Estrellas

 Para C.

No era un buen día. Se había olvidado de poner el despertador y no le dio tiempo a desayunar; mucho menos a lavarse el pelo; casi ni a darse cuenta de que se ponía los mismos pantalones del día anterior. Y eso, en principio, no era un problema. No lo hubiera sido si no se los hubiese manchado (el día anterior, of course) en la cafetería, cuando en vez de pedir el pincho de tortilla de toda la vida, se arriesgó con la rellena de bechamel. Y aunque la recepcionista, Raquel, se lo advirtió (eso es que la tortilla no es de hoy, que es de ayer y disfrazan el sabor), se arriesgó y la bechamel goteó y fue a parar a su muslo derecho. A su muslo derecho no, esto es, a la tela que tapaba su muslo, a la sazón el pantalón verde musgo que quedó marcado con una gota entre alargada y redonda, brillante y vergonzosa. 
Pues sí. No era un buen día. Nada más llegar al trabajo se encontró con la nena rubia y pizpireta de la planta cuarta (que no hacía más que reír, como si le hubiese tocado la lotería o un viaje a París con Mickie Mouse; aunque lo único que le tocaba eran las manazas del jefazo de la cuarta). Y eso sí que no. Encima, aguantar tonterías de la rubia. Ni un maldito café le había dado tiempo a tomar, ni un vaso de agua. El pelo enredado en un moño desaliñado, el pantalón sucio, no se había puesto pendientes y acababa de descubrir que las botas marrones estaban llenas de barro. Qué desastre. De mujer y de apariencia. Y la cosa no acabó ahí. Había olvidado preparar un informe urgente para su jefe. Su jefe (el jefazo de la quinta , no de la cuarta), que se reunía en diez minutos con los alemanes y necesitaba el informe. Y ella, que la tarde anterior se había marchado a casa y se había puesto a ver la serie esa de los crímenes en la que sale el psicólogo guapetón, y simplemente, había pulsado el botón de su mente que rezaba: Enviar a la papelera. Un desastre. 
No tuvo más remedio que pedir ayuda a su compañera de despacho, la audaz, inteligente, trabajadora y ambiciosa Ruth. Una mujer pequeñita y delgada que correteaba de acá para allá todo el santo día. Aún así, le daba tiempo a preparar artículos e informes variopintos, escribir reviews para revistas extranjeras, preparar cursos y conferencias, actualizar dos blogs, mantener cuatro perfiles en Twitter y cuatro en Facebook, tener un novio motero y culturista y cultivar orquídeas en un invernadero que heredó de un tío lejano que hizo las Américas (lo de las orquídeas no lo podía entender). No tuvo más remedio que pedírselo y ella, Ruth,  mirándola tras la cortina de su pelo, susurró un suave, no te preocupes, Marcela. Ya se lo llevo yo a don Ricardo, en cinco minutos.
Pero, ¿cómo es posible? ¿Lo tienes hecho ya? (le preguntó nuestra heroína). 
Sí, hago informes diarios, semanales, mensuales, al trimestre, al semestre y el anual, por supuesto. Sólo por si acaso. Y con un golpe de melena pelirroja, zanjó la cuestión. 
No es un buen día, se dijo, por enésima vez Marcela. Y siempre puede empeorar, se recordó, mientras un escalofrío le atravesaba el cuerpo, rayo de tormenta, presagio de martes y trece.
Y sí, claro. Lo de Marcela puede ser sentido común o tropezones varios a lo largo de los años. Escepticismo, vamos. La certeza de que todo puede cambiar, de que todo puede suceder. El caso es que su móvil empezó a vibrar dentro del bolso y, esquivando la mirada de suficiencia de Ruth, salió del despacho para ver qué demonios ocurría ahora. Porque era un día más bien regular y tenía un presentimiento malo.
¿Sí, quién es? 
Soy yo, Marcela. 
¿Darío? ¿Qué ocurre? No me digas que se ha inundado la casa, que hay un escape de gas, que se nos ha escapado el gato. Que has atropellado a un vecino. Que la casera nos echa a la calle. Porque ya no soporto más incidentes esta mañana, Darío. 
No me lo pongas difícil, Marcela. 
¿Difícil? ¿Quieres que te diga, que te explique, que te haga un mapa con el concepto difícil, Darío? 
Si te pones así, cuelgo y ya te enterarás cuando vuelvas a casa. Total, tenía que habértelo dicho esta mañana pero te fuiste como gato escaldado.
¿Escaldado? No me toques el órgano reproductor, anda, majo. Que ya está bien. Dime. ¿Qué es lo que que ocurre ahora? 
Me voy, Marcela. Eso ocurre. Que ya no te aguanto más. Que eres una histérica y esta conversación es el corolario. Adiós, que te vaya bonito y que encuentres pronto a otro que pueda convivir contigo, guapa, pero ponte a buscar ya, porque te aseguro que no te va a ser nada fácil. Figúrate si sé lo que es el concepto difícil. 
No, definitivamente no es un buen día. Marcela está en los servicios de la planta quinta, ha entrado cuando ha empezado el diálogo de besugos con Darío, su último novio, relación, apaño o lo que demonios fuese. Porque Marcela, hoy, ya no está segura de nada. Era un imbécil, se dice, con los ojos bailoteándole en agua. Un imbécil integral, de logaritmo neperiano, y de raíz cuadrada, como el cabezón que se gasta. Y ya no aguanta más, es suficiente, va más que sobrada. 
Entra como un huracán en el despacho que comparte con Ruth, lee al vuelo la placa: Marcela Sierra y Ruth Tena, I+D y otra vez, otra, se da cuenta que Ruth se irá de ahí cualquier día, porque ascenderá o le ofrecerán un puesto mejor en otra empresa, o quizás en la Universidad; porque está convencida de que se está preparando para dar clases, la muy ladina. A la mierda, ya no aguanto más, y recoge su gabardina y el paraguas (pues el día, además de malo, estaba gris acero y lluvioso) y salió para no volver (a quién pretendo engañar. Vuelvo dentro de un rato, ya me inventaré algo).
Los pasos lentos de Marcela la llevan a unos jardines cercanos, tras los que se oculta un pabellón deportivo, desangelado y antiguo. Hay gente esperando en las puertas, y sólo son las diez de la mañana. Marcela se acerca a la puerta y lee: Ven y mira al cielo.  
No estaría mal, piensa. Las constelaciones, Sirio, la Estrella del Norte. Los gemelos, la Osa Mayor. Ir a ver la Aurora Boreal. No estaría mal. 
Entre tanto, el que parece el monitor del planetario, abre las puertas del pabellón y la gente va entrado. Ella, sin saber muy bien por qué, se ha puesto la última de la cola y avanza, lenta pero segura, hacia las puertas. Ya dentro, descubre el planetario, rodeado de gradas, bajo un techo de cristal en el que rebota la lluvia. No se ven las estrellas, hoy. Hoy no hay nada ahí arriba.
Entra en el planetario que se asemeja a un donut sucio (gigante, eso sí) y descubre que hay que tumbarse entre desconocidos, que tiene que hacerlo, porque es así cómo hay que estar en un planetario (no tiene ni idea. Es la primera vez que entra en uno). Comienza la proyección. Está la luna. El sol, que se mueve y ya no es hoy, es mañana. Multitud de estrellas caen sobre ella. También planetas, Júpiter, Marte. Se siente un poco sola. A Darío le hubiera gustado. Pero qué le va a gustar, si no venía conmigo a ningún sitio, el muy mamón. Llueve y el agua de afuera le moja la cara. Un momento. El cielo del planetario no es el cielo. La lluvia no es lluvia. Son lágrimas. Qué día tan nefasto, piensa por millónesima vez. Y de pronto.
De pronto, una mano que se enreda en su mano izquierda. Es cálida, firme, suave. Son dedos de hombre, constata. Una mano que acaricia su mano. No mira. No quiere mirar. Le basta sentir esa mano. Una mano que la iza, que la salva de la desolación. El resto del tiempo que pasa Marcela en el planetario lo hace junto a esa mano. Cuando todo acaba, la mano que no conoce, se despide con una última caricia. Ella, confusa y aliviada, se pone en pie y ahora sí, ahora curiosea entre los desconocidos. No puede saber quién era él. Un hombre moreno con canas en las sienes. Un joven con barba, miope. No importa. Sale a la calle y piensa en las estrellas, escondidas tras ese cielo que hoy es tan feo. Pero están ahí. Decide ir a casa, darse una ducha, cambiarse de ropa y volver al trabajo. Detrás de unas horas feas se esconden unas horas maravillosas. Y el tal Darío era un imbécil al cubo. Al cubo, no. Al infinito.


Comentarios

Isabel Barceló Chico ha dicho que…
Un texto magnífico, mª Antonia, has creado muy bien esa atmósfera exasperada que rodea a Marcela, la sensación de agobio y frustración, de cadena de fracasos sin arreglo. Y esa escena final del planetario recordando que detrás de todo lo malo sigue estando la vida y la posibilidad de ser feliz... Un abrazo, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias, Isabel. Me alegro "infinito" :-) Un fuerte abrazo y gracias por estar ahí, siempre tan atenta y tan cariñosa. A ver, a ver, qué ganas tengo de leer la siguiente entrega de Rea Silvia!!!