28.7.09

Padre Pistolas, 2

Su vida estaba ordenada alfabéticamente, pareciera una antigua biblioteca de las de antes, en las que lo importante era atesorar y no mostrar. De vez en cuando se permitía alguna que otra frivolidad (más allá de la lectura compulsiva de ficción) y es que estaba muy orgullosa de su pelo corto y fuerte que teñía y cortaba el primer sábado de cada mes, antes de cenar, a eso de las nueve. Otro devaneo de nuestra Gertrudis tenía que ver con el chocolate. Le encantaba, pero sabía que tenía que cuidarse porque los excesos se le agarraban a la cintura y a sus piernas (esbeltas aún), y no estaba dispuesta a sumar más centímetros de los que le correspondieran. Por otro lado, en alguno de esos libros que devoraba (desde la mañana a la noche, puntualmente, todos los domingos) había leído que el chocolate era un buen sustituto del amor y otra cosa no, pero Gertrudis era realista y amor, amor, lo que se dice amor del de verdad o algo que se le asemejara (amigo especial o sinónimo) no había. Así que, en días alternos, después de cenar, cuando se acomodaba para ver la tele en su sofá cubierto con la funda verde musgo y los pañitos de crochet, se tomaba dos pastillitas de chocolate con leche y, tan ricamente.
Tan ricamente es un decir, porque Gertrudis, antes de sentarse en el sofá protegido por la tela de tonos verdosos para ver la tele y, si le tocaba, comerse dos pastillitas de chocolate con leche, debía de hacer unas cuantas contorsiones, dignas de una equilibrista de circo. No porque fuera corpulenta, todo lo contrario, (esbeltas piernas, 1,55 de altura, 50 kilos) sino porque Gertrudis tenía la bendita costumbre (o maldita, según se mire y según quién lo cuente) de coger aquello de las historias que más le convenía y adaptarlo a su realidad personal. Como en el caso del chocolate. Pues eso le pasaba con las piedrecillas, pedruscos y, en ocasiones, peñascos, que atesoraba en casa y que amenazaban con inundarlo todo, el sofá, la mesa del comedor, la tele, los estantes, el mueble del recibidor, el tocador. Había algo característico en estas piedras y no era su composición, ni su color, ni su peso, ni su textura, ni su porosidad. Era su forma. Todas tenían forma de corazón. Es cierto que algunos eran corazones un tanto maltrechos, otros estaban partidos a la mitad, había otros corazones que se habían quedado esmirriados y otros que no hubieran cabido en el pecho de una muchacha; pero eran corazones, al fin y al cabo. Y es que, como pensaba Gertrudis a menudo, es lo que ocurre con los corazones, que una pena de amor, una tristeza, una soledad mal llevada y zas, se te adelgazan o se te inflaman como si fuesen llamas. La idea de los corazones la había tomado de una novela, en concreto, de la última parte de la trilogía de El médico del americano Noah Gordon, y es que la protagonista, necesitada de amor, se dedica a coleccionar piedras con esa forma (o semejante) en los arroyuelos de la montaña. Nuestra Gertrudis hacía lo propio y por un lado, comía chocolate para sustituir a ese amor que no llegaba y, por otro, coleccionaba corazones pétreos por si las moscas. Poner velas a Dios y al Diablo. Y así, desde hacía unos años, reservaba cuatro días de las vacaciones de Semana Santa y cuatro días del mes de agosto (que eran sus vacaciones de verano) y se iba a una casa de un pueblo de la sierra, al lado de un riachuelo de aguas frías y transparentes, cuyo atractivo radicaba en un buen lecho de piedras de colorines y formas dispares. De vuelta al pisito, las colocaba en estanterías, muebles, repisas y mesas y, los sábados, las limpiaba con esmero armada de un trapo de algodón.
Lo malo es que las piedras, más temprano que tarde (se temía Gertrudis) harían que el suelo de su pisito (un 5º sin ascensor, ideal para mantener la finura de sus extremidades inferiores) se desplomase cualquier día; así que se había dado un plazo para deshacerse de ellas. A partir de las próximas vacaciones de Semana Santa, Gertrudis iría devolviendo, de a poco y con precaución (por si el amor estuviera cerca) sus piedras al riachuelo. Tal vez (pensaba, cuando se encontraba optimista) el amor esté esperando a que me deshaga de ellas como lo hizo la protagonista de la novela. O quizás (pensaba, cuando estaba pesimista) es que el amor no va a llegar por muchas piedras que guarde.

Imagen tomada de Wikipedia, entrada Grava

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