Unas cosas y otras, IX

Marta y Juan. Juan y Marta. Poco a poco, se va desenredando un ovillo que no parece tener fin. En la cafetería, continúan las confidencias: el miedo de Juan. Las mentiras de Marta. Sigue la conversación, que no es sincera. No del todo. Pues, ¿cómo ser sincero estando en juego todo?

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Una tarde fría, en la que las flores quedan lejos...
-Basta ya, Marta. Dame una tregua.
-¿Una tregua? ¿No habíamos quedado en que esto no es una guerra?
-¿Esto? 
-Esto. Lo que me cuentas. Tus miedos, tus dudas...
-Ya. Insisto. No quiero darle más vueltas, sino la cabeza me va a estallar. De verdad.
-Pero, ¿por qué te resistes? Si sabes ya lo que ocurrirá. No entiendo el empeño en empresas tontas. 
-Me parece que aquí hay más de un listo, señorita. 
-Sabes que he sido siempre más inteligente que tú... No me mires como si quisieses rodearme el cuello con un alambre, anda. 

En realidad, Juan no la mira así. La mira con atención. Como se mira a un objeto hermoso. Algo curioso, algo que destaca por un rasgo insólito y que un día descubres. Y te preguntas cómo. Cómo ha sido posible. 

-No quiero estrangularte. Pero llevas razón en algo, y sabes que soy razonable.
-¿En qué?
-Pues verás. Ahora no te entiendo. No os entiendo. Ni a ti, ni a Ana, ni a ninguna de las mujeres con las que he tenido la suerte o la desdicha de cruzarme en algún momento de mi vida, ¡ea!

Bromean los dos porque el asunto es serio. Y lo hacen mientras sus rostros se aproximan cada vez más, hasta que Marta da otro golpe de timón (ella que es de tierra adentro, que los barcos ni verlos, que hasta se marea en la piscina si se quita las lentillas) y vuelve a la carga, porque ya no sabe cómo dar marcha atrás.

-Dirás lo que quieras, pero, al final, vas a casarte con Ana. Os iréis de viaje a algunas islas lejanas, un sitio de esos que están de moda, con todo incluido, la pulserita dorada y demás. Te pondrás ciego de piñas coladas junto al mar, tirado en una tumbona a rayas. El hotelazo a tus espaldas y tu mayor ilusión, la hora de la cena. Ya sabes. Buffet libre.
 -Ja, ja, ja. Y ja. Y otra vez, ja, para más gloria de la señorita. Una tregua, un acuerdo, una rendición. Lo que quieras. Pero dejémoslo. 
-Está bien, está bien. Lo dejamos. Pero te has rendido. Y, como sabes que soy buena perdedora pero aún mejor vencedora, te invito a una copa. 

Están tan a gusto en esa cafetería, en esos taburetes acolchados que los hunden y los aproximan, que no se les pasa por la cabeza el marcharse a otro lugar. Marta llama al camarero y pide dos vasitos de orujo. 

-¡No dirás que me falta glamour! Anda, alegra esa cara. Vamos a brindar. 
-¿Por quién? ¿Por la felicidad de mi futuro matrimonio con Ana?
-Pues no. En esta ocasión, no. Ese brindis, me lo reservo. Ya habrá tiempo... Por nosotros, dos provincianos perdidos en una ciudad que les queda demasiado grande... 
-¡Lo dirás tú! Yo creo que nos sienta muy bien. 

Entrechocan los vasitos, que apuran de un sólo trago. Y Juan, que mira a Marta, entre curioso y, ahora sí, algo asustado.
-Marta...
-¿Sí?
-Siempre me he preguntado... ¿Tú has querido alguna vez? Querer, querer a alguien hasta el punto de no importarte nada más en la vida, en el mundo. Querer desde las tripas, no desde la razón, ni desde... perdóname si soy brusco, ni desde el deseo más primario. Querer. 
-Quisiste decir desde la entrepierna, ¿tal vez? 
-Sí... ¡Pero no quiero ofenderte otra vez!
-¿Por qué me lo preguntas? ¿Es que no me crees capaz de amar así? 
-¡Claro! Pero, ¿cómo te lo digo? Es que nunca, con ninguno de esos novios o apaños  con ninguno, me ha parecido verte enamorada. Encaprichada, esperanzada. Aburrida. Pero no como...
-¿Como Ana? 
-No quiero hacerte daño. Disculpa, yo, es que...
-No, no pasa nada. Estamos metidos en terrenos pantanosos. A ti te llega el barro hasta el pecho y a mí, hasta la barbilla. Los dos estamos en esta conversación. Pero aún no he contestado a tu pregunta, listillo.
-¿Y?
-Sí. Claro que sí. Claro que he querido. Desde las tripas, como dices tú (qué imagen tan certera, Juan, luego dices que la peliculera soy yo). Y he sentido cómo se retorcían. Sí. Pero, ya ves. Hay amores y amores. Algunos, como el tuyo, son realidad y encuentran sus peligros. La rutina, el miedo, la duda. Otros, como el que he sentido yo, no es real. Porque no puede ser. Y, a fuerza de sufrir, una se va desenamorando.

Y ser árbol. O enredadera.





Juan y Marta. No recordaba que sus ojos fuesen así. Cuánto te quiero, tonto. Qué pasará si la beso. Qué pasará si me besa.

-Entonces, ¿ya no? ¿Ya no le quieres?



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Fotos de la sierra salmantina, de María Antonia Moreno

Entradas anteriores: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII.

Comentarios

Mar Horno ha dicho que…
O terminas esta historia o a mí me da algo, ¿y me dejas así? a las puertas del cielo o del infierno. No tienes compasión, y encima en este día de los enamorados. Menuda faena. Seré buena, y esperaré otra entrega, pero que sea buena ehh.
Un besazo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Ayyy. Si te das cuenta, lo publiqué ayer, para no desasosegar... jejej.
Otra entrega más y se termina. Lo prometo. Lo que no sé es si será buena. Eso lo tendrás que decidir tú...

Un besote :-)