Murmullos de estación, 2



Patro, que era mi tía, (perdón, ya lo he dicho), me contó la ida de Gertru, su hermana, mi madre. Me lo contó con un poco de resentimiento, pero yo entendí que hay trenes que paran lo que tardan los viajeros en descender a los andenes y después siguen hacia otro lugar, que quizás sea maravilloso, o no, pero que tienen que alcanzar, por si acaso. Creo que Patro, (yo siempre le dije así, ni tía, ni madre, Patro a secas), estaba resentida con Gertru (siempre le dije así ni madre, ni tía, Gertru a secas) porque la había dejado a solas con las momias, en la pensión que la familia había regentado desde su fundación por el abuelo Tomás. O desde que la abuela Rosa comenzó a arrendar habitaciones de su pisito con vistas a la estación (que era como decir con vistas a la playa en Alicante) porque el abuelo era aficionado al juego y a las mujeres. Prefiero expresarlo así antes que llamarlo putero y alcohólico que era como decía Patro. Las cosas tienen más de una explicación, ya saben. Por ejemplo, que te caes porque te tropiezas por la calle, es que hay una loseta suelta, es que me entretuve en un pensamiento, es que esa señora me guiñó un ojo, es que me pisé el cordón. El caso es que tropezaste.
Patro era muy clara y al pan pan y no caviar, me soltaba a la menor (sospecho que no sabía que el caviar eran los huevecitos estos, si no de qué). Era la mejor jefa de estación. Llevaba la pensión con mano de hierro y corazón dulce. Jamás dejó a nadie en la calle por no tener un real pero tampoco consintió que nadie comiese de la sopa boba. Excepto a mí.
Así que así estamos. El niño Pascual con la tía Patro. Con Patro a secas, que no me llames madre, que no lo soy y no me llames tía que ya no tengo hermana. Con todo, fui feliz en la pensión Perlita. Cuando superé la etapa de bebé comilón, dormilón y bueno (me lo figuro, no lo recuerdo) empecé a ir a la escuela. Aprendí a leer, a escribir y a comprender que todo tiene muchas explicaciones y que la vida es más divertida (llevadera, decía Patro) si le pones un poco de prosa poética, que no cuesta porque no hay que comprarla. Que no he traído los deberes porque a don Manuel (una de las momias) le sobrevino un ataque de hígado y sus lamentos eran tan fuertes que no pude concentrarme, que tuve que barrer el suelo de la sala y salir a por huevos (de gallina no de pez), que bajé a la estación porque Gertru escribió que vendría y esperé el tren de las seis y el de las ocho y el de las diez y no vino.
Me recuerdo en los largos veranos asomado en uno de los balcones junto al geranio maltrecho, desparramada mi vista por sobre toda la estación, las vías, los equipajes, la tienda de las revistas y los novios que se despedían como en cualquier estación del mundo. Más de una vez vi a los indios apostados, pintados del color de la guerra, y a los vaqueros confiados subir a los vagones sin reparar en las flechas. La estación era el territorio fantástico de un niño que se pasaba el día entre sopa aguada (aunque boba) y colchas en las que apenas se distinguían las flores de antaño.
Como todo tiene más de una vertiente, he de contarles que lo pasé genial oteando a los caballeros que partían hacia el frente, las damas despidiéndoles, restañándose las lágrimas con pañuelos blancos de organdí; que una vez una orquesta entera esperó la llegada de un tren y se puso a tocar una marcha alegre que me sonó a clavicémbalo y a susurro de locomotora y en mi balcón de la pensión Perlita, bailé y palmoteé y lo pasé pipa.
Patro era la jefa de estación, ya lo dije antes. En verano y en invierno vestía el mismo uniforme, bata floreada en tonos rojos con delantal azul y unas zapatillas de paño negras. Era arisca con las momias (pobres viejecillos, esta tía mía me hizo desvergonzadamente espontáneo) y más aún con los dependientes de la tienda que nos suministraba el combustible para ir tirando de la vieja máquina. Excepto conmigo. A falta de otras caricias maternales, tuve las de Patro, un poco bruscas, pero de claridad meridiana. No se la podía besar cuando uno quería, sino cuando ella lo decretaba, para eso era la jefa. Pero después de los achuchones establecidos no te quedaban ganas de más por un tiempo. Así que yo me sentí razonablemente querido, con un mapa de ruta organizado: la pensión, la escuela, los amigos Bene y Luisito y mi territorio privado, mi lugar quimérico; mi estación.
La pensión Perlita respiraba abandonada a los raíles. Con tanto ir y venir de trenes se me despertó una imaginación que creo que ya ustedes vislumbran. Los días se hacen más alegres si les pones un poco de pimienta (se soportan, diría Patro). No fui nunca chiquillo de hacer preguntas. Escuchaba las parcas palabras de Patro, las conversaciones de las momias, y sacaba mis conclusiones, que eran muchas, distintas según el día y la hora, según el número de pitidos que oyese desde mi habitación.

Comentarios

Sirena Varada ha dicho que…
-“... Entró mi padre y escuchó una ola de mar estrellándose en la roca. Y es lo que tiene. Que el mar sugiere amor”

-“... yo entendí que hay trenes que paran lo que tardan los viajeros en descender a los andenes y después siguen hacia otro lugar, que quizás sea maravilloso, o no, pero que tienen que alcanzar, por si acaso.”

-“La pensión Perlita respiraba abandonada a los raíles”

María Antonia, con tu domino de imágenes, metáforas y sutiles recursos literarios, escribes prosa poética.

Hasta donde llevo leído me parece un relato excelente, entrañable y con exquisitas notas de humor.

Un beso, maestra.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Sirena... menos mal que no puedes verme. Roja como una guinda.

Un abrazo y gracias, de corazón.
Cecilia Ortiz ha dicho que…
Hola Marian, Sirena Varada, tiene razón, claro que la tiene. Son magníficos relatos.
El humor, enlazado con lo que de duro tiene esa vida, con lo de imaginarse como un tren, son recursos muy originales y a la vez, de impecable hechura.
El personaje encanta, con su manera de contar, tan coloquial y a la vez reflexiva, aunque no lo diga.
Son reflexiones , muy buenas, además.
Un gran abrazo y besos

Cecilia

Habrá más de Pascual? Digo..