Cinco abejas, 5

Estábamos convencidos de que Ramón no contaría jamás qué había ocurrido, porque no preguntaría los detalles. Y en el caso de que don Romualdo de Areces se hubiera sentido tentado de confiarle exactamente cómo y porqué habían sucedido las cosas, él escucharía callado y serio, sin preguntar, para olvidar deprisa y no abrir la boca más que para decir amén, Jesús. Eso nos daba rabia. Y, proporcionalmente, aumentaban nuestras ganas por saber quién era el propietario de la bicicleta y dónde estaba el cochazo de don Romualdo.
El domingo, tan lleno de emociones en la mañana, no dio para mucho más. El alcalde regresó a su casa justo a la hora de la comida; mi paella con conejo, a ver quién es el guapo que se resiste, se vanagloriaba Rosita, la criada y, luego de comer, se tumbó en la cama para una larga siesta que no fue interrumpida ni tan siquiera para jugar las populares partidas de cartas en cada uno de los dos bares de nuestro pueblo. Y eso era grave. A las ocho, por fin, se levantó y fue hasta la ventana y, sin correr las cortinas pero con la persiana levantada, pasó las horas que restaban hasta la medianoche de pie y mirando la calle, donde nos encontrábamos los demás, en corrillos, lamentándonos y conjeturando a partes iguales.
En un momento preciso, Julio se llevó la bicicleta al quiosco, así no la robará nadie, lo que nos faltaba, y ese fue el instante elegido para disolvernos como azúcar en un vaso de agua.
Los días siguientes pasaron con poca gloria y con la pena del señor alcalde, una pena íntima y no compartida, pero que se traslucía e iluminaba las calles del pueblo más que las farolas de nuestro artista. Se produjo una situación tensa, entonces. Fue como en otro tiempo, por otra circunstancia y con otros protagonistas, pero la tensión, al igual que en aquellos días, se sentía en los semblantes y en las conversaciones y en el silencio ominoso que se producía cuando don Romualdo hacía acto de presencia.
Aquella vez las circunstancias fueron un mal casamiento. Sí, un casamiento mal hecho, y peor concluido, que dejó a Julio con el quiosco hipotecado y sin los cuatro o cinco duros que atesoraba en la cartilla de ahorros. Ella era una mujer resultona y reidora que nos cayó encima como un chaparrón de abril. Se teñía el pelo de rubio pajizo y se maquillaba los ojos de azul; y hablaba con todos, simpática era, sí, pero nadie sabía de dónde venía y cómo es que había llegado a nuestro pueblo del brazo de Julio, si uno y otro no son precisamente la alegría de vivir reencarnada. Julio es responsable y cuidadoso, amigo del chismorreo, eso sí, porque como el farmacéutico no hay dos ni en este ni en ningún otro lugar, pero aparte de eso, es trabajador y sencillo, amable y sin complicaciones, feote y aburrido. Y ella llegó como un vendaval abriendo ventanas y puertas para revolverlo todo. De inmediato, unos y otros tomamos partido a favor y en contra de la mujer de Julio. Unos argumentaban que era l o que necesitábamos todos, incluido Julio. Alegría y simpatía y algo que nos zarandeara los ánimos alicaídos. Otros argumentábamos que sí, que de acuerdo, pero que nos parecía raro, extraño, desacostumbrado y ajeno, como dormir en una cama con baldaquino o ponernos una chaqueta húmeda y rasposa. Y así empezó la situación. Y la tensión. Discusiones, apuestas y golpes bajos. Aquello se solucionó de manera natural, cuando la mujer se fue y dejó a Julio casi en la ruina, y ninguno de nosotros nos atrevimos a volver a hablar de ella ni a Julio ni a nosotros mismos.
Ahora estábamos en otra, pero igual de tensa. Porque, insospechadamente, había quien creía que el alcalde estaba en su derecho a callar y a no referir dios sabe qué extraños acontecimientos. Otros pensábamos que un alcalde ha de predicar con el ejemplo y que un pleno extraordinario era lo necesario y apropiado en estos casos. Que contase dónde estaba el coche. Si lo había pagado del todo o no había terminado de apoquinar las letras, porque quizás se lo habían embargado los bancos, por un tráeme lo que creías tuyo insensato, que mira tú por donde nunca te perteneció. Que dijese porqué había vuelto al pueblo en bici, de quién era, quién se la había prestado o si es que se la había comprado en unos grandes almacenes y, si era suya, porqué no la retiraba de una vez del quiosco de Julio, ¿o es que le estaba pagando al dueño del quiosco una buena suma por guardársela? Y, en ese caso, …
En resumen, estaban los que habían perdido el interés y estábamos los que no lo habíamos perdido, porque no nos gustaba perder ni a las canicas.

Comentarios

alicia ha dicho que…
De regreso de un pequeño giro por otras tierras me pongo al día en esta colmena de abejas. Te leo y siento que tienes el don ancestral de los contadores de historias. Afortunada.
Deambularé por el pueblo de tu relato en busca de una explicación a tanto misterio. Besos
Isabel Romana ha dicho que…
Este alcalde parece un poco diferente de los actuales, ¿no crees? Has dibujado muy bien esa tendencia del público a dividirse en dos, o en tres bandos. Y es que a todos nos pica la curiosidad... Besos, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola Alicia. Bien, ya veremos si el misterio está a la altura... un beso y gracias
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Efectivamente Isabel. Y el pueblo, también. Besos también para ti amiga