El viajero

En el autocar, el viajero se siente más viejo y no deja de ser lógico... un viejo viajero, piensa, instalándosele en el rostro una sonrisa resignada. Casi puede oler el aroma de la juventud: testosterona, feromonas, transpiración  y deseo. El autocar va lleno de jóvenes que regresan a la ciudad universitaria: chicos, muchachas, jóvenes, mozalbetes, amigos y amigas que se encuentran con algazara y pesar, pues ya se terminaron los días de fiesta, familia y amigos de patria chica; y empiezan otros. Otros de camaradería estudiantil; cervezas a la hora de la cena; días y noches de café, cocacola y biblioteca; tardes de cafetería; más noches de jueves, viernes y sábados de pub; lunes de aula desangelada y anécdotas estúpidas; momentos vibrantes y profesores brillantes y zoquetes; dependiendo del gusto, del mes, de la nota y la materia. 
El viajero se siente viejo, porque allí, en el autobús, es el mayor, aunque no sea un anciano. Ni siquiera la pareja que come rosquillas es más vieja que él; apenas estrena la cuarentena. La mujer, una morenita con gafas y un poco rellena para su gusto, conserva el gesto infantil, la carcajada pronta y el asombro intacto, tomando fotos de los cielos, las montañas y los arcoiris que las tormentas y el sol cocinan, a fuego lento, esa tarde de primavera ventosa y fría.


Paradójico, como el viaje, el viajero, el paisaje, el pasaje... 

Se siente cansado, entre tanta sonrisa y tanto iPod, entre tanto whatsapp y tanto video descargado merced a la wifi del bus. 
Pero, paradojas de la vida, también se siente reconfortado por algunas escenas, imágenes y algunos sonidos. No por todos, eso sería demasiado; hay un chulillo sentado en primera fila que le parece un patán; una chica que le cae antipática sin saber muy bien por qué (quizás esas uñas pintadas de morado, esos pantalones rosas y esa sonrisa vacua). Pero sí hay algunas imágenes, algunos sonidos.
En los asientos paralelos de la izquierda, van dos chiquillos que son novios. Ella lleva pantalones cortos sobre unas medias negras, camiseta blanca y zapatillas de loneta, de esas que parecen de a dos euros y cuestan cuarenta. El pelo (una melena lacia, negra) lo lleva recogido en un moño deshilachado, de esos que dejan que los mechones se deslicen, acariciando un cuello largo, blanco, que desciende hacia un torso delgado y que se pierde en una cintura brevísima, de chica veinteañera. Él lleva tejanos (claro) y camiseta azul con logotipo exclusivo (claro) y zapatillas (claro está) y es guapetón, con esa belleza que un chico tiene a los veinte: moreno, de ojos claros. Se acarician, se hacen arrumacos, ella cruza sus piernas por encima del cuerpo de él, en un ejercicio de contorsionista que sólo pueden hacer los gimnastas y los jóvenes de veinte. 
El autobús traga kilómetros y kilómetros por un paisaje de viejas montañas salpicadas de manchas amarillas por cortesía de la ginesta. 



La humedad, la nieve de las cumbres, el granizo, retazos azules entre nubes negras y puentes coloreados que cruzan los valles... hacen que la mujer de gafas saque de nuevo la cámara y dispare, sin ton ni son. Es lo que tienen esas cámaras instantáneas que cualquiera se cree fotógrafo. En fin.

Tras el viajero van sentados otros jóvenes. Por la conversación (deslavazada y llena de silencios y preguntas de doble intención), el viajero va componiendo la historia. Él es de la pequeña ciudad de la que han partido, ella ha ido a verle el fin de semana (bueno, ha ido a hacer turismo y a salir de fiesta, dice. A verle, vamos). A él, ella le gusta. A ella, él también. Pero está indecisa, se hace de rogar. Él quiere que ella pase con él ( y con los de siempre, ya sabes) la tarde del Lunes de aguas; pero ella no lo tiene claro o quiere ver cuánto le dura el interés (no sé. Es que a mí el hornazo, como que no... además quedé con ellos... no es que quedase en firme, pero les dije que si salía iba con ellos... te llamo por la mañana... me paso por la Facultad...). Él, se ríe como si no le importase y le canturrea, bueno, lo que quieras, whatever you want whenever you need... ¿es que ella no sabe que eso es una declaración de amor en toda regla? Escuálida y conmovedora, como apunta Padura en boca de El Conde... Pero ella no parece entenderlo o no quiere saberlo, desconfiada, coqueta y reidora. A él le suena el móvil, ya se sabe que la campana salva, como en aquella serie americana y empalagosa.




La llamada le hace saber, a nuestro viajero, que es músico, que toca en un pub, que conversa con desparpajo con una chica que es amiga, colega, a la que propone tocar con él y con el resto de la banda en ese pub, a la que invita (buena jugada, amigo) a unirse a él y a los demás la tarde del día siguiente para pasar el rato a orillas del Tormes, y a la que cuenta cómo le ha ido en las vacaciones, bien, me ha ido bien, he hecho lo de siempre, los amigos, la casa, las calles, este fin de semana ha venido una amiga a hacer turismo y a salir de fiesta (mejor jugada, amigo) y bien, ahora a volver, a estudiar, mañana inauguro mi primera jornada, sí, en la biblioteca. Nos vemos, pues. Y luego, para no dejar enfriar la estrategia, anda, voy a llamar a Marta, que igual mañana está sola y llama a otra chica, y la invita, y la otra le dice que sí. La joven que le acompaña, la que ha ido a verle el fin de semana, calla, y luego, cuando él termina de hablar, ríe y parece que no pasa nada, hasta que le dice, mañana, si eso, te llamo y te digo, si os veo o qué... ¿te parece? Y pareciera que todo va a ir bien, que ella va a ir con él y con los amigos y se ponen a escuchar un podcast de risa, y se ríen. Y así, llegan a la estación. Uf, dice él, ahora viene lo peor. Querrás decir lo mejor, apostilla ella. No, lo peor, porque toca deshacer la maleta, sacar la ropa, ordenarlo todo... Ah, no, yo no lo hago hoy, me tiraré días con la maleta abierta en la habitación, soy incapaz de hacerlo el día de llegar... Ya, pero es que mañana hay que levantarse a estudiar, ya, yo no. Yo igual pasado mañana...
Entonces el viajero cae en la cuenta de que a el joven le gusta empezar cuanto antes. Las cosas, la ropa, estudiar, el amor. Y a ella le gusta entretenerse, aguardar, merodear por los alrededores de una relación, ojear la situación... antes de decidirse.
¿Quieres venir conmigo en el taxi?, le propone el chico a la chica. No, no. Voy apenas cargada y voy cerca, quiero airearme, le contesta ella. Y el viajero no puede por menos de mirar atrás para verles, al fin. Él, un chico alto, de pelo color miel, sonrisa franca y un poco triste; ella, rubia, pálida, con una belleza un tanto lánguida. Y los ve irse, y no puede evitar pensar. A él no le iría nada mal que se le cruzase en el  camino una morena de risa estridente. Pero qué frío hace, ya se van todos, hasta los cuarentones, con un paraguas azul, bien abrigados. Mejor será que busque un taxi. Vaya viaje. Y no sabe si ha sido bueno, malo o escuálido y conmovedor, que diría El Conde por la gracia de Padura. Como las novelas negras del cubano

Comentarios

Jésvel ha dicho que…
Me parecía como si me estuvieseis espiando cuando yo volvía de Mérida en autobús, hace ya unos cuantos años... de pasar la Semana Santa con mi novia... bueno... ahora ya no voy de vacaciones, así que tampoco voy a acabar encontrándome a la morena de risa estridente... (confieso que conocí una, hoy una buena amiga, pero yo decidí quedarme con la rubia extremeña que acabó dejándome... )
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Bueno, Jésvel... de eso se trata, de mirar por una mirilla la realidad y transformarla o contarla desde tu mirada... ;-) Y lo cierto es que los seres humanos, no hemos cambiado tanto, ¿verdad? Son las mismas historias, los mismos sentimientos...

Saludos y feliz día