Sobre Marta. De saberte, 2

Y entonces, cometí una locura, otra, porque estaba loco, y lo estoy, por ti, por tu olor, por tu nombre que mastico ahora con un punto de ira que esconde mi pasión desesperada. Y es que volviste a mi cabeza, volviste y recordé cómo nos besábamos bajo la farola del parque, esa a la que se le fundía la bombilla con frecuencia sospechosa. Y cómo guiabas mi mano hasta tu pecho izquierdo y yo medía con la otra el volumen del derecho. Entonces no supe darle nombre a eso que sentí. Eras la primera, yo el primero, o al menos eso me dijiste, ya no estoy seguro de nada, será porque ya no estás y estás, porque no puedo olerte pero basta que acerque la nariz a mis manos para convocar tu olor. No supe darle nombre, no supe, sólo eras el primer amor, niña delgada y frágil con ojos de mujer vieja, y luego vinieron otras, muchas, tal vez demasiadas. Y no me acuerdo ni de la mitad.
Cometí una locura diez años después de que nos dijésemos adiós, porque te ibas, te fuiste, siempre te estás yendo, Marta. Te fuiste a estudiar a otra ciudad, no muy lejos, pero entonces aquello parecía Marte y yo me quedé aquí, en la Tierra, o eso pensé yo, que me quedaba en la Tierra, pero estuve en el limbo.
Y después hubo otras, mujeres de esas que despiertan miradas de envidia en los colegas, cuerpos hechos para que un hombre extienda en ellos crema bronceadora al borde de la piscina, tetas grandes y culos firmes. Muchos. Todas eran tan distintas a ti, Marta, tan distintas, yo me volví tan distinto, que creí que aquello a lo que no supe dar nombre había desaparecido, y a lo mejor fue que no. No me enorgullezco por el número, no, incluso me avergüenzo porque no recuerdo sus nombres, o los confundo, como sus caras. Y sin embargo, tú.

No es cierto. Marta, no sé si te enviaré esta carta a la dirección de tu última postal. Tal vez. No lo sé. Pero no quiero mentirme de nuevo, como lo he estado haciendo sistemáticamente, año tras año, salario injusto de tu ausencia. Hay otra mujer, otra, que está, que estuvo, que no me dejó nunca, honesta a lo que siente e infiel a su amor propio, que me quiso todo este tiempo, pero que no sé cuánto más resistirá. Aguarda. Espera. Entre chica y chica. Ha esperado tanto, Marta. Y la otra tarde, después de hacer el amor, lloró. Porque fui de nuevo. Sí, Marta. Supongo que a lo de siempre, a lo mismo, a buscarte entre sus brazos. Pero después, al mirar sus ojos oscuros y leales, sólo vi su amor, Marta, un amor que se parece sospechosamente a lo que yo siento por ti, y me maldije, y quise amarla y cuidarla y respetarla y salvarla de tanto hijoputa y de mí. Le dije que estaba harto de tanta tía buena y de tanto polvo rápido. Que no soporto mirarme en el espejo. Y que por qué no lo intentábamos, ella y yo, en serio, sin engaños, sin más esperas. Porque si ella te llama, tú te irás. Es como yo contigo. Si tú vienes, yo estoy. Pero lo nuestro no funciona porque tú no me quieres.

Sillas en un antiguo monasterio... para una espera difícil...

Comentarios

Xibeliuss ha dicho que…
¡Fascinante giro! ¿Tendremos la oportunidad de escuchar a Marta en su propia voz?
Saludos.
Isabel Romana ha dicho que…
Toda esta serie está quedándote maravillosamente bien. Me gusta escuchar esas voces distintas, esas distintas razones para amar y para estar en ese limbo que es dejarse amar sin amar del todo. Felicidades. Un beso enorme.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Xibeliuss... no lo sé, quizás. En principio no lo tenía muy claro, pero creo que el texto lo impone, eh?

Un saludo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Isabel, gracias. También me interesaban las apariencias, lo que creemos percibir y lo que es en realidad, dependiendo de la mirada y la persona...

Un beso