No era Hemingway, 1


Veinte años de profesión le habían dejado un mirar un tanto ácido que, a pesar del tiempo y las decepciones, matizaba con una confianza casi ingenua en las personas y las cosas. La vida le parecía una auténtica cabronada y se lo decía a sí mismo hasta en horario infantil. Una broma de dudoso gusto, llena de contrariedades y pequeños o grandes inconvenientes; una putada que traía consigo encuentros con personajes de mala catadura, mirada aviesa y hechos truculentos. Lo cierto es que a pesar de esa convicción, había peores cosas; peores países en los que vivir, peores momentos por los que pasar y peores profesiones en las que encallar, y la suya, su profesión, su modus vivendi, su forma de llevarse a la boca el pan y el jamón de cada día, tenía sus molestias, sus contradicciones y, por si fuéramos pocos parió la abuela, una imagen social deplorable, pero al fin y al cabo, durante veinte años había puesto la gasolina en el depósito del coche. Y quizás fuera por eso o porque quien no se consuela no vive en paz, que seguía mirando la realidad con cierta curiosidad, buscando entre las puñaladas, los robos a mano armada y los tiros a quemarropa por un quítame allá esas pajas, la noticia que hiciera que la sección no fuera tan negra: la devolución de una cartera, una declaración de amor en el supermercado, una herencia inesperada que llega de ultramar.
Tal vez fuese candidez o puro pragmatismo; una forma de evitar mirarse en el espejo y cuestionarse quién era, qué hacía, cómo había llegado hasta allí, a la sección de Sucesos de un periódico de provincias, el chico listo, avezado, que empezó repartiendo cafés durante las prácticas en la Agencia Efe mientras suspiraba por escribir la crónica del penúltimo conflicto armado (en estos casos, por desgracia, nunca había últimos, siempre siguientes). Arribó a La Verdad un otoño, loco por publicar, aporreando la máquina bajo el flexo, fumando tabaco negro y bebiendo güisqui con la esperanza de asemejarse a Faulkner o, quizás a Truman Capote, porque soñar es gratis. La sección de Sucesos era tan buena como cualquier otra (mejor incluso que las Necrológicas) para foguearse, cultivar el arte de aparecer en el lugar adecuado en el minuto justo, y atesorar en una libreta de tapas negras los nombres de tres o cuatro matones de medio pelo y un par de lumis que, abracadabra, serían sus confidentes; esos que todo reportero que se precie llama para confirmar o, cuando el trabajo escasea y la soledad se prodiga, apurar una copa de aguardiente mientras se comenta lo perra que es la vida, coño, y quien te ha visto quien te ve. Algo así.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Ya sabes lo que se dice: la noticia es que un hombre ha mordido a un perro. En una sección de sucesos no puede encontrarse nada bueno... Un relato muy convincente. Besitos, querida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Es cierto, Isabel, pobre Ramírez. Y claro, él busca y acaba encontrando... en sucesivas entregas...

Un besito