Eugenia, 1

Las campanas de la iglesia repiquetean, son las doce. Al unísono, el timbre de la puerta canta su canción.
Escucho a Seal, su voz de matices oscuros y de noche cálida me acompaña esta mañana. Abro el paquete que el mensajero me acaba de entregar. Parecía tan joven.
Se trata de una caja demasiado grande que atesora algo muy pequeño. De pronto, todo se me antoja fuera de lugar, la voz de Seal, las campanas de la iglesia de este pueblo que no es el mío, la caja abierta sobre la mesa de la cocina. Qué extrañeza, qué manera de enredarse todo. Si escribiese una carta al Ayuntamiento quejándome del sonido de las campanas, qué ocurriría. Tal vez descubriesen que no es sano dejarlas sonar cada quince minutos. Que no debe serlo, por mucho que a medianoche se silencien. Porque, luego, viene el gallo. Entonces, también tendría que enviar una queja al señor del gallo y a la señora del perro. Sí, porque el gallo canta a las cinco menos cuarto (de la madrugada, por favor) y el perro le secunda, ufano e industrioso; forman una orquesta animal. Serían los Músicos de Bremen si hubiese un burro.
Qué raro es todo esto. Más de lo que parece, porque aquí estoy, en este mundo de e-readers y de Facebook y de redes sociales y de blogs. En un mundo que intento alcanzar, pero debe ser que no sé cómo se mete la marcha automática. Es que no sé conducir, cómo se nota, otro negativo en mi haber. ¿O es en el debe? De números, también ando mal. Sigo aquí, con una idea extravagante en la cabeza. Me gustaría que los vecinos de este pueblo que no es el mío descubran, de pronto y por sorpresa, que las historias hacen la vida un poquito más llevadera. Incluso con campanas. Y que una mañana se levanten, tal vez una mañana como esta, y entre asombrados y contentos, se pongan a leer, porque no aciertan a hacer nada mejor. Sí, todo esto es muy raro. Yo, también.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Creo que deberías sentarte en el bar y empezar a contar tus historias a cualquier vecino que pase por allí. Seguro que se aficionarían enseguida a escucharte y mandarían callar enseguida al reloj. Besitos, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Si existiese Eugenia, se lo diría...

Un besito