Pepi y Rita

Pepi es una mujer un tanto rara: de los diarios, lo primero que lee son las necrológicas, viste siempre de rosa, se pinta los labios de un rojo provocador y colecciona mascotas insospechadas. Caracoles, arañas, hormigas, grillos. A todas las quiere con devoción, Pepi. Sin embargo, de todas las extrañas criaturas que han compartido su vivir en el pisito minúsculo de Lavapiés, Rita fue siempre su preferida.
Era Rita un pececillo (tenca, para más señas) que vivía feliz (suponemos) en una pecera transparente que albergaba, también, un bambú y una insólita cantidad de piedras de río. Rita subía a la superficie y miraba cómo Pepi le daba miguitas de pan o de galletas María. Rita esperaba paciente que Pepi le cambiase el agua y, no se quejaba (que supiésemos) cuando el líquido era semejante a una ciénaga sucia en el mes de agosto. Rita habitaba la pecera/jarrón con estoicismo (o eso parecía), aliviada y contenta (intuimos) cuando algún otro pez (carpín, carpa o tenca) llegaba con la intención de quedarse. Entonces Rita era capaz de dejar de mirar el mundo exterior, y se concentraba en el invitado, acariciándole con sus aletas, en un gesto de cariñoso saludo (imaginamos). Pero poco dura la alegría en casa del pobre, o el jolgorio en la pecera de una tenca tontorrona, y así, de un momento para otro el invitado (Dori, Rido, Nido, Doni…) se quedaba quieto, con los ojos abiertos. Ya no comía, ni nadaba, ni respondía a las fricciones de su piel de pez. Y, al instante, zas. Una mano semejante a una grúa, agarraba al pez invitado y ya no lo veía nunca más. Esto era un poco triste, se lamentaba Rita (nunca lo manifestó, pero era lógico que se sintiera así). No había tiempo para consolidar relaciones, ni afectivas, ni sentimentales, ni meramente reproductoras. Y luego estaba AQUELLO, que cada cierto tiempo, atemorizaba a Rita (de seguro que tenía miedo: era un espectáculo aterrador).
Rita veía a otros peces, en ocasiones. Hay que señalar aquí que Rita moraba en un estante de la cocina del pisito de Lavapiés, hecho crucial que la permitía ser espectadora de AQUELLO. De vez en cuando, Pepi iba al mercado. Y Rita lo veía todo. Vísceras, sangre. Los pobres pececillos (meros de aspecto bovino, lenguados de aspecto fatuo, merluzas de aspecto chulesco y chicharrillos de aspecto vividor) bailoteando en un líquido amarillo que no era agua y que tenía todo el aspecto, todo, todo, de ser más caliente aún que su pecera cuando Pepi no cambiaba el agua en unos cuantos días. Y luego LO OTRO. Pepi, que hacía desaparecer a los peces en su boca humana. Y otros que no volvían nunca más, víctimas de un cruel destino (parece que Rita tenía que saberlo, no podía ser de otro modo a tenor de los acontecimientos futuros).
De todos modos, Pepi es una mujer de buen corazón, que se preocupa del bienestar de sus mascotas. Y, si dejamos de lado el que a veces tardara un poco más de la cuenta en cambiarle el agua o en echarle miguitas de pan o de galletas María, en conjunto era una ama bastante tierna y sensible, que no cejaba en su empeño de llevarle un compañero a Rita, pero es que duraban tan poco… todos se morían a las pocas horas. Pepi no había caído en la cuenta de que sus merendolas de pescaíto frito trastornaban de esa manera a Rita, si no, seguro que hubiese puesto la pecera en otra habitación. Por eso, el día que Rita decidió abandonar su pecera y, con un valiente salto, terminó aterrizando en la encimera de mármol, donde dio sus últimos coletazos y sus últimos suspiros, Pepi no lo pudo entender. Cuando recogió a la exánime Rita y le dio sensible sepultura mandándola al río por la cañería más directa, Pepi no lo pudo comprender.
Si hubiera visto la televisión, tal vez, se decía Pepi. Esos horrorosos programas en islas desiertas donde no hacen más que pescar a pobres peces indefensos. O esos documentales tan vívidos, con esos peces tan grandes y amenazadores, pero que quizás, a Rita, le hubiesen atraído, hembra como era y tenca timorata. O la película. Si hubiese visto Buscando a Nemo, Pepi lo hubiese entendido. Pues eso había hecho Rita. Se había escapado, como si estuviese buscando a aquel pobre pez payaso con una aleta más corta. Pero nunca había visto la película, ni la tele. Por algo Pepi había instalado la pecera en la cocina, para evitarle sobresaltos.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Genial. Hay que ver, lo que hace el ver las cosas con los ojos de otro. Pobre Rita. Y pobre Pepi. Un abrazo muy fuerte.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Esa era la intención... Abrazos, Isabel.
Sirena Varada ha dicho que…
Uno de tus textos más entrañables. Muestras las cosas desde un punto de vista nada habitual y, por cierto, muy refrescante: el del pececito y su mundo.


Un abrazo