Ocho abejas, 8

Se mirase por donde se mirase, aquello de vender el coche tras recuperarlo sano y salvo no iba con él. Pero, ¿qué recuerdos infastuosos le traerá, dios mío? No sé, pero lo mejor seguro que está por llegar. Lo mejor, lo mejor. Qué manía.
Esto era un juego de ajedrez. Lo mejor se refería al siguiente movimiento sorpresivo del alcalde, pues unas veces se comportaba como rey, otras saltaba cual caballo y otras permanecía inmóvil, como una torre en su esquina. Los demás, meros testigos de la partida encarnizada entre don Romualdo y el mundo, asistíamos expectantes, aguardando a que el hecho siguiente superase al último.
El anuncio apareció imperturbable durante varias semanas, hasta que un día desapareció. Nos imaginamos que el alcalde había conseguido deshacerse del coche, pero no estábamos seguros. Se produjo un interludio quieto y espeso. Nada sucedía. Ramón, fiel a su esencia, no soltaba prenda, en su caso, pastilla, aspirina o colutorio bucal. No volvió la policía, que nos había pillado tan desprevenidos y a la que nos hubiese gustado echar la vista encima. El alcalde miraba fieramente a los ojos del insensato que se atrevía a comentar, qué, hace mucho tiempo que no conduce, ¿verdad, señor alcalde?
Un jueves entró en la iglesia un hombre. Joven, espigado y atractivo, con barba de varios días y vestido con vaqueros y anorak rojo. La iglesia se quemó hace 20 años, y la restauraron hace 3; aunque el arquitecto no fue el mismo que nuestro afamado artífice de las farolas, seguro que eran primos hermanos. La cúpula, revestida de láminas negras de chapa y cristal esmerilado, forma poliedros que relucen bajo el sol. La torre de ladrillo rojo compite con el hormigón de la nave central y la uralita blanca que la cubre. Así que la visita, turística, no era. El hombre salió a los pocos minutos, los suficientes para que 3 ó 4 de nosotros estuviésemos alerta. Se encaminó a la casa del cura, don Fulgencio. Salieron al poco. Entraron en la iglesia. Salieron a la media hora. Don Fulgencio le despidió con apretón de manos y semblante comprensivo del que ha escuchado en confesión un pecadillo que cualquiera puede cometer, hasta él. Alcanzamos a oír, no se apure, hombre. El miedo es irracional. Su arrepentimiento, sincero. Ya verá como todo se arregla.

Comentarios

Sirena Varada ha dicho que…
Hola María Antonia, pasé varias por aquí, a la espera de el relato hubiese finalizado, para leerlo todo seguido. Hoy ya por fin me he decidido a leerlo, incompleto, y tal como imaginaba, me quedo con la miel en los labios, pero en todos los sentidos, porque es encantador y ameno, por su dulce sabor literario, y por mantenernos en vilo (y más sabiendo de tus imprevisibles finales).

Un abrazo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Un abrazo, Sirena. Prometo que pronto se termina...

Gracias