Emily

Ha subido la cuesta presurosa tras los perros, y el rostro se le ha teñido de un bermellón apagado, como de hoja seca. En lo alto del otero hay un pequeño túmulo de piedras graníticas que atesora los llantos y risas en soledad y los anhelos de una vida en libertad, sin disimulos ni obligaciones sociales.
Los canes saltan una y otra vez, ponen sus patas en el pecho dolorido de Emily e intentan derribarla, para que se una a sus juegos. Ella los rechaza con firmeza para escucharse el corazón con ambas manos, sentir su golpeteo loco, azorado, que la hace sentirse viva.
Se alejan por unos momentos los mastines y ella se recuesta contra el montículo mientras recupera poco a poco la respiración. Las nubes están preñadas de agua; entre una y otra, jirones de cielo azul pavo, y aves negras que vuelan muy alto. Respira el olor a abril, mojado y duro; el viento le ha soltado un mechón de pelo que se revuelve como una guirnalda, y ella ríe, contenta por nada. Lejos, se ve la casita cuadrada y ella aparta la vista, enojada. Nunca entenderá a sus hermanas. Sus tontos escritos y sus tontos cuadritos de punto de cruz. Cómo pueden soñar historias en las que las mujeres encuentran un buen amigo, sereno y sosegado, que las ama con prudencia y discreción y aunque sufren por amor, siempre lo hacen en silencio y con sencillez. Y dicen que ella no es una mujer fácil. Charlotte se ha sentido dolida por su enfado, cómo que no quieres que el libro se publique. Pero, qué dices. Pues no. No me interesa, hermana. Para qué, con qué motivo, quién lo leerá que le importe.
Emily sabe que muy pocas mujeres y ningún hombre reconocen el amor como esa fuerza de la naturaleza, terrible, vengativa y poderosa que describe. Un sentimiento que azota el alma como el viento y la lluvia pertinaz, que duele, que agota. No un buen amigo, ni sostén de vejez.
Ella es feliz vagando por el páramo siempre que puede escaparse, y deja que el viento la acaricie o la golpee; se acuesta desnuda sobre la roca que aún atesora el calor del sol o sobre el musgo húmedo por la última lluvia. No sabe qué le ocurre, no acierta a saberlo. Sólo siente esa extraña inquietud, esos anhelos de libertad y esa nostalgia de algo que no conoce.
El mastín canela se ha salido con la suya. La ha tirado al suelo y la mira, esperando. Ella ríe y ríe, mientras sujeta las patas del perro sobre sus hombros. El mastín negro se acerca al galope, como un fantasma enajenado. Emily consigue zafarse y echa a correr pendiente abajo, lejos, muy lejos de la cuadrada casita (y en ese momento, odiosa).
Oscurece sobre el páramo. Un resplandor ilumina la escena, una mujer despeinada, con el vestido embarrado que juega y habla con dos perros enormes que no cesan de trotar y saltar sobre ella. Cae la lluvia sobre el páramo. El pelo de Emily es una manta negra sobre su espalda; una manga pende, descosida desde el hombro, como una bandera. Ha perdido una de sus botas, que ha quedado sepultada entre las piedras. Llueve y llueve. Los perros la guían hasta la casa, donde la esperan con una luz encendida. Emily mira hacia el misterio y hacia la casita conocida. Con un suspiro, entra.

Comentarios

Xibeliuss ha dicho que…
Emily veía el amor de otra manera, sí. ¿Cómo debe de ser?.
Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Es un misterio... Un abrazo