
Sin embargo, últimamente, a Gertrudis le estaban ocurriendo un montón de cosas que hacían que su vida no fuera tan apacible como en años pasados. Y este montón de cosas se podían resumir en dos que se bifurcaban en otras y en otras y en otras y todo parecía un lío. Gertrudis se fue a Madrid y se olvidó de la pequeña ciudad de provincias en la que a nadie le importaba, y se desentendió de las amistades que había hecho hasta entonces. O más bien, sus amistades (las chicas que había ido conociendo en la escuela, en el instituto, en la academia de mecanografía y en la academia de francés) se habían ido desentendiendo de ella a medida que se fueron casando o marchando a Barcelona, a Madrid o a otro lugar para trabajar, y ella sólo pudo desentenderse a su vez cuando decidió poner tierra de por medio. Que la distancia de la tierra fuera de 70 kilómetros no tenía importancia, la barrera psicológica es lo importante (calibraba Gertrudis). Y es que todas ellas se habían acercado en algún momento de esos en los que se sentían solas, o en el que el novio las había dejado, o en el que eran las nuevas en la escuela, en el instituto, en la academia de mecanografía y en la academia de francés. Y Gertrudis era, como si dijésemos, un peldaño en la escalera de sus vidas, hasta que conocían a las verdaderas amigas, encantadoras y guapas, o al novio nuevo, o al trabajo espectacular.
Imagen tomada de Wikipedia, entrada Escalera de mano.
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