Padre Pistolas, 11 y final

Abajo, Manuel no sabe qué hacer. Se dio cuenta enseguida de que había un sobre veis sobre el asiento trasero. Y antes de montar ella, no estaba. Está seguro, porque estuvo revisando el taxi, quitando papeles y esas cosas que los pasajeros se olvidan (paraguas, tiques de metro, recibos del tinte, flores secas) y el sobre no estaba. Y luego, está que ella fue a la oficina. Y cuando él dio la vuelta para ver si la veía al salir y darle la carta olvidada, vio que ella ya se iba acera abajo, había tardado muy poco. Entonces, no supo qué hacer. La vio llegar a un portal, abrir la puerta muy despacio. Está triste. Tal vez porque ha perdido esta carta. Así que, se acerca a la puerta y llama al timbre del 5º piso, como viva aquí esto es cosa del destino, y si se me presenta esta oportunidad, no me pillará desprevenido.
A Gertrudis casi se le para el corazón cuando el timbre suena, en medio de su silencio. Entonces sonó el timbre y supo que… no tenía ni idea. Seguro que se han confundido. Suena otra vez. Igual alguien le envía un paquete. Publicidad o algo así. Va a la puerta, levanta el telefonillo y contesta.
-¿Quién es?
-Señorita… soy Manuel… el taxista que la llevó a Correos… se dejó una carta en el taxi…
Gertrudis se azora. Hace tanto que nadie va a verla. Y menos un hombre. Pero se decide:
-Suba, por favor.
Le espera en la puerta, piensa en darle las gracias, recoger la carta, entrar en casa, romper la carta, cambiarse de ropa, comer chocolate, sentarse en el taburete del balcón, mirar los ascensores subir y bajar y soñar con la luna.
Manuel llega, sorprendentemente ágil para un hombre de su envergadura. Y Gertrudis le mira, por primera vez a los ojos. No sabe qué es lo que ve en ellos, pero se sorprende oyéndose decir, gracias, qué amable. Pase, por favor. ¿Le apetece un café?
Llega el domingo, el día de Gertrudis. Desayuna muy pronto. Café con leche y una tostada con mermelada de naranja dulce. Se asoma al balconcito. Observa al geranio, está un poquito maltrecho, (ya florecerás en primavera, bonito); la temperatura es agradable, flota en el aire una luz dulce de otoño y el cielo se ha vestido de azul. Qué delicia pasear esta mañana por El Retiro, dejándome llevar por senderos y parterres. Qué delicia, piensa Gertrudis. Cuántas veces ha soñado despierta Gertrudis con un paseo por El Retiro, dejándose llevar, bien amarradita. Sí Gertrudis. Qué bien que esta vez sea cierto.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy buena la historia. En más de un momento me he identificado con Gertrudis.
Un beso. Betty Wood
Sirena Varada ha dicho que…
Una hermosa y alentadora historia, María Antonia. Gertrudis ya no tendrá que dosificarse el chocolate, ni tintarse el pelo de forma puntual, ya no recogerá piedras con forma de corazón. En la chimenea que tapizaba de ladrillos sus días apagados, por fin saltó la chispa y prendió fuego el amor (lo merecía).

Un beso
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Bien, Betty Wood, me alegra que te haya gustado. Lo cierto es que todos, en algún momento y por pequeño que sea podemos ser un poco como Gertrudis... Bienvenida y gracias.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Sirena, ya tenía encarrilada la historia para un relato, me temo que el momento de la novela aún no ha llegado...

Gracias, un abrazo