Remedios, 10 y fin

 Gracias. Gracias. Gracias. No acierta Remedios a imaginar otra palabra más hermosa que ésa. Gracias. Gracias, Huanepan. Gracias.
Duerme poco Remedios, pues últimamente parece ser esa su costumbre. No sabe por qué le parece todo tan extraordinario, pero le parece y basta. La noche se le va espiando por la mirilla el pasillo, por si Huanepan sale o entra en otras habitaciones, quizás calienta camas a deshoras, también. Si el cliente, se lo pide… La mañana del 21 de diciembre llega y Remedios se da un largo baño, se extiende crema hidratante, reparadora, reafirmante, con avena y miel y extracto de caléndula. No me va a hacer nada, a estas alturas (ay, siempre tan realista, hasta en la ensoñación, esta mujer) pero huelo bien. Huele muy pero que muy bien, mientras elige con cuidado un vestido camisero gris, medias a juego y zapatos con un poco de tacón (el único par que tiene al que no se le puede acusar de plano). Decide ir a la peluquería después del desayuno (al salón de estética, Remedios, por dios, cómo se te nota que te tiñes en casa), y baja por las escaleras porque, de pronto y sin que venga a cuento, recuerda haber leído no sabe dónde que bajar y subir escaleras afina las piernas y, últimamente, se las nota un poco hinchadas, como si retuviese líquidos o no subiese y bajase escaleras habitualmente. Esta mañana, en la recepción, vuelve a estar Irene que la saluda y la mira entre asombrada y divertida (es que, Remedios, esta mañana estás más guapa, irradian tus ojos marrones una luz especial) y ella, Remedios, mueve la cabeza entre divertida y asombrada que se le note tanto, que se le note que está tan contenta y tan decidida y, a pesar de que Lola si se enterase le diría que ni siquiera es una locura, sino una tontería, Reme, una tontería de las gordas, no pareces tú, está tan decidida a conocer a Huanepan que ya casi le parece que ha quedado con él para dar una vuelta por la Plaza y tomar un aperitivo en cualquier taberna de la Cava baja.
A pesar de que Lola la deja desayunar tranquila, no deja de importunarla cuando está en la peluquería (en el salón de estética, Remedios, por dios) y no tiene más remedio que colgarle el teléfono cuando la conversación trasciende la rutinaria cháchara entre dos hermanas que se conocen bien. ¿Qué ocurre, Reme? ¿No habrás conocido a alguien, Reme? Luisito está muy preocupado. No deja de decirme que hay hombres sin escrúpulos dispuestos a arrimarse a cualquier mujer mayor que tenga un chavo, Reme. Y, ¿sabes qué? Que tiene su parte de razón, Reme. Y más tú, alojándote en ese hotel de postín, días antes de la Navidad, con lo bien que estaríamos todos juntos aquí, en tu casa, qué se te habrá perdido ahí, Reme.
Después de cortar la llamada, Remedios apaga el móvil. Se corta las puntas, se da un baño de color y la peluquera (perdón, la estilista) la peina de un modo muy favorecedor. Se maquilla un poco, Remedios: los labios con un toque rojo y los ojos en tonos marrones. Y se va a dar un paseo y a pensar.
Y entre paseos y pensamientos, se pasa el 21 de diciembre. Come en un pequeño restaurante italiano una ensalada griega (tomates, aceitunas y queso, de toda la vida) y se mete en un cine a ver la última película de Bardem, Biutiful, pero no sabe qué le ocurre, que no entiende nada. Y se va en la primera media hora.
A las seis de la tarde se atrinchera en su habitación, perfectamente vestida, maquillada y perfumada. Ha sustituido su vestido camisero por otro parecido, pero en tonos granates y que ha estrenado para la ocasión. Se sienta en el sillón junto a la cama y aguarda. Para entretener la espera, ha comprado un libro en la Cuesta de Moyano; es una vieja novela de Arturo Pérez-Reverte, La carta esférica. A medida que va pasando las páginas, el parecido con El tesoro de Rackham el Rojo es mayor y, a ella, le encanta este divertimento literario. De pronto, piensa qué haría un escritor con esta historia. Con la historia de una mujer mayor (que diría mi hermana Lola) que espera en su habitación de hotel de lujo a que un hombre (asiático, seguramente, por la inclinación de sus ojos) llegue a calentar su cama, envuelto en vendas afelpadas como la momia de la película, sí, esa película en la que una bibliotecaria joven y atrevida es la protagonista. Tal vez no diera la talla para una historia, ni siquiera para un cuento.
Compró esta tarde, también, naranjas y ahora, que llega al episodio en que el marino hace al amor a la mujer mala mientras ella come una, se ruboriza pero no se arredra. Sólo le voy a dar la mano. A presentarme, a que se presente. A decirle lo bien que hace su trabajo y lo importante que es. Nada más.
Son las once y la puerta se abre. Hace tiempo que ha oscurecido y Remedios, que ha terminado la novela, aguarda en silencio. Los segundos que tarda en llegar se le hacen eternos, pero al fin, ahí está. El ser afelpado que tiene los ojos más hermosos del mundo.
Se levanta de la butaca Remedios y extiende su mano (qué formal, si te vieras como te veo yo ahora) y le dice, muy suavemente (no quieres que se asuste), encantada, Huaneupan. Soy Remedios. Y quería decirle, lo importante que es para mí su trabajo. Me hace sentir menos sola. No sé si me entiende. Y… no quiero parecer una descarada (y aquí te sonrojas levemente y pareces una chiquilla, ay que ver, Remedios), pero me gustaría que hablásemos en otro momento, cuando a usted le viniese bien, quiero decir, cuando no esté trabajando, bueno, perdone, es que estoy un poco nerviosa (y aquí sueltas una risita que te avergüenza, no lo puedes evitar) perdone, sólo si a usted le parece bien, si le apetece o tiene tiempo, vamos, si quiere, yo…
Huaneupan resulta ser un hombre avisado y resultón. Se desenvuelve la cabeza con mano diestra y deja libre el pelo (negro), la boca (fina) y el rostro entero. Encantado, doña Remedios.
No, por favor, Remedios, si es tan amable (te ha gustado, ¿verdad?)
Mañana por la mañana no trabajo, si le viene bien. Remedios asiente (le viene). ¿A las doce en la cafería de enfrente?
Niega ahora Remedios. Si no le importa, quedamos en la puerta y vamos a dar un paseo al Retiro. (Lo has dicho sin pensar, Remedios, pero te gusta decirlo).
De acuerdo, en eso quedamos, entonces. Y te mira, Remedios. Y luego, dice: ¿sería tan amable de marcharse un momento para que haga mi trabajo?
Remedios baja a la cafetería del hotel y pide una copita de ron. Le ha gustado ese pundonor y ese cumplir con su misión. Ay. No está mal, nada mal este hombre.
A las once y treinta y cinco, vuelve a subir Remedios a su habitación, se mete en la cama que Huanepan ha dejado calentita para ella y duerme de un tirón.
La mañana del 22 de diciembre es el sorteo de la lotería nacional. Ella no pone la televisión, ni sale de su habitación. Pide que le suban el desayuno, se arregla con esmero en tonos azules y a las once y cincuenta y cinco está en la puerta de la cafetería, donde ya la espera Huanepan, vestido con un abrigo tres cuartos azul marino y una sonrisa que (te parece a ti, Remedios) resplandece.
Van los dos hablando y paseando, pausados y tranquilos. Ahora les veo llegar al estanque de las barcas del Retiro. Se sientan al sol, en un banco. Él toma una mano entre las suyas. Ella alcanza a ver a una mujer pequeñita agarrada del brazo de un hombretón con mostacho. Le suenan, pero no sabe de qué. Inmediatamente después, centra toda su atención en Huanepan, que le está contando cómo fue que llegó a Madrid cuando tenía veinte años y empezó a trabajar en el bazar de su tío en Callao…

Comentarios

alicia ha dicho que…
Me uno tardísimo, Maria Antonia. Solo quería darte un abrazo y quitarme la nieve de las ropas ahora que me acerco a la chimenea cálida que siempre es tu cuaderno.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Bienvenida siempre, alicia. Un beso
Xibeliuss ha dicho que…
Con toda sinceridad: me ha encantado esta historia pequeña, cotidiana... cálida como una bata hogareña. No he podido evitar alegrarme por Remedios.
Felicidades y un abrazo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias, Xibeliuss. Abrazos :-)