La luz y la piedra |
La luz teñía la piedra de amarillo y verde. Dos tenores apuraban los últimos minutos de actuación. Después, la soprano de turno entonaría un aria y el joven rubio afinaría la guitarra cuando el carrito de la compra y el atril desaparecieran en cualquier portal de Santiago. Quedaban los indignados en la Plaza del Obradoiro y, paradójicamente, eso no la hacía más doméstica, sino grande, inmortal. Todo pasará, los cantantes sin manager, la mujer con el rostro desolado, las tiendas de campaña y los plásticos. La Catedral continuará enseñoreándose en el tiempo, si es que todo va bien, claro.
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Dos tenores |
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Desde la terraza del Parador |
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También se compran... |
De pronto, una mujer que está más cerca de los sesenta que del medio siglo que ya vivió, baja las escaleras presurosa y se dirige a la terraza donde dos mujeres trajeadas siguen con sus tacitas de té con limón. Algún peluquero que no ha estado muy afortunado le ha hecho la permanente sobre un pelo teñido de rubio. Parece una Doris Day de La Mancha, algo harto difícil de imaginar y más de disfrutar con la mirada. La Doris Day manchega sortea un cartón, una pancarta que se ha desprendido del mástil, un falso tuno, un alemán que acaba de llegar al Campo de las Estrellas y un niño que sale corriendo detrás de una paloma que zurea. Las mujeres de la terraza mueven la cabeza con exasperación y suspiran, pesarosas. Así no hay manera, musita la más joven, de pelo lacio y ojos enrojecidos ocultos tras los cristales negros. Tranquila, dice la otra, mientras se aparta un mechón azul del rostro. Vamos a hacer lo que hay que hacer.
Un minuto después, la Doris Day del campo de los molinos se aposenta junto a ellas sin mediar palabra, con una sonrisa apurada y un tic nervioso que hace que la ceja derecha se dispare hacia arriba como un acento circunflejo. ¿Todo bien? pregunta una de las dos mujeres que parecen abogados del Estado, o mafiosos de Nápoles vestidos de mujer. Sí, bueno, el caso es que hemos tenido algún que otro problema porque… No nos cuentes detalles, corta la mujer más joven del trío, la más severa e inflexible, como suele suceder. Queremos resultados, no pormenores. Ahórranos las peripecias, haz el favor, remata.
Tranquilizaos las dos, zanja la otra, con un ademán de sus manos delgadas. ¿Lo tenéis o no?
Doris Day sesentona se queda mirando a la más joven, entre contrariada y furiosa. Hay que ver, masculla. Hay que ver, qué aires nos damos ahora que estamos a la diestra. ¿Qué dices?, salta ella. ¿Qué es lo que estás diciendo?
Parad las dos, ahora. Dámelo y márchate. Ya hablaremos.
Algo cambia de bolso. De uno grande, granate, a un maletín grisáceo, que reza: VIII Congreso de Estomatólogos, Santiago de Compostela, junio de 2011. La Doris se levanta y se va sin despedirse. Las otras dos se quedan un rato más, apenas cinco minutos. Nadie las mira, todos están ocupados en cambiarse los zapatos por zapatillas, en volver a casa, en pensar en que esta noche hay que saltar el fuego tres veces, para espantar las meigas. Porque haberlas, haylas.
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El mar, siempre el mar |
Fotos de Santiago de Compostela y A Coruña, de María Antonia Moreno
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