Sobre Marta. Memoria, 4

Fue hace tanto que tengo que cerrar los ojos e invocar el recuerdo. Tú y tu hijo, los dos, huérfanos de cariño. Yo sola, como nunca o como siempre. Y pareció buena idea, los tres juntos para hacer frente a la vida, que es muy perra y que es muy dulce, una alianza de héroes cansados para sobrellevar las desdichas y convocar algún que otro momento feliz. Parecía buena idea, funcionó durante un tiempo, cuando el niño era tan pequeño que no se acordaba de mamá y no preguntaba por ella, y tú me acariciabas las manos sobre la mesa, mientras me decías párrafos de los libros que estabas leyendo. Entonces yo te ayudaba, en las mañanas de domingo, a completar tus crucigramas, a autodefinirnos, a buscar las letras de la sopa espesa del suave mediodía. Luego, después, ya no recuerdo cuándo porque fue en un instante y dura ya una eternidad, se empezó a resquebrajar la realidad que habíamos construido, y una tarde caí en la cuenta de que tu hijo hablaba de mí como la mujer de mi padre, de que callabas en las sobremesas y de que las mañanas de los domingos no hacíamos nada juntos y empecé a pasear sola, por aquello de engañarme y para no quedarme en casa observando tu desamor, a tu hijo y a mí, entre los dos. Los tres héroes cansados que fracasaron en la alianza.
Y un tiempo después, volvió Marta. Nunca sabré si regresó por su cuenta o si tu hijo la convocó, como hago yo ahora con los recuerdos. Para él, ella ha sido la necesaria y las demás, distracciones para pasar la vida sin ella. Tú, claro, no caíste en la cuenta y ahora, tampoco. Y ella volvió y yo os vi, al padre y al hijo, mudos, absortos y de rodillas, no sé si enamorados de Marta o del amor mismo; siempre te gustó Bécquer, Neruda, Benedetti, Lampedusa. Y yo aguardé su partida, meditando si mi presencia os sería útil. Y te fuiste y tu hijo sigue sin estar.
Te perdí tantas veces bajo el cielo infinito. Tantas, que pensé que esta era otra más, un distanciamiento como los otros, como esos domingos callados en los que no pude acercarme a ti. Pero me parece que no, que este es el definitivo. Y duele. A ratos me pregunto dónde estará ella, si será consciente de tanto dolor. Pero no sería apropiado el echarle la culpa. Nadie tiene la culpa de ser el percutor, el gatillo, el muelle que abre la caja de Pandora.
Te perdí. Como al pendiente en forma de pez con un único ojo.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
¡Cuánta tristeza! A veces pienso que lo peor de la vida es ser consciente del propio dolor. Y, al mismo tiempo, es lo único que nos permite soportarlo. Extraordinaria esta mujer que ama. Una abrazo muy fuerte, querida amiga.
alicia ha dicho que…
A estas alturas todo/as nos preguntamos dónde estará ella y si será consciente de tanto dolor...
Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Bien, amigas... el secreo se desveló!

Un abrazo, Isabel, alicia...