Diez abejas, 10

Esto parecía un callejón sin salida y por momentos, yo, que no me gusta perder ni a las cartas, perdía el interés. Es que aquello era imposible. ¿Por qué se había puesto como un energúmeno el señor Alcalde? Sí, claro, tenía un contencioso con aquel hombre. Pero a todos nos resultó excesiva su reacción, teniendo en cuenta que se dirigió a don Fulgencio como si fuese él el supuesto delincuente. No acertábamos a explicarnos por qué no salió antes de su despacho-madriguera, cuando el cura y ese hombre estaban en el templo, o cuando lo vio venir y llamar a la puerta de la casa de don Fulgencio. ¿Es que no lo había visto hasta que el cura le dirigió aquellas palabras de consuelo? De lejos, pudiera parecer excesiva la complicidad, aún tratándose de un pastor y un alma perdida... Tal vez sólo vio el desenlace del encuentro y, de ahí, su frustración y enojo. Pero, ¿por qué no hizo por detener al misterioso hombre? Todo aquello se enredaba como una madeja de lana dejada al albedrío, entre niños y gatos.
El asunto seguía sin resolverse y, sin visos de consecución inmediata. Para colmo de males, los únicos hombres que jamás hablarían eran los depositarios de tamaño secreto. Uno, porque no quería buscarse problemas y era la discreción en persona. Si uno buscase discreción en la enciclopedia, aparecería su foto seguida de la definición. El otro, porque por oficio, moral y religión, no podía decir ni , aunque lo estuviese deseando. ¡Estábamos arreglados! Hacía tiempo que no teníamos noticias raras en el pueblo, y ahora, esta noticia nos la estaban fastidiando con tanto secreto, confesión y pudor tonto. No es que estuviera perdiendo el interés. Es que no había manera. Ya ni esperar lo mejor nos consolaba.
Teníamos tres o cuatro certidumbres e incontables dudas. De eso estuvimos hablando por la tarde, en uno de los dos bares del pueblo, después de jugar (desganados y taciturnos) un rato al dominó y después de apurar un par de tintos.
Veamos, dijo Julio. ¿Qué sabemos hasta ahora? Ordenemos los hechos.
Bien, dije yo. Un domingo, sobre las 12 h, llega el alcalde montado sobre una bici roja. Con el semblante demudado, vestido de traje y corbata. Después, todos nosotros fuimos a hablarle, pero él sólo murmuraba, los ojos grandes, el rostro...
No, antes de eso. ¿Alguien vio al alcalde antes de las 12 h? ¿Se fue el viernes a la ciudad? ¿O pasó el fin de semana aquí? ¿Lo vieron con el coche? ¿Andando?

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Aprovecharé estas mini-vacaciones para sacarme tu serie de las abejas y leermela toda seguida, porque de lo contrario no la podré disfrutar como es debido.
Te deseo unas fiestas buenísimas y lo mejor para el próximo año, es decir, más insectos de estos que manejas tan bien... Un abrazo muy fuerte, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
La serie insecticida acaba antes de finalizar el año, lo prometo.
Es un divertimento ligero, que espero que cumpla su objetivo, divertir...

Lo mismo para ti, querida Isabel. Un abrazo y hasta la vuelta.