Jane

Una mujer pequeña se afana sobre una mesa. Escribe con fruición, con aplicación de colegiala; de vez en cuando, levanta la cabeza de lo escrito, cierra los ojos y las aletas de su nariz se mueven; alas de pajarillo. Tras unos instantes, cabecea al ritmo de una música que sólo ella puede escuchar y abre los párpados, cortinas de agua cayendo sobre un profundo lago.

La salita hace juego con la mujer, es baja y menuda. Ella viste un traje decoroso; gris, con un lazo en el escote inexistente y un gran bolso para abrigarse las manos y esconder papeles o flores de algún enamorado que pueda existir en algún momento. El vestido es cómodo para estar en casa, para dibujar, para leer, para escribir, para recibir alguna visita de confianza, y dar un pequeño paseo por el jardín, mientras admira los setos y las peonías, sin rebasar el portillo. Más allá el pueblo, con sus chismes y sus casamientos; más allá, las altas montañas azules y, más allá, el mar que ella adora; aunque los parterres y las fuentes de las grandes casas la cautivan; y las estancias decoradas con buen gusto, donde se pueden dar bailes para bastantes parejas; y los salones con la luz adecuada, aptos para invitar a los amigos y parlotear, holgadamente, sin estrecheces; y las bibliotecas con suficientes y buenos libros y una buena mesa, ancha, pero no muy alta, con muchos cajones para guardar celosamente todo lo que ella escribe.

Jane no tiene una habitación propia, ni siquiera un espacio o un rincón. Escribe en la salita, al lado del sofá que la cuida cuando está enferma, y cuando un visitante inoportuno entra en ella, Jane se cuida muy mucho de que la visita en cuestión note que está haciendo algo raro; esto es, escribir. Esconde rápidamente las medias cuartillas bordadas con letra diminuta en el amplio bolsillo de los vestidos que suele ponerse; junto con el plumín y los demás útiles.

Pero esta mañana está tranquila. Nadie irá de visita a esas horas. Su hermana está pasando una temporada con unos familiares, su madre se encaminó hasta el pueblo para recoger el correo y la vieja Lisa está en la cocina aviando la comida y sabe todo, y calla más.

Está tranquila y avanza con rapidez. La heroína es una mujer veleidosa, algo frívola, con temperamento fuerte y una sensibilidad a flor de piel. A Jane le cae simpática, sin embargo. Tiene buen corazón y será una buena esposa, pero qué cabezota es. No se da cuenta de que tiene que ser más tenaz con las lecturas, más discreta, más constante. Pero es tan hermosa.

Pasan las horas y Jane cierra los ojos una y otra vez. A ratos, imagina los vestidos de muselina blancos revolotear como nubes de mayo y a ratos siente calor; las velas en el salón refulgen como el sol de junio. De pronto, un ruido y una puerta que se abre. Jane oculta precipitadamente en el bolsillo su secreto. Es su madre, que volvió. Preocupada, le pregunta, ¿qué ocurre, Jane? Estás sonrojada y los ojos te brillan de una manera extraña… ¿Te sientes mal?

Jane, aliviada, cabecea, la piel de su rostro brillante y rosa, melocotón de primavera. No, no es nada…

Afuera, el olor de las madreselvas seduce a las mariposas.



Comentarios

alicia ha dicho que…
Jane... ¿Austen?
Me ha recordado a la Wolf, escribiendo absorta con su plumín cuartillas y cuartillas. Su familia pensaba que estaba loca. ¿Será cierto eso de que las mujeres que leen -y escriben- eran consideradas peligrosas?
El relato, delicioso. Creas ambientes casi táctiles.
Besos
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sí, el guiño a la Wolf está... Eso parece, alicia. Creo que aún, en algunas partes del mundo, ocurre.

Gracias, alicia. Un beso
Xibeliuss ha dicho que…
Coincido con Alicia: un ambiente tan delicado que tienes la sensación -cierta- del peligro de romperlo con el aliento.
Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Alicia, Xibeliuss... creo que Jane era así, frágil, leve, con la enfermedad rondándola siempre... y aún así, escribió novelas admirables, más cuándo sabes el cómo.

Un abrazo y gracias por vuestras palabras
Isabel Romana ha dicho que…
Muchas veces, cuando he tenido que estar escribiendo con un portátil en el salón de mi casa porque los dos ordenadores estaban ocupados, con la tele puesta, el teléfono sonando al dos por tres, la puerta, mi hijo que entraba y salía, mi marido que me preguntaba cualquier cosa... Muchas veces, cuando estaba inmersa en mis asuntos en medio de tal barahúnda y me entraba cierto desánimo, siempre pensaba: si Jane Austen fue capaz de escribir obras tan maravillosas en la salita de estar de su casa, con 6 o siete sobrinos por allí danzando, ¿cómo no voy a poder yo escribir mis cosillas? Y eso me daba mucha fuerza. Austen es mi escritora favorita. Gracias por evocarla tan maravillosamente. Besos.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Isabel, precisamente, ése es el pensamiento... ¡también es una de mis favoritas!
Un beso