
Hay una extrañeza incómoda cuando se visita por primera vez una ciudad. No sabes a ciencia cierta si lo que ves te gusta, si ese color tímido te llega al corazón y si el aire transparente es lo suficientemente cálido, o fresco, o huele demasiado a sal y a naufragios. El mismo desconcierto te asalta al inicio de la lectura de una novela. Es como caminar por el paseo marítimo de un lugar del norte, donde las gaviotas chillan y el mar anega la playa dejándote huérfana de paseo. Algo parecido acontece cuando vuelves a tu ciudad tras un tiempo y caminas, desorientado y confuso, entre los mismos ála

mos que has visto vestirse y desnudarse tantas veces pero nunca con esta luz. Y es exactamente igual que volver al cuerpo del ser que amas si hace tiempo que no lo visitas, que no lo miras, que no caes en la cuenta de los cambios (imperceptibles al principio).
Y luego, en un instante impreciso, te enamoras de la espuma que salpica el pasamanos, del detective de novela, de los álamos en llamas... y de él o de ella.
Gijón y Salamanca. Fotos de Mª. Antonia Moreno
Comentarios
Abrazos
Sí, también puede ser que seamos nosotros, Isabel.
Abrazos, amigos