
A Gertrudis casi se le para el corazón cuando el timbre suena, en medio de su silencio. Entonces sonó el timbre y supo que… no tenía ni idea. Seguro que se han confundido. Suena otra vez. Igual alguien le envía un paquete. Publicidad o algo así. Va a la puerta, levanta el telefonillo y contesta.
-¿Quién es?
-Señorita… soy Manuel… el taxista que la llevó a Correos… se dejó una carta en el taxi…
Gertrudis se azora. Hace tanto que nadie va a verla. Y menos un hombre. Pero se decide:
-Suba, por favor.
Le espera en la puerta, piensa en darle las gracias, recoger la carta, entrar en casa, romper la carta, cambiarse de ropa, comer chocolate, sentarse en el taburete del balcón, mirar los ascensores subir y bajar y soñar con la luna.
Manuel llega, sorprendentemente ágil para un hombre de su envergadura. Y Gertrudis le mira, por primera vez a los ojos. No sabe qué es lo que ve en ellos, pero se sorprende oyéndose decir, gracias, qué amable. Pase, por favor. ¿Le apetece un café?
Llega el domingo, el día de Gertrudis. Desayuna muy pronto. Café con leche y una tostada con mermelada de naranja dulce. Se asoma al balconcito. Observa al geranio, está un poquito maltrecho, (ya florecerás en primavera, bonito); la temperatura es agradable, flota en el aire una luz dulce de otoño y el cielo se ha vestido de azul. Qué delicia pasear esta mañana por El Retiro, dejándome llevar por senderos y parterres. Qué delicia, piensa Gertrudis. Cuántas veces ha soñado despierta Gertrudis con un paseo por El Retiro, dejándose llevar, bien amarradita. Sí Gertrudis. Qué bien que esta vez sea cierto.
Comentarios
Un beso. Betty Wood
Un beso
Gracias, un abrazo