Cala Reona, 3

A la espalda del chiringuito se alza la montaña sembrada de caminos que llevan a calas más inaccesibles.
Por uno de ellos baja un hombre con botas de montaña haciendo fotos al faro. En la arena, la mujer ha dejado de leer unos instantes y no mira a los que se zambullen. A su lado, un padre joven con muletas y sus dos hijas pequeñas están bañándose acompañados de la niñera, una chica hispanoamericana y reidora que no puede bañarse porque no se ha puesto traje de baño o similar. Las niñas chapotean, el padre deja las muletas y se sienta, la niñera les grita consignas desde la toalla, la mujer los mira. La música machacona del chiringuito con aspiraciones acompaña el cuadro. Más allá, una sombrilla acoge a una mujer que come sandía.
Es una novela con final triste y conocido, pero eso no tiene importancia. Importa cómo se desarrolla, cómo es ella y cómo es él y cómo fue la historia que tuvieron juntos. Si acaba mal y triste es porque hay finales en los que nadie come perdices. La mujer lo sabe y lo asume. Es extraño cómo esta tarde parece deslizarse sobre mí. Está sola, leyendo y mirando a su alrededor, mirando de verdad cada una de las pecas de la niña que hace castillos y el color exacto de los ojos de su madre, verdes, manchados de motas doradas y hasta se fija en el número de puntitos que se lanzan al agua temerarios y orgullosos (como suele ser la juventud).
Se siente extrañamente libre, sentada, leyendo y descansando de la lectura, volviendo a releer un par de líneas que le gustan, cómo le mira él, cómo lo besa ella, cómo se encuentran en la ciudad, cómo se separan, cómo discuten. No es una historia de amor, o tal vez sí, porque a fin de cuentas todo se reduce a eso, quererse a uno mismo, al otro, odiar al vecino o a un pueblo entero, ambicionar el poder, el dinero, el dominio sobre los otros. El amor y su reverso, el desamor. Se siente extraña y libre mientras calcula cuántas calas escondidas habrá más allá de la montaña.

Comentarios

El hombre que fue Jueves ha dicho que…
En verano, bajo los toldos, sentado en esas tumbonas bajas, con un mojito y el chill out suave (a lo Who Am i, de The Peace Orchestra) ese chiringuito es el paraiso.