Cala Reona, 2


La novela se deja abrazar por el periódico en esta tarde lenta; la ficción escondida de la realidad, la vida dándose un respiro. Es una cala pequeña, de arena blancuzca, con piedras grises, ni muy hermosa, ni muy cuidada; sin embargo, en cierto modo, se asemeja al óvalo del rostro de una muchacha y el mar, el sol y el cielo que la rodean son hermosos. También lo son las rocas que horada el viento y la espuma de las olas, y la novela que lee la mujer (que no es hermosa ni está muy cuidada) parece interesante (como la mujer).
Ella está sentada en un extremo de la playa, de cara al mar y al pico que remata el macizo del parque regional de Calblenque. De vez en cuando, levanta la vista de las páginas y se complace en observar a los chicuelos que caminan por los senderos que rodean la montaña. Allí, sobre un promontorio que se alza sobre las olas, se concentra una larga fila de ellos: aguardan su turno en el juego antiguo de seducción y bravura. Desde su extremo no se distingue el sexo de los saltadores: sólo son pequeños puntitos que levantan burbujas de agua al caer.
Al otro lado, en un chiringuito de playa que aspira a ser chill out pero que, simplemente, es una cabaña entoldada, se refugian unos cuantos hombres y mujeres que no se bañan ni pasean; beben cerveza fría tendidos en los cojines desgastados. Fuman y charlan, dejándose llevar por el ritmo hipnótico de la música.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Un excelente relato, querida amiga. Saber crear una atmósfera fascinante. Besos.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias, Isabel. Espero que su devenir no te decepcione...

Besos