No era Hemingway, 2


Veinte años de profesión le habían reportado otras cargas, otros peajes, y mientras el aburrimiento pugnaba por desasosegarle por completo, se dio cuenta de que la realidad era más monótona que excitante, y que el asesinato en una pensión de la ciudad provinciana no tenía comparación con la muerte de la rubia con rizos locos y falda corta en Manhattan. Así las cosas y mientras llegaba la oportunidad de escribir un reportaje explosivo que le catapultase a la mejor sección del periódico o, puestos a soñar sin complejos (si sueñas, sueña a lo grande, no me jodas) a un periódico de tirada nacional, empezó a cambiar, sutilmente, su modo de trabajar.

Las noticias de Sucesos (una pelea de borrachos, un atropello mortal, una caída con nefastas consecuencias) debían ser escritas con prosa precisa, objetiva y directa. Llegar, informarse, foto y, deprisa, a la redacción. Los primeros años, nuestro periodista (Ramírez, un suponer) se había atenido a las reglas del género. Después, empezó a pensar que no era justo. No era justo que nadie explicara cómo era la lividez del rostro del conductor que atropelló a la anciana. Que no se describiese el tono bermellón de las gotas de sangre que formaban el mapa de África en la acera. Que ningún mortal hubiese encontrado a la amiga de la señora que se había caído y fracturado el peroné, para que le hablase del carácter de la lesionada. Y, después del pensamiento, la acción.
Eran frases nada comprometidas. En medio de un breve en el que daba cuenta del desplome de un árbol sobre la acera, colaba unas cuantas palabras que enriquecían la caída. Y el álamo, derruido sobre los adoquines, pareciera que llorase por su muerte prematura. No hacía mal a nadie y la noticia quedaba resultona. El director del periódico aprendió a ser comprensivo. ¿Ramírez? Sí, buen chico, un poco fantasioso, pero le echa ganas, lírica al asunto. Y es que los periodistas, en el fondo, somos todos unos poetas, se lo digo yo, señor Presidente, todos.
Después, las frases comenzaron a ser un poco más largas; aparecían personajes, situaciones, la ficción mezclándose con la realidad, como dos amantes.

Escuchaba todas las noches las discusiones de la pareja. Ella lloraba con amargura mientras que él la acusaba sin piedad, nos contó la vecina, con lágrimas en los ojos. Esta vecina, vive en el inmueble con sus cuatro hijos y un gato persa, regalo de su hermana que se afincó en la India allá por los años 50 cuando se casó (por amor y en secreto) en Bombay.

El robo a la oficina bancaria arrojó un saldo positivo: ningún herido y el dinero intacto. Este periódico ha tenido la oportunidad de hablar con un testigo excepcional, uno de los clientes que se encontraba en las instalaciones y que ha reconocido a uno de los atracadores. Sí, tan seguro como que lo estoy viendo a usted, nos confesó mirándonos de hito en hito. Uno de los ladrones es el ex novio de mi hija, con lo buen chico que parecía, un tal Ginés. Desgraciadamente, el testigo desapareció sin que el periodista ni la autoridad competente pudiesen tomar sus datos y su dirección para futuros interrogatorio; una pérdida lamentable.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Muy interesante el planteamiento, mª antonia. ¿Dónde está la frontera entra la realidad y la ficción? Porque sin duda la realidad nos dice que la sangre es de color bermellón y tiende a formar mapas de África cuando se la derrama sobre una acera procedente de un cuerpo herido. Magnífico como acostumbras. Besos.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Isabel, me alegro que lo encuentres interesante... veremos si el final no te decepciona.

Gracias, un abrazo