Murmullos de estación, 3 y fin


Como quien no quiere la cosa, me hice mayor. De veras, de un día para otro, se me pusieron los ojos grises y me dejé bigote. Terminado el colegio, me coloqué de dependiente en el ultramarinos que nos suministraba el combustible. Estuve poco tiempo, pues el alma se me iba tras los trenes que no podía oír pero que sabía que paraban en todas las estaciones. Que partían a la búsqueda de lugares fantásticos, que tal vez no lo eran, pero por si acaso.
Patro me despidió con lágrimas, es una mota, (qué extraño, fue la única vez que me mintió) en la puerta de la pensión y murmuró a mi oído, vuelve cuando quieras, esta estación vela las veinticuatro horas del día, tendrás alimento y cama y consuelo, si necesitas. Así dejé atrás la pensión y a Patro, que si no fuese por ella de qué iba a estar yo aquí por mucho manejo diestro de maquinista y bamboleo de locomotora joven.
Subí a un tren y a otro y paré en cien estaciones distintas. Trabajé de vendedor de bisutería y de cómico de la legua, me enrolé en un circo y abandoné los trenes metálicos por una trapecista con pecas. Pero la cabra tira al monte, el ferroviario al tren y la máquina necesita que la engrasen. Así que volví y me puse al frente de la pensión Perlita que ya no es pensión, ahora es hostal. Patro se fue de improviso, pero sin dejar lugar a las dudas, como hizo siempre.
Hace unos días sonó el timbre, cosa nada rara porque el hostal va muy bien, pero lo extraño fue que acudiese yo, normalmente atiende la puerta uno de los empleados (tengo dos, no se vayan a creer, pero por algo se empieza). Mis ojos grises se encontraron con unos ojos negros. Sentí un chispazo como si me hubiese partido un rayo. O como si hubiese alcanzado el ferrocarril en el último minuto, tras una carrera frenética. Y oí el suspiro del mar como si ella fuese una caracola. Qué azares tiene la vida.
La instalé en el mejor cuarto y le pregunté si quería cenar conmigo (porque era de noche, si hubiese sido mañana, la invitación sería para el desayuno). Le conté de mis avatares viajeros y como había modernizado la pensión, digo, el hostal. Me contó que era interventora. Le revelé mis luchas de vaqueros e indios. ¿Y tú qué eras? ¿Piel roja o soldado a las órdenes de Custer? Según, ¿y tú? Según. Me confesó que había visto cien lugares diferentes y que sentía que debía detenerse. Le confesé que mi corazón ansiaba que el ancho de vía fuese estrecho para que nuestros trenes no tuviesen más remedio que parar. Murmuró que anhelaba que la vía fuese única para que nuestros trenes se encontrasen. Y en la habitación del hostal escuché el sonido de su voz y el rumor de su aliento.
Y me parece que ya llegué a la estación definitiva: Hostal Perlita, habitaciones económicas. Con mi interventora y este corazón ferroviario que se me descarrila cada vez que la miro, porque está hecho de locomotora joven y raíl viejo.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Me gusta esta historia con final feliz. Y saber que la antaño pensión - hoy hostal - Perlita va viento en popa, o, para adaptarme al tema, como un tren de ancho de vía europeo. Besos, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Eso parece, que va estupenda.

Un abrazo Isabel
Cecilia Ortiz ha dicho que…
Marian, no me había dado cuenta que terminaba la historia de Pascual.
Amiga, el genio, sin lugar a dudas, hace que escribas de maravillas.. Buenísimo el rulo de la historia, que juega como en el principio.
Bueno.. me conformo con el final feliz.

Besos y abrazo grande.

Cecilia
Sirena Varada ha dicho que…
También a mí me gustó la historia, su perfecto final en bucle y un tren que no se detiene: “Corazón de locomotora joven y raíl viejo”. Precioso.

Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola, Cecilia, Sirena... este relato llevaba guardado en mi "trastero" mucho tiempo... dos o tres años. No sabía muy bien si me gustaba o no, sólo que me reí al escribirlo.
Besos y abrazos