Penélopes.Para F

Siempre han existido penélopes aguardando tras la ventana el destello blanco de una vela o el chispazo rojo de un panda. Ellas, esperan a sus hombres mientras resuelven crucigramas o hacen y deshacen encajes y paseos. Sus hombres suelen llegar tarde, mal o nunca, entretenidos con las diosas que cohabitan con el neón rojo de clubes de carretera. Es la misma historia, desde el comienzo de los tiempos. La culpa, ya se sabe, suele ser el canto de las sirenas.

En estos días, tengo entre mis manos una postal; un regalo. En la foto, Maruxa y Coralina, las penélopes de Santiago, miran a la cámara con la mirada extraviada en medio de un rostro que es una máscara blanqueada por los años y el polvo de arroz.

Las dos marías solían pasear por el Parque de la Alameda. En realidad, acudían a un encuentro. La cita, de las dos en punto, era con los estudiantes de la Universidad, los chicos más guapos de esta ciudad de peregrinos. Fallecieron, las penélopes del Campo de las Estrellas. Murieron, pero no del todo, pues los compostelanos las inmortalizaron, de paseo, vistiendo ropas de colores chillones: coral, bermellón, rosa. Cada vez que la lluvia mansa cae sobre ellas les aporta un manto de dignidad, pero vieja y descolorida. No es así como a Coralia y Maruxa les gusta verse. Así que sus convecinos se apresuran a pintarlas. Las dos hermanas tienen que vestir sus mejores galas, alegres, rotundas, ataviadas de juventud.

Las hermanas de Santiago me conmueven, delgadas, envejecidas, perdidas en la locura del amor no correspondido que se vuelve eterno. Cómo serían Maruxa y Coralina a los dieciséis. Las faldas a la pantorrilla, las rebecas rosas sobre las blusas. Las melenas onduladas y sujetas con horquillas, el leve rubor en las mejillas, un ligero rouge en los labios, la tez blanca y tersa, lozana. Cómo serían Coralina y Maruxa a los veintiséis, después de haber amado (quizás, tal vez, deseo que así fuese) a un par de muchachos venidos de las montañas, después de haber ido a bailar, de besarse a escondidas en el parque, de verlos partir en el tren con un cachito de sus almas entre las manos. Cómo serían Maruxa y Coralina a los treinta y seis, ya perdida la razón, arreglándose de buena mañana, pasándose las tenacillas por el pelo crespo, empolvándose la nariz, saliendo apresuradas para llegar a las dos en punto y, buscar, estudiante a estudiante, esas manos que acariciaron. Después, caminar repiqueteando en el granito húmedo de las calles, arrebujadas en sus abrigos en noviembre, abanicándose las penas en agosto. Volver a casa y quitarse el vestido y las enaguas y el blanco y el rouge. Deshacer el peinado y guardar los pendientes largos en el joyero, envolver el llanto y las ganas en las batas de boatiné y pasar la noche y llegar a la mañana, y abrocharse la rebeca y calzarse los zapatitos de tacón.

Las penélopes de Santiago que miran a la cámara ya se han ido, pero se fueron mucho antes. Las dos en punto, el encuentro, los estudiantes que salen de sus clases y las miran, compadecidos, fueron gestos rituales que formaban sus días, como la merienda y la telenovela. Miran a la cámara, pero en realidad están muy lejos de allí, en un lugar donde la realidad no puede alcanzarlas, donde son jóvenes y bellas, vestiditas de domingo.

Que se sepa, ningún novio bien plantao y provocador les salió al paso, pero quién sabe. Quizás fue mejor así. Si aquellos estudiantes probables hubiesen regresado por su Maruxa y su Coralina, ellas no les hubiesen reconocido como la Penélope de Serrat a su eterno prometido.
No son ustedes. Ustedes son viejos. No son quienes nosotras esperamos. No tienen sus manos… se confunden…

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Siempre hay algo de entrañable en las Penélopes, sobre todo para quienes no estamos en su piel. Quizá nos vemos en ellas de manera confusa, como a través de un espejo empañado: podríamos haber sido nosotras, ellas podrían haber sido nosotras. Y llegan, a través de ese espejo, oleadas de dolor. Me gusta mucho cómo las has evocado, mª antonia. Besos.
Blanca ha dicho que…
Me encanta como has retratado a las penélopes. Y recuerdo cuando visite por primera vez Santiago y vi a las hermanas Coralia y Maruxa, no pude resistirme hacerme una foto con ellas ;-)
Un beso.
Anónimo ha dicho que…
También me ha gustado como has relatado a las penélopes...y ese instante que se re-edita continuamente, como una película que ha quedado fijada a ese instante de encuentro, de quiebre...en dónde la mirada ya no se encuentra sino que se pierde...

Cecilia
Anónimo ha dicho que…
me gusta tu descripción, cálida, sentida; yo recuerdo a las dos marías de algún encuentro por las calles de santiago, vagamente, y lo que más, los ojitos mirando de reojo y la sonrisita picarona. Eran tiernas y encantadoras.
La verdad es que durante la guerra civil sufrieron un montón,le mataron a sus hermanos, anarquistas, y ellas...imagina lo demás....

thirthe
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias por vuestros comentarios...

un abrazo
Sirena Varada ha dicho que…
Creo que todos tenemos dos vidas: la que se vive (la real) y la que se sueña (la que se añora). Ambas vidas son compatibles y verdaderas, pero estas tiernas "penélopes" son diferentes al resto pues sólo saben vivir una vida: la que sueñan.

Mª Antonia, tu texto es entrañable y delicado, tal y como ellas merecen.

Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sirena, gracias. Otro para ti