13 abejas, enjambre y fin

Nuestro pueblo se localiza en un valle. Rodeado de montañas, hasta hace poco no se veían bien algunos canales de la tele. Ahora, con la TDT, todo son ventajas. Y tenemos Internet, porque el señor alcalde y algunos próceres (como el artista que trabaja con Foster y otros dos o tres hijos de este nuestro pueblo) se empeñaron en ponerlo para que nos modernizáramos, para que estuviéramos comunicados y al tanto de todo. Y claro, mucha red, mucho correo electrónico, mucho foro público, pero en el fondo, lo que se dice en el fondo, las personas seguimos siendo las mismas.
El Ayuntamiento tiene una página web en la que puedes dejar comentarios a las noticias que publica Luisa, por encargo de don Romualdo. El caso es que, o bien por descuido, o bien porque ella estaba en el ajo, (la verdad es que no me la imagino, tecleando de madrugada, con un vaso de café con leche al lado y la colilla de un cigarro prendida de su labio inferior) lo cierto es que EL SUCESO apareció camuflado en un comentario. Luego desapareció, pero antes lo leímos y lo copiamos todos, que esto de copiar y pegar nos lo enseñó un técnico informático muy saleroso cuando nos pusieron la red en el pueblo y se nos da de miedo. También se nos da bien eso de reenviarnos correos unos a otros para quedar en el bar del pueblo, o en la plaza, o para irnos a dar un paseo. Es que es lo que tiene. Que te ponen Internet y ya no te haces a eso de dar voces.
EL SUCESO, venía titulado así, EL SUCESO, y nos lo pasamos unos a otros como si fuese una pelota de playa. Y decía:
EL SUCESO
Cuentan que hace unas semanas, el señor Alcalde, don Romualdo de Areces llegó en bici al pueblo, muy demacrado y violento. De su flamante Audi A6, ni rastro. A partir de esa mañana (un domingo, poco antes de las 12) los acontecimientos se fueron sucediendo sin solución de continuidad y, sin que nadie (excepto dos hombres de bien, discretos a carta cabal) supiesen qué había ocurrido.
Lo cierto es que, desde entonces, nada ha vuelto a ser lo mismo en nuestro pueblo. Dimes y diretes, angustias y resquemores, envidias... es hora de conocer la verdad, no por ánimo de malmeter ni de cosa ninguna, sino sólo por mor y mayor gloria de la verdad, que enaltece a los hombres y mujeres de bien.
Don Romualdo volvía al pueblo en su coche (un Audi A6) por la Cuesta del Muerto. Venía de pasar el fin de semana en la ciudad (donde es público y notorio que se entiende con una mujer, no del todo respetable. Lo que no se entiende bien. ¿Por qué no se casa el señor Alcalde y pone fin a los rumores?). De pronto, se abalanzó sobre él un hombre pintoresco, en chándal, dando aullidos de petición de socorro. Nuestro alcalde, sin saber muy bien qué ocurría, pero presto a aportar su viril ayuda, salió del coche, sin apagar el motor ni, por supuesto, quitar las llaves.
El individuo, manoteaba a su alrededor, frenético y sudoroso. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce... ¡todo un enjambre de abejas picoteándole sin compasión! Don Romualdo acertó a ver las colmenas y una fulgurante bicicleta de montaña de color rojo tendida en el suelo. Se dio la vuelta para auxiliar al ciclista e indicarle que subiese al coche rápidamente, cuando (cuál fue su sorpresa) su coche desapareció sin él. ¡El ciclista se lo había robado!
Ahora, don Romualdo se hallaba, el también, en un aprieto. Las abejas comenzaron a rodearle, furiosas, intentando picarle en cualquier trocito de piel que quedase al descubierto. No podía escapar... ¡hasta que reparó en la bicicleta roja! Sin dudarlo ni un segundo, el señor Alcalde subió con apostura apolínea y se encaminó a nuestro pueblo, pedaleando con tal donosura, que parecía algo habitual en él y no anecdótico (como era el caso). Lo demás, ya se sabe. La policía, la visita del ciclista, arrepentido (no sabe muy bien, el hombre, cómo hacer. Claro, está en una situación delicada. Dejó el coche a unos cuantos kilómetros del suceso. Es que soy alérgico y era una banda de abejas furiosas, dijo en su defensa), la venta del coche... Nada más hay. Esta es toda la verdad.
Confío en que esta declaración de lo sucedido calme los ánimos. Volvamos todos, queridos vecinos, a nuestra tarea humilde, a nuestros paseos, a nuestra vida de antes...
Y así estamos. Que ya sabemos lo que pasó, que fue esto. Ni más, ni menos. El alcalde se ha marchado y hay una porra para ver si vuelve o no. Y ahora estamos la mar de entretenidos, porque... ¿quién fue el que contó la verdad en ese comentario (un tanto insidioso)? ¿El cura o don Ramón? ¿O es que había más personas que conocían lo sucedido? Este suceso del comentario, puede dar para mucho...
Este divertimento vino directamente de una noticia real escuchada en un programa de T.V.: un automovilista para en el monte para socorrer a un ciclista atacado por las abejas y el ciclista le roba el coche.

Comentarios

alicia ha dicho que…
Sonrío... Gracias por esta historia, Mª Antonia. La realidad es a veces la mejor fuente de fantasía. Seguro que los habitantes de tu pueblo siguen dándole vueltas al tema del comentario. Siempre hay una madeja que desenredar. Esta de tus palabras ha sido un placer.
Besos voladores
Sirena Varada ha dicho que…
Qué bueno que estés en alguna parte –por ejemplo aquí- y no tenga que inventarte.

El relato es un perfecto colofón para terminar el año, además acabado en trece, que es mi número favorito.

Y deliciosos y traviesos guiños cada uno de los picotazos de abeja con los que nos has ido endulzando el discurrir de la historia.

Lo mejor para ti, maestra. Y el deseo nada iconoclasta de que el año te sea propicio.

Un beso y un fuerte abrazo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Queridas alicia y sirena... lo mejor también para vosotras en este año que estamos estrenando, tan jovencito ;-)

Un abrazo y gracias a las dos por seguir leyendo...