Mujer de armas tomar, 9

En los días siguientes don Andrés adelgazó tres kilos, la mirada se le entristeció y el tono de su voz bajó de manera ostensible. Los clientes del banco, sus vecinos del pueblo y todo aquel que le conocía murmuraban al verle pasar, triste y cariacontecido. No acertaban a imaginar qué era lo que había quitado la alegría natural al director del banco, qué había sucedido para que los hombros se le hundieran y la espalda se le encorvara, para que su vista no se despegase del suelo salvo rara vez.
El más preocupado era Juan, el cajero, que observaba cómo su jefe le rehuía en ocasiones, cómo otras veces lo miraba con los ojos chispeantes de cólera y cómo, cuando ya tocaba cerrar la oficina, lo observaba con una pena infinita pintada en el rostro.

Comentarios

Xibeliuss ha dicho que…
A veces, hasta soñar con un momento de libertad tiene su precio.
Y el caso es que lo está pagando el pobre Don Andrés, simple espectador.
Ni ese consuelo tiene.
Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sí.. la verdad es que da un poquito de pena

Un abrazo