Tardes de domingo

Soy enemiga confesa de las tardes de domingo. Las horas pasan entre películas de divorcios, de amores ingenuos que se gestan mientras uno u otro o todos duermen (a lo peor, hasta tú) y de catástrofes pírricas que incluyen hormigas, terremotos, tsunamis y bestias prehistóricas que se vuelven lacustres.
No sé si existe esto de lacustres. El Word lo subraya con una línea roja, inquietante. Quién lo sabe. Así son las tardes de domingo, pese a todo. Inquietantes. El fin de semana aún no ha terminado, pero sólo es mera transición. Encerrados en las tardes de domingo, tememos o anhelamos (según el caso) la llegada del lunes taciturno. En mi caso, casi lo anhelo. Son peores los martes. Los lunes tienen algo de vuelta al cole, cuando los libros huelen a estreno y los amigos te cuentan dónde han estado de vacaciones. Los martes son más serios, más definitivos. Estamos inmersos en la semana laboral, queda todo todavía. Y sin embargo, odio las tardes de domingo aún más, si cabe, que los martes.
Esos momentos son propicios a la melancolía, a la tristeza, a la nostalgia. Más si son grises como estos de hoy y has leído el periódico de cabo a rabo y has visto, como el otro domingo y el anterior, sangre y películas malas, entre el humo de un cigarrillo que no estás fumando tú y la pereza típica de las tardes dominicales que siempre te juras sacudirte de encima y nunca lo haces, ni lo intentas. A veces, aprovechas para planchar la blusa o lavarte el pelo, incluso ordenas el armario, o haces la lista de la compra. Pero la mayoría de las veces, sólo son tardes inquietantes, para olvidar.
Se me viene ahora a la memoria una frase que nos dedicó un camarero a mis acompañantes y a la que escribe hace un par de años. Era de noche, estábamos lejos y había estrellas cuando entramos en el restaurante. Adentro, había un pianista moderno (era un hombre sentado al piano…) que tocaba un teclado. Y el mar, testigo de mi corazón… Y tú quién sabe por dónde andarás… las paredes estaban decoradas con fotografías de frutas y verduras. Y se sentía un no sé qué, sentada allí, con mis acompañantes, mirándoles a los ojos, mirándonos y tarareando quién sabe qué aventuras tendrás, qué lejos estás de mí… fue entonces cuando el camarero se nos acercó y, sabiamente, nos dijo, no os dejéis arrastrar por la melancolía. No es bueno. No os dejéis arrastrar por la música, tan triste, tan melancólica… yo no me dejo, no.
En otro tiempo escuché una frase en un bar que fue el origen de un cuento. Más que una frase era una pregunta sin respuestas, y decía así: ¿qué parte del cuerpo te duele cuando tienes el alma herida? El cuento transcurre en una ciudad gallega, de cristaleras blancas, donde llueve y hay desfiles de paraguas y mujeres vestidas de blanco. Pero ese es otro cuento. Ahora, en esta lenta tarde de domingo, me quedo con la frase del camarero del restaurante, no quiero dejarme arrastrar por la melancolía.

Comentarios

Belinda L. Black ha dicho que…
lacustre.

(Del lat. lacus, lago, con la t. de palustre).


1. adj. Perteneciente o relativo a los lagos.

2. adj. Que habita, está o se realiza en un lago o en sus orillas.

3. adj. Semejante a un lago.

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Existir sí que existe, lo que no sé es si su significado pega en esa frase....

Por lo demás, ya lo dice Amaral, domingo por la tarde, me vienes a buscar, vamos a perder el tiempo un ratooo...
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Ya, ya sabía que lacustre existe... pero el diccionario de mi word debe de ser muy pobre. No sé si pega o no, pero era un argumento de una peli y no sabía cómo ponerlo, así que así!!!!

Sí ya... como si fuera tan fácil eso de me vienes a buscar...
Sirena Varada ha dicho que…
Hola mª antonia, me alegro de tu vuelta.
Me encanta esta entrada... Así son esas tardes de domingo, y yo paso muchas de ellas languideciendo; la casa aposentada de silencios, sujeta al oscilar del tiempo, a la incomparecencia de las horas. Y es entonces cuando me cito con Fhilip (Roth) y ya me hago inmune a que la tarde caiga. A veces tampoco me privo de releeros a ti y a Argamenón.

Hace poco me llamó la atención leer a un psiquiatra afirmar que los domingos nos enfrentan a nuestra realidad íntima y nos dejan solos ante el peligro; incluso llegar a decir: “Enséñenme sus caras un domingo por la tarde y les diré si son felices”.
No sé, acaso las tardes de domingo son, mas que ningunas otras, tardes de espera, sin parada ni regreso.

Un abrazo

(PD. Yo también leí las aventuras de Los Cinco en cantidades industriales, y tienes razón... se pasaban la vida comiendo.)
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola, Sirena... qué alegría tu vuelta.
Eso del psiquiatra es muy pero que muy interesante.
Y me encanta lo que dices: tardes de espera, sin parada ni regreso. Exactamente así.

Otro abrazo para ti