Moras

El río, ancho y lento, cultiva nenúfares; pistas de aterrizaje para las libélulas, platos llanos que ofrecen bebida a los gorriones. Los álamos apuntan el curso del agua y unos pequeños pescadores lanzan sus cañas en pos de un pez gigante. Las moras empiezan a despuntar en los arbustos; calientes, olorosas, rezumando líquido cárdeno y viscoso. A su alrededor, matas de ortigas y cardos las custodian, dejando rutas rojizas en los brazos y las piernas desnudos. De vez en cuando y en el silencio espeso del día, un pájaro raro trina desde las ramas de cualquier álamo y una voz perentoria reclama chaqueta, cebo, caña, veleta, bocadillo.

Los tres avezados pescadores parecen hermanos y no sobrepasan los doce años. El mayor viste chaleco verde oliva con múltiples bolsillos y una bermuda a juego. El pelo lo lleva un poco largo, al estilo de los exploradores de las películas y las novelas, Quatermain, Cocodrilo Dundee. Los otros dos, niño y niña, corren de acá para allá satisfaciendo sus peticiones. Ni el mejor pescador puede coger hoy un pez, dice de pronto, seguro de su destreza. El sol calienta y el silencio es denso y radiante. Las moras se ofrecen, como las oportunidades, brillantes y tentadoras.

Coger moras. Es como si no tuvieras bastante con las que están a tu alcance, tienes que ponerte de puntillas, retirar una rama, clavarte un pincho, coger el fruto, y comprobar que es demasiado tarde. La mitad se quedó prendida en el arbusto. La otra mitad, se aplastó entre las puntas de los dedos. Apenas pudiste tocarla.

Otras veces consigues una buena cosecha de moras negras, dulces y enteras, en su justa sazón. Las recoges con veneración y complacencia. Son tuyas y harás mermelada, decorarás una tarta. Las dejas en la nevera, pasan los días. Las has olvidado. Un buen día, las tienes que tirar, ya no sirven para confitura, ni pastel. No hiciste nada. ¿De qué sirvieron las heridas, las preocupaciones, el triunfo?

Los niños vuelven al pueblo, sin un solo pez en la costera. No les importa, con el corazón ligero corren, ríen y vuelven a casa, a tiempo para la cena.

Una pata revolotea en un recodo del río. El sol se deja caer tras los árboles.






*Este video que encontré en YouTube le viene "como anillo al dedo"...

Comentarios

Xibeliuss ha dicho que…
Como siempre, lo que cuenta es el camino, no el final. La aventura de pelear con laz zarzas con la esperanza de la confitura que el pastel que vendrá después.
Abrazos
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Cierto, un abrazo Xibeliuss