Remedios, 5


Mañana o pasado volveré a casa. Madrid está frío, parece no quererme este año. Casi helado, como mis pies, que buscan frenéticamente otros, sin esperanza. Qué castigo tenemos las mujeres con los pies. Qué castigo tienen los hombres, mujer, se reprende entre risas. O los hombres de las otras mujeres. El que te tocó a ti en suerte, no sabes, porque o bien lo dejaste escapar por miedo a interpretar un melodrama absurdo con tintes de copla o bien no ha llegado a aparecer nunca. Quizás es que no lo reconociste, Remedios. Qué cosas.
Será por eso que pediste en el hotel que la cama estuviese bien caliente, a eso de las once y media, una manía que tengo, solicitaste, confusa y esperanzada en el mostrador de recepción. No hay problema, señora. También tenemos carta de almohadas: plumón, ergonómica, dura, blanda, alta, baja, blanca, rosa, color carne, a su gusto. No, no. Cualquiera me sirve, gracias. Pero no se olvide de que quiero que la cama no esté fría, por favor.
Será por eso que te gusta este hotel tanto, Remedios. Es como si a la hora de meterte entre las sábanas blancas de algodón egipcio (se lo ha dicho una de las camareras. Ella compra las suyas en Carrefour), aún conservasen el calor de alguien que se acaba de levantar, pero que volverá otra vez, pronto y sin falta. Es extraño, porque las sábanas huelen a espliego embotellado, no a los aromas de un cuerpo varonil  o mujeril. La tibieza que desprenden no es la misma que en tu casa, en Valencia; aunque tienes cuidado de calentar la cama con una bolsa de agua bien caliente, sólo consigues un oasis en medio de la frialdad. En esta, por el contrario, las sábanas están templadas como si (piensas, casi avergonzada, atravesando la recepción y saludando con una sacudida de cabeza al recepcionista de turno) dos (y no uno) hubiesen estado haciendo cabriolas, sin dejar espacio ni resquicio por explorar.
De cualquier modo, son las 9 y aún queda mucha noche por delante. No tienes el ánimo para meterte en la habitación y escuchar el murmullo ahogado de conversaciones y risas de los turistas que están de vacaciones en Madrid. Así que lo mejor será irme a la cafetería y tomarme una manzanilla bien caliente, porque al final me van a repetir el chocolate y los churros, ya verás tú. Y mañana miro horarios de trenes que ya va siendo hora.
Te has tomado una menta poleo porque de pronto has cambiado de opinión, algo raro en ti que sueles decidir rápidamente y sin vuelta atrás. Te la has tomado a sorbitos y despacio, y te has tomado el tiempo a cucharaditas, mientras observabas a las gentes arracimadas en la barra del bar en la zona de fumadores. Que aprovechen ahora, que dentro de unos días ni agua, has escuchado mascullar a un camarero fumador o anarquista. Te has tomado tu tiempo para recordar cómo eras cuando tenías 20 ó 30 ó 40. Pero no caes en la cuenta de que no lo sabes, sólo lo imaginas. Hubo una vez que estuviste a punto de casarte: vestido blanco, piso a plazos, domingos de tortilla, hijos, bautizos, comuniones, quién sabe si separación o divorcio. Nunca lo sabrás, Remedios. Como no quisiste que tu historia de amor languideciera con la temida rutina, dejaste que todo acabase en nada. Y siempre es mejor algo que nada, Remedios. Un buen día, se casó con otra y tuvo dos o tres críos, no recuerdas bien, porque gracias a la virgen o a la madre que lo parió, se fue a de la ciudad y no volviste a verlo.
Querías trabajar y ser independiente y nunca te viste empujando un cochecito, ni en la cola de la carnicería comprándole un filete bien jugoso al marido. Ahora, tampoco sabes si te arrepientes o te has inventado que no, porque tú estás hecha de otra pasta. De cualquier modo, lo hecho, hecho está, Remedios.
Dejas la taza, el platillo y la cuchara pulcramente colocados, el sobrecito del azúcar vacío en una de esas papeleras de porcelana blancas que jalonan las barras de algunos establecimientos como hitos de civilización (que casi nadie usa). Y subes en el ascensor a la quinta planta donde está tu habitación, sin caer en la cuenta, Remedios, sin caer en la cuenta de que todavía no son las once y media. Apenas las once y diez.


Comentarios

Xibeliuss ha dicho que…
Sí, Remedios: lo hecho, hecho está. Y si hubieras elegido el otro camino, quizás ahora también te preguntases como sería.
Abrazos, Mª Antonia
Cecilia Ortiz ha dicho que…
Gracias Marian.
Me acompañas en esta tarde de verano.
Abrazo grande

Ce
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Efectivamente, Xibeliuss. Vamos a ver si hace algo, en presente.

Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Cecilia... gracias a ti por la compañía en la distancia.

Un abrazo