Hoy, que es un día claro, la niña
se esfuerza por verlos, achina los ojos, se concentra; pero solo adivina
movimientos negros y brillantes fogonazos similares a pequeños soles.
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Casi no queda agua ... |
Desde
Numancia, los campamentos de ese general legendario que se ha atrevido a
transportar a esas bestias terroríficas, parecen grandes hormigueros. Los muros
que los unen, y los fosos que los protegen, hieren las queridas montañas de los
arévacos, que ya no pueden pastorear, ni guerrear en igualdad de condiciones.
Los hombres están debilitados, las mujeres flacas y sin leche en los pechos,
las niñas se retrasan en ser mujeres, los niños lloran más a menudo. Los
conocidos olores del estiércol, de la leña quemándose en el lar, de la
polvareda levantada por los vientos, de las flores encarnadas… se han perdido,
quizás para siempre. Ahora huele a hambre, a frío.
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Más grandes que cualquier casa... |
La niña no
ha conocido otro estado más que este, el de la provisionalidad, el tiempo de
acoso de los romanos que son los enemigos; el de las partidas de los hombres
al anochecer, con la mirada fiera y los puños crispados, prendidas las capas
con fíbulas en forma de caballos orgullosos; portando lanzas y pesados escudos,
profiriendo gritos de ánimo a la batalla. Y desde el estío pasado, todo es más
triste. Casi no llegan noticias de afuera, no hay modo de salir, ni de entrar,
no hay comida, apenas agua. Fallecen niños, mujeres, hombres. Es lo habitual,
cierto. Nuestra niña está preparada para eso. Pero es que ahora mueren, y la
culpa es de ese general cruel y despiadado. Hasta su hermanito pequeño murió, y
no fue que se cayera, o que enfermara de fiebres, no. Murió por los romanos, dijo su madre, mientras su padre levantaba
la cabeza, fieramente altivo, y así
moriremos todos, no seremos esclavos. La niña no quiere saber de dónde es
que sale la carne cocida que alimenta a niños y hombres desde hace unos días, y
que su madre y las mujeres se niegan a probar. No quiere saber porque solo
pensarlo le duele, y se pregunta, por primera vez y con miedo, por qué los
hombres no se rinden a los romanos. ¿Sería tan malo? Quizás tienen cosas buenas
para comer, y agua fresca, y quizás, solo quizás, vuelvan a crecer las flores
encarnadas en las laderas de Numancia.
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Quizás les vio venir, feroces, y aullando... |
La niña
salta de piedra en piedra, se permite jugar a un juego que solo ella comprende
mientras vuelve a casa. No se ve a casi nadie en las calles, están todos apaciguados
en sus chozas de adobe y paja; nadie grita, ni canta, ni habla. Los murmullos,
apagados como los hogares fríos, casi no se oyen. La niña tiene sed, pero sabe
que se terminó la bebida amarilla que reconforta y adormece. Casi todo lo bueno
terminó desde que los romanos se instalaron en las colinas, casi todo lo bueno.
Le queda su imaginación, sus ojos aguamarina, su pelo fino y negro, sus piernas de gacela y
una voluntad de vivir de la que casi no es consciente. Yo no me mataré si entran los romanos. Ni dejaré que me maten. Y haciéndose esta promesa, llega a la
cabaña que es su casa, y entrevé desde la puerta a su madre afanándose en
barrer el suelo, y a su padre y sus hermanos afilando las lanzas. Y entra, sin
saber, sin poder saberlo, que todo lo conocido: su casa, las pieles de
animales, los cacharros de barro, los escudos,
su madre, sus hermanos, ella… será ceniza antes de llegar la noche.
Mucho tiempo
después una mujer visitó las ruinas de Numancia. Cerró los ojos e imaginó las laderas tapizadas de hermosas flores rojas.
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Imaginar... |
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Numancia, 2013. Las fotos son mías.
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