Amistad entre poetas,1

Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era ese escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y una arrolladora fuerza vital.

Pablo Neruda. Confieso que he vivido. Memorias.


4 de febrero de 1936
Josefina: No sé si sabes por tu padre que le escribí hace varios días para saber de ti. (…)Te confieso que he tenido una experiencia muy grande aquí y que me siento muy solo. He sabido que mujeres como tú hay pocas y he apreciado tu valor más de esta manera. (…) ¿Me escribirás pronto? (…).


Miguel Hernández. Cartas a Josefina.


La luz se prendía de los geranios rojos en los pequeños patios de la Casa de las Flores. Era la luz tímida y huidiza de finales de enero que bordaba en malva los ribetes del cielo. Un perro ladraba en los alrededores mientras la niña enferma, quieta y dormida, era custodiada por los ojos sombreados de violeta de la madre. El padre se había sentado en el despacho con sus libros, sus escritos, su mirada oceánica y su amigo. Era temprano aún para beber otra cosa que café negro junto con el pedazo de vida que traía el nuevo día; sin embargo se habían hecho necesarios unos tragos de tinto para enderezar lo torcido. El día, el amor, la nostalgia, el desencanto, la vida entera. Entre los dos, una jarra de vidrio contenía los restos de un vino profundo y oscuro como la tristeza del más joven; un hombre moreno, hondo de sentimiento ingenuo, hecho de tierra y limón. Había acudido a la casa de su amigo el cónsul aún de madrugada, buscando aliento y consejo en sus ojos pacíficos, y él le abrió su corazón de poeta azorado, inquisitivo y preocupado por no perturbar el frágil sueño de su niña enfermiza.
Pablo y Miguel se sentaron frente a frente, como para despachar un asunto urgente de papeles, pero no era el caso. Se conocían, se respetaban y se tenían un cariño y admiración mutuos. Se querían con la hondura nacida de la palabra compartida y una cierta mirada sobre las personas y las cosas. Miguel se le apareció a Pablo aturdido, la sangre joven alborotada; las últimas estrellas aún temblando de frío. Y comprendió. Porque Pablo, padre y esposo, no había olvidado ese aleteo perturbador, como de pájaro en el pecho y esa claridad luminosa que golpea en mitad de la frente, como un rayo, a un hombre enamorado.
La jarra era de un cristal tan puro que el vino relucía, topacio brillante. Pablo dispuso dos copas de pie esbelto, divertido a su pesar, pues receló que Miguel preferiría un vaso de barro, salido directamente de la madre tierra. Bebieron. Una lágrima bermellón quedó quieta unos instantes en los labios de Miguel, en un beso impregnado de recuerdos.
(En la Casa de las Flores vivió Pablo Neruda . La casa es del arquitecto Secundino Zuazo y desde 2005, está protegida por una normativa especial de la Comunidad de Madrid. La foto es de 1930, aproximadamente.)
(En el enlace se puede leer un artículo fechado en 2005, de El País, que cuenta cosas interesantes de Neruda, la casa en la guerra civil y las reuniones de poetas.)

Comentarios

alicia ha dicho que…
La casa de las flores... siempre me ha fascinado ese reducto de poesía en el funcional barrio de Arguelles. Bombas y geranios, guerra y generación del 27. Miguel y Pablo visitando la casa en ruinas tras los primeros bombardeos. Poética de la desolación.
Qué hermoso tu escrito de esta mañana!
Xibeliuss ha dicho que…
Sensibilidades parejas... ¿cómo afrontarían el horror que llegaba?
Yo también pienso que Miguel, tan pegado a la tierra, hubiese preferido el vaso de barro.
Un abrazo.
Isabel Romana ha dicho que…
Espero venir la próxima semana y leer con calma todo lo que me he perdido, el fin de la historia de Marta... Un abrazo muy fuerte, amiga.