¿Me llevas?, 6

La historia viene de aquí

He subido las escaleras de una manera insensata. Los peldaños de madera blanquecina huelen a lejía vieja y están tan desgastados que se confunden unos con otros; sólo en los bordes aparecen casi intactos, sin la cavidad sospechosamente peligrosa que lucen en el medio. La puerta del piso es grande y fabulosa, y la llave al introducirla en la cerradura provoca un ruido de mansión antigua o de cárcel de un país bananero. Mientras abro, con el corazón desbocado, el vecino entona una melodía, en su eterno ensayo sin disco a la vista. Vivo al lado de un cantante que lo fue todo y ahora casi nada; simpático y dulce me da los buenos días con los acordes de su guitarra y muchas noches le oigo llorar suavemente. Lástima de canción.

Estoy apoyado en la puerta, en el pasillo. El piso es un nicho de antes de la guerra, y desde aquí se ve el salón naranja y la ventana que da al balcón. Mientras llego, (en un suspiro y es literal) me desembarazo de la americana (qué calor) que dejo en el sofá marrón heredado de la anterior compañera de piso: una chica que estudiaba Bellas Artes y que se quedó unos meses por aquí. Ya se ha ido y, sin embargo, siguen aquí sus libros de fotografías y sus calendarios atrasados, colgada de la lámpara una boa roja que me hizo cosquillas más de una vez y los zapatos negros de tacón alto bajo la cama. También se olvidó el mapamundi de la pared derecha del pasillo en el que trazó incontables líneas azules que unen países, continentes y mares. La ruta soñada, me decía en un murmullo, antes de acostarnos. Y el DVD Otoño en Nueva York, que veía una y otra vez y otra. Ya se fue, y apenas recuerdo el color de sus ojos.


Entreabro la puerta del salón y las veo. Siguen ahí, en la terraza de la plazuela, pero ahora se miran la una a la otra y hablan como suelen hacerlo las mujeres que se conocen bien, gesticulando con las manos y moviendo con vehemencia sus cuerpos. Desde aquí son como dos manchas de pintura; una roja y otra verde, matizadas de castaños, rojos y negros azulados. Ya se fue aquella chica que vivió aquí, y aunque no recuerdo cómo eran sus ojos, se me quedaron algunas cosas como esto de los matices y los colores.

Se fue porque me asfixio, Ernesto (tenía razón, este piso es condenadamente pequeño) y ya sabes que lo nuestro ha sido divertido pero que no tenemos nada en común (sí, me acuerdo de cómo nos reíamos desayunando juntos en la estrecha cocina, de pie, sin poder sentarnos ni despegarnos el uno del otro) tú sabías que esto terminaría tarde o temprano (sí, pero no me dijiste que tan pronto) y tú no me quieres, ni yo a ti, así que por qué el drama (porque quizás, sólo quizás, pensé que llegaría a quererte).

Tengo ya una pila de años y esto es lo último que podía esperar. Que el pasado me visitara de pronto, y lo que es mejor, que yo quisiera, que yo anhelara su visita... y que la temiera con desesperación.

Dejo la puerta acristalada entreabierta y me siento en el sofá marrón. Desde aquí puedo verlas. Se levantan. Veo cómo la más joven pasa su brazo sobre los hombros de la mayor. Se alejan. Salen de mi vida. Y entra una imagen. Las troneras color arena en el fuerte, el mar azul y Eutimio que se ríe, mozo, llegamos y son las 3. Tendrás un hambre de lobo, ¿no? A tu edad me comía todo. Todo. Y ni un gramo aquí (se tocaba el vientre). Así que vamos a ver dónde dejo el vehículo y hala, a buscar un sitio decente para echar combustible a las máquinas.


Comentarios

alicia ha dicho que…
Llego un poco tarde pero a tiempo. He leído todo el relato y ahora estoy prendida de esa nostalgia que cae a plomo sobre las aceras desde algunos balcones. Hermoso relato, bellísima imagen la de la mancha verde y roja, la forma en la que hilas los recuerdos.
Un abrazo veraniego
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Alicia, qué bien que lo hayas leído entero. Aún quedan unas cuantas entregas... pero no muchas (espero).

Un abrazo