Remedios, 6

Apenas son las once y diez, Remedios y entras en la habitación gracias a la tarjetita rígida y dorada que te proporcionó el chico guapetón e imberbe de la recepción. El que te ofreció una amplia gama de almohadas cuando tú sólo querías un poco de calor. 
Casi no hay claridad en la habitación, porque apagaste las luces, temerosa, sin caer en la cuenta como siempre, de que todo es automático y no hay necesidad de accionar interruptores ni botones. Ay, Remedios. Es lo que tiene ser como tú eres, te dices, divertida. Sin embargo, las luces prenavideñas que cuelgan de las farolas en el paseo son del color del amor (que diría un poeta romántico o una novelista del XIX) pero que tú catalogas como de club de carretera. Casi te parece oler el perfume de las chicas y el tintineo de los hielos en los vasos de güisqui. Siempre te gustaron las películas españolas, Remedios, no lo puedes evitar. Suspiras, en medio del pasillo que da acceso al dormitorio en sí, pues te alojas en una especie de suite no muy grande, ni muy llamativa, pero que tiene pasillo, vestidor con espejos, cuarto de baño separado del water close, pequeño despacho, microondas y terraza. Liberas tus pies de los zapatos de tacón bajo (hoy te pusiste los nuevos, de ahí la hinchazón, quién te mandaría, Remedios), mientras das una vuelta sobre ti misma y contemplas tu perfil en sombra que se adivina en el espejo. 
Hasta ahora no habías notado nada raro en el cuarto y mira que es extraño, pues son apenas las once y diez, quizás las once y once, sí, quizás ya haya pasado todo un minuto. No habías oído nada, ni un olor sospechoso, si acaso el aroma a club rosa y chillón que te trajo a la memoria el resplandor de las guirnaldas que se enroscan en las farolas como boas de cabareteras. Pero ahora, sí, ahora escuchas un leve rumor, no, un leve susurro, como si alguien frotase una tela o como si una cometa rompiese el cielo en abril. Sí, está ahí, ahora lo escuchas con nitidez, y ya no es una cometa, ahora es el fru fru de las enaguas de la novelista romántica del XIX que te sugirió lo del amor y el color. Sí, algo susurra más allá, algo que roza, algo que no aciertas a saber qué puede ser pues no parece realista imaginarse el cancan de una bailarina rusa girar y girar en esta habitación de hotel, que sí, que tiene muchas estrellas, casi tantas como las que se ven hoy en el cielo pero que no te cuadra como escenario de un cabaré, ni de este ni de otro siglo. 
Avanzas, Remedios, cauta y sigilosa por el pasillo que te conduce al espacio donde reposa la cama y en ella, un lecho enorme, exagerado y voluptuoso de dos metros cuadrados, ves algo que se remueve y se agita, brazos y piernas en aspa,  y se te viene a las mientes el anuncio de Loterías del Estado, y es que no hay dos sin tres, piensas, de una manera un tanto absurda.

Enciendes la luz porque no puedes soportar la intriga, aunque inexplicablemente, no tienes miedo. Enciendes la luz para descubrir qué o quién se agita y se mueve en tu cama de esa manera, leve, constante, sin interrupción. Enciendes y la cama se abre y aparece algo, alguien (un ser humano, coliges) vestido como una momia afelpada, alguien que tiene ojos, negros, inclinados, chispeantes. Que tiene todo lo demás pero que no se le ve nada más. Y te mira. Y lo miras. Os miráis. Él, ella, ese algo o alguien se inclina en una reverencia, se pone a tu altura, te sobrepasa, abre la puerta de la habitación y se marcha.


Comentarios

Xibeliuss ha dicho que…
¡Uy, Remedios! Calor humano, lo llaman :)
Esto se pone muy interesante, MªAntonia.
Un abrazo.
Isabel Romana ha dicho que…
¡Vaya sorpresa! A ver si Remedios se anima a invitar a reentrar a ese fantasma. Besitos.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sí, efectivamente Xibeliuss e Isabel. Calor humano. Ya veréis, el director del hotel lo llama exactamente así.

Un abrazo