Padre Pistolas, 6

Esa era una cosa, resumiendo. Una cosa que había cambiado y que había traído otras, como los ramales los ríos, o las carreteras secundarias. La otra cosa había sido él. El Padre Pistolas.
Ese domingo se presentaba como los otros. El día anterior había limpiado y arreglado el pisito. Las piedras relucían. Había quitado el polvo a la pantalla de la tele. Había regado el geranio. No se había teñido el pelo porque no le tocaba, era el segundo sábado del mes. Pero sí se había comido sus dos pastillitas de chocolate. Se acostó temprano, estaba cansada. Los trajes de chaqueta, tras haber cosido un dobladillo, y asegurar un botón que bailoteaba en la solapa de una chaqueta marrón glacé, descansaban, colgados de sus perchas. El verde bosque para el lunes, color de la esperanza. (Espero que no me toquen demasiado las narices. El que me explica y la que me critica. Tan jóvenes, por favor. Una epidemia). El martes se llevaría el azul marino. El miércoles, el marrón glacé con la blusa blanca. El jueves, gris marengo. Y el viernes, un toque de optimismo, de fin de semana. El negro con la camisa fucsia. Así que ese domingo, se levantó temprano como era su costumbre, desayunó café con leche, tostada con mermelada de naranja dulce y se asomó al balcón. Lo que daría por salir a dar un paseo, ir a El Retiro, acompañada de un amor (amigo especial o sinónimo) y dejarse llevar, bien amarradita de la cintura por caminos y parterres. Pero Gertrudis no tiene a nadie, ni amigo (especial ni normal), ni amor, ni siquiera una amiga para contarle que está sola, porque ella siempre ha sido esa mujer fiel, incorruptible, esa mujer práctica de la que poder echar mano si estás sola y necesitas compañía, pero no tu amiga, amigas son otras, mejores, más cautivadoras, con más pasado y con algún presente. Se asomó al balcón, miró el geranio (qué bonito te estás poniendo), los ascensores que a la luz del día eran más ascensores que nunca y bajó al quiosco de la esquina. Con los periódicos bajo el brazo, subió hasta su 5º piso sin ascensor, y se instaló en el sofá de la sala. Brevemente, al pasar, echó un vistazo a la novela que aguardaba su turno encima de la mesilla, y se relamió por dentro, con ese libro tendría para dos domingos, y prometía. Era La Reina del Sur de Arturo Pérez-Reverte y sólo había leído la primera frase, que le pareció memorable, preludio de una novela buenísima (por lo menos, entretenida, precisó Gertrudis. Es que a ratos, la desconfianza la podía. Demasiados libros. Demasiadas personas. Demasiados desengaños). No podía ser de otro modo. Entonces, sonó el teléfono y supo que la iban a matar. Dios. ¡Cómo se le habría ocurrido al escritor esa frase! Memorable.
Pero antes, y para alargar más el comienzo de una lectura que se le antojaba bien sabrosa, comenzó a leer la prensa del domingo. Acostumbraba Gertrudis a comprar un periódico nacional y otro de su ciudad, pero nunca eran los mismos. Los compraba de uno y otro signo político, y como siempre daba el mejor de los créditos a lo que allí decía, Gertrudis no tenía una opinión formada sobre nada, o quizás sí, sí que tenía una. Están todos locos. Y se quedaba tan ancha.
Pero este domingo tan igual al anterior y al otro y al otro, un domingo en el que no va a sonar ningún timbre en su pisito, porque a ella nadie la quiere matar, ni saludar, ni preguntar, nadie la quiere, ese domingo tiene reservada una sorpresa a Gertrudis. En el suplemento dominical hay un reportaje, con muchas fotos. Y Gertrudis conoce al Padre Pistolas.

Imagen tomada de la web: http://media.washingtonpost.com/wp-dyn/images/I3502-2004May30. Alfredo Gallegos Lara, el Padre Pistolas.

Comentarios

Sirena Varada ha dicho que…
Bendita costumbre, y no maldita, coger aquello de las historias que más conviene y adaptarlo a la realidad personal. Es curiosa mi coincidencia con Gertrudis en lo de las piedras pues todos los veranos paso unos días de mis vacaciones en una casa rural en la sierra, buscando fósiles de conchas marinas, y lo mejor es que los encuentro, aunque luego no los coloco en las estanterías sino en una cesta de mimbre de un rincón de mi salón que, de momento, no amenaza derrumbe.

Has creado un personaje adorable. Una mujer noble, solitaria, de mirada limpia, lectora compulsiva, coleccionista de piedras con forma de corazón que suspira por el amor. De ser real me encantaría tenerla como amiga.

¿Continuará?
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sirena, me encanta que estés leyendo esta historia. Sí continúa, ya verás que hoy a aparecido otro post. Terminará a finales de este mes...

Gracias por estar y leer.