
Así la conocí, entre el río y el mar, abrazada a una buganvilla rosa.
Aquel día hacía frío, el agua era verde oliva y no había nadie en la playa.
Los balcones eran velas blancas, izadas sobre la ría.
El cielo era del color del plomo y brillaba, alba, la arena. Había gaviotas. Y en el horizonte, se adivinaban islas y faros, navegantes y aventuras; el fin del mundo.
Érase una casa verde a la que amaba una rosa buganvilla.
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